martes, 30 de enero de 2007

Presentacion



Texto leído por Hernán Gómez Bruera durante la presentación en el Centro Cultural Torcuato Tasso, Santelmo, Buenos Aires

Dejé este país en agosto de 1976, poco antes de nacer. Hasta entonces, mis padres –rosarinos— jamás pensaron que habrían de criar a sus hijos más allá de las estrechas lindes del río Paraná. Por aquí habitaban sus sueños y afectos y aquí se vislumbraba, más cerca que la esquina de San Juan y Boedo, la posibilidad de cambiar el mundo.

Como tantos otros, un día mis padres tuvieron que marcharse. Cuando pienso en las fechas en que todo esto ocurrió, me doy cuenta que corrimos con suerte. Por eso no puedo sino sentir una infinita gratitud hacia México, ese país que nos dio patria, al recibirnos con brazos abiertos y generosos.

El otro día hacía números. Si llegué al mundo un 25 de diciembre de 1976 --en una cuenta regresiva de 9 meses--, se puede suponer que fui concebido a finales de marzo de ese mismo año, muy cerca de los días del golpe. Sabemos que la muerte no era extraña en esas fechas y pronto comenzaría a ser asidua.

Quienes vinimos al mundo en esos tiempos fuimos simultáneamente hijos del amor y del terror, aunque también un instinto de vida en medio de tanta muerte. En el mejor de los casos, muchos de los que nacimos en esos años difíciles fuimos sujetos de una historia que, sin haber protagonizado, marcó nuestras vidas.

Los que fueron capaces de escapar de las peores atrocidades, tuvieron esos descendientes que yo llamo “la generación del avión”, porque nos criamos bajo una confusa mezcla de identidades.

No puedo hablar en nombre de una generación. Nadie puede hacerlo. Pero desde esa visión relativa me interesa aclarar que no es verdad –como algunos dicen-- que a la nuestra ya no le interese hablar del pasado, que lo que quiere es mirar hacia adelante y olvidar. Como escribió alguna vez un premio nobel de literatura, “el pasado no está muerto ni siquiera es pasado”.

Una generación se suele definir a partir de las preguntas que se hace. No creo que podamos pensarnos como parte de una nueva sin indagar cómo y por qué la de nuestros padres perdió lo que perdió.

En agosto de 1976, antes de partir, mi padre y mi madre se despidieron de sueños que nunca volverían a soñar. Nunca, al menos, de la misma forma. También se despidieron de muchos seres queridos. Mi padre, de su hermano más chico.

El tío Hernán –más conocido como Coco Hernández-- tendría entonces unos 20 años. Para efectos prácticos, era un crío, aunque también un ser con la fuerza, la voluntad y el arrojo de quien está dispuesto a darlo todo.

En noviembre de 1976 se enteró que iba a ser mi padrino. “Es un enorme orgullo –escribió a mis padres— No tengan la más mínima duda que voy a sacar educación revolucionaria de donde no tengo para formarlo junto a ustedes como debe ser”.

Y aconsejaba: “Traten de encontrarle un nombre con sentido, un nombre que encierre todo nuestro ideal, que sea referente de todo esto que hemos vivido. Me gustaría poder ser ese referente, pero no lo soy. Hay muchos hombres que han demostrado que son sus nombres los que debemos poner a nuestros hijos.”

En enero de 1977, Hernán supo que su ahijado había nacido en un incierto exilio:

“Sé lo que significa este hijo para ustedes dos y para nuestro proyecto. Ojalá que el día de mañana llegue a entender todo lo que ha pasado y todo lo que tiene que pasar y ojalá, fundamentalmente, que nos comprenda”.

“Por lo que me enteré le van a poner mi nombre. Supongo que no habrán recibido mi carta anterior –decía--. En fin, voy a averiguar si lo puedo hacer socio de Newell´s Old Boys. Así, cuanto tenga 25 años ya será socio vitalicio”.

En esa carta –la última que escribió antes de morir— Hernán contaba cómo había logrado salvarse de una persecución de forma intrépida. Una sola bala le rozó el hombro. A los pocos días se había recuperado y contaba:

“Mi brazo está ahora perfectamente bien, con decirles que el domingo estuve jugando al fútbol… pero más que el brazo es el ánimo, saben… es la moral, es la fuerza la que anda fallando”.

Al final de aquélla carta, que sonaba a despedida, les dijo a mis padres: “Nunca dejen de pensar en volver. Cuando sea y como sea, con nosotros o sin nosotros. Siempre hay formas de aportar. Las ideas no tienen fronteras ni regiones”.

Extrañas las vueltas de la vida, extraña esa compleja maquinaria del azar –diría Borges-- que, en nuestra ignorancia, denominamos “casualidad”. Esa tarde –como descubrí a través de un cuento de Rafael Bielsa-- mi tío Hernán se salvó de un balazo, pero no pudo escapar de la muerte en un accidente, unas semanas después, cuando había decidido refugiarse lejos de Rosario.

Tanto Bielsa como yo hemos querido dedicar este libro a él y –sobre todo-- a la generación de los que fueron como él. Pero buscamos, además, trazar un puente generacional. Bajo ese espíritu está pensado este libro. Por eso lo dedicamos también a otra generación que no es la suya ni tampoco es la mía.

Es la siguiente. Es la de esos muchachos que nacieron en democracia, como Laureano e Hilario –los hijos de Bielsa—, que viven en un mundo completamente distinto al de 1976 y seguramente vivirán en uno aún más distinto al de hoy; donde –como se afirma en este libro-- lo único permanente es el cambio.

“Distintas son las aguas que cubren a los que entran al mismo río” –decía Heráclito-- porque “todo cambia. Nada es”. Así es el mundo de hoy, con algunas constantes, desde luego.

Pero creo que frente a esta realidad mutante, los setenta son un referente esencial que no debemos olvidar.

Quiero decirles que hoy por hoy no sólo no soy hincha de Newell´s, sino que tampoco me gusta el fútbol. Tampoco creo que la revolución con la que soñaba el tío Hernán sea el camino para transformar la sociedad.

Sin embargo, cuando pienso en esos años que no viví, pero me contaron --y son parte de mi propia historia--, me emociona el amor y la pasión con la que vivieron esos jóvenes.

Hoy duele constatar lo difícil que es, en realidad, cambiar el mundo. Pero creo que aún será más difícil si nos damos por vencidos y dejamos de soñar. La simple frase –“cambiar el mundo”— nos suena ingenua y pretenciosa. Pero hay algo que podemos recuperar y que está presente en este libro y en las ideas de Rafael Bielsa: la fuerza y la voluntad de transformar.

Cuando dedicamos este trabajo a la siguiente generación –la de Laureano –a quien, por cierto, tampoco le gusta el fútbol-- y la de Hilario, estamos pensando en un mundo en el que la categoría de los estados nacionales no será la misma que hemos conocido hasta ahora.

Por eso desde el sur está pensado en un contexto en el que los intereses nacionales sólo son capaces de realizarse en un marco de integración regional y en una idea de globalización basada en el equilibrio entre lo singular y lo universal, como se expresa en este libro.

Con dificultades, vamos viendo como surge en la Argentina y en América Latina, una nueva generación política que entiende que nuestra región no puede subsistir con los niveles de desigualdad más altos del mundo y que asume que no caben los liderazgos providenciales, sino proyectos colectivos inclusivos.

Después de haber conocido el proceso que se vive en la Argentina, y de adentrarme en el pensamiento de uno de sus protagonistas, estoy seguro que la experiencia de esta gestión, tanto en materia de política exterior como en muchas otras áreas, serán materia de estudio y reflexión para la Historia, no sólo aquí, sino fuera de estas fronteras.

Quería contarles que hace algunas semanas, un periodista me preguntó si éste era un libro a favor o en contra de Rafael Bielsa. “Ni a favor ni en contra --le respondí--. Es un libro en el que se trata de exponer su pensamiento político y su visión sobre nuestro lugar en el mundo”.

“Sí, si –me dijo sin querer escuchar más— pero al final, ¿el hombre queda como un ángel o como un demonio?” “Ni una cosa ni la otra --le respondí--. Supongo que, simple y sencillamente, se muestra como un ser humano.”

A mi modo de ver, en el esfuerzo colectivo por construir un mejor país, debemos salir de dilemas tan simples como el que planteaba mi colega. Estos tiempos de cambio, conflicto y nuevas construcciones exigen que superemos, como sociedad, simplismos y maniqueísmos propios del mundo bipolar, para adentrarnos en la complejidad de los fenómenos sociales y políticos en que estamos inmersos.

Desde esa óptica, este libro que hemos escrito con amor, dedicación y convicción --desde el sur, mirando al sur y observando el mundo— no es más que una modesta contribución a este esfuerzo.

Para finalizar, sólo me gustaría decir, desde mi historia familiar y personal, que tal vez los grandes sueños del tío Hernán y de muchos otros jóvenes de su época no sean hoy exactamente iguales. Los sueños de hoy se sueñan de otra forma. Pero tengo absoluta certeza que la Argentina es hoy un país de sueños posibles y que podemos alcanzarlos entre todos.
Muchas gracias.

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