




DESDE EL SUR
Rafael Bielsa
Conversaciones con Hernán Gómez
ÍNDICE
PRÓLOGO
Edgardo Mocca
PRESENTACIÓN
Hernán Gómez Bruera
Capítulo 1: BUENOS MUCHACHOS
De los no tan lejanos setenta
Capítulo 2: BAILANDO EN LA OSCURIDAD
De cómo la crisis nos cambió
Capítulo 3: AL FILO DE LA REALIDAD
Del mundo que nos tocó vivir
Capítulo 4: UN LUGAR EN EL MUNDO
De los dilemas de nuestra política exterior
Capítulo 5: ENSAYO DE ORQUESTA
De nuestro destino sudamericano
Capítulo 6: EL COMERCIO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
Del comercio internacional como recurso para nuestro desarrollo
Capítulo 7: DESPUÉS DE LA TORMENTA
Del histórico canje de la deuda
Capítulo 8: LO QUE QUEDA DEL DÍA
Del futuro de nuestra política exterior
Capítulo 9: NOTICIAS QUE MATAN
De la crítica y los medios de comunicación
Capítulo 10: RÉQUIEM POR UN SUEÑO
De la Argentina que viene
MATERIAL DE CONTEXTO
Discurso de Rafael Bielsa
PRÓLOGO
Páginas para un diálogo necesario
Entre las múltiples novedades a las que ha dado lugar el gobierno de Kirchner está la de haberse constituido en el ámbito de un diálogo --con frecuencia obturado en otros espacios--, entre las diferentes culturas y tradiciones políticas que en nuestro país se reconocen con el ambiguo y equívoco nombre de “progresismo”.
Es posible identificar, dentro de un número considerable de familias políticas, dos interlocutores centrales de esta discusión: el campo del nacionalismo popular asociado genéricamente al peronismo y el del reformismo de cuño socialista o socialdemócrata.
Una similar prioridad valorativa asignada a la igualdad y a la justicia social –que en términos de Bobbio permitiría considerar a ambas corrientes en el territorio de la izquierda- converge con un vasto temario de diferencias que incluye, entre muchos otros puntos, la interpretación de nuestra historia, el lugar de las instituciones democráticas y las relaciones de nuestro país con el mundo.
Soy de la opinión de que este “diálogo ecuménico” de las izquierdas tiene delimitado el territorio de sus actores potenciales: sería difícil sumar a esta empresa a las variadas expresiones sectarias y anacrónicas de uno y otro campo.
Después de leer este libro, tengo la sensación de que Rafael Bielsa puede ser una voz digna de ser escuchada en este diálogo que considero un imperativo central de la política argentina. La afirmación no surge exclusivamente de los muchos acuerdos que tengo con el denso itinerario conceptual que atraviesa estas páginas, sino, curiosamente, también de las diferencias que tengo con algunas de sus afirmaciones.
¿Por qué tengo esta sensación? Creo que por dos razones: la primera es la pasión con que aborda cada uno de los temas y las circunstancias históricas que se le plantean; la segunda es la pretensión argumentativa con que sustenta sus posiciones. Es decir, no podrá encontrar el lector de este reportaje la ligereza espiritual de quien habla obsesionado por lo que quiere escuchar su público, ni la tozudez del enunciador de verdades imposibles de someter al examen del razonamiento.
El reportaje –inteligentemente desarrollado por Hernán Gómez- reconoce una doble temporalidad muy evidente. Empieza por los años de la “generación heroica” y se desarrolla y termina en “la política de la época”. Una lectura drásticamente literal del repertorio discursivo de ambas temporalidades podría conducir al hallazgo de incoherencias lógicas o de virajes inexplicados: es una clave de lectura completamente factible.
Puestos en ese lugar, podemos construir un catálogo de acuerdos o desacuerdos o elaborar un riguroso escrutinio de la solidez argumental de cada una de las afirmaciones del político. Pero el tono de la conversación y el modo de hablar de Bielsa permiten otra entrada: la de la consideración de su sensibilidad personal en diálogo permanente con su experiencia. Un diálogo apasionado y para nada autocomplaciente.
No quiero silenciar mis diferencias con la valoración que hace Bielsa sobre la década de los setenta, en las que no me extenderé demasiado porque el lector no se ha acercado a este libro para conocer mis opiniones sino las suyas. No tomaré, para usar sus palabras, ni el papel de historiador –que no soy- ni el de politólogo –que es una denominación muy engañosa para mi trabajo- sino el de ciudadano que ha sido partícipe de aquel período y que procura interpretarlo de modo productivo para la sociedad en la que vivo.
Desde esa perspectiva, creo que si los partícipes de esa generación – o mejor sería decir de sus activistas revolucionarios- tenemos que inventariar nada más que una “derrota”, queda abierta la pregunta por una “revancha” en la que podamos tener mejores técnicas y tácticas y, seguramente, mejores “directores técnicos”. Yo estoy convencido de que el juego que jugamos fue equivocado; y no solamente por el empleo de las armas por parte de quienes las emplearon, sino por la idea misma de país y de mundo que lo alimentó.
Una idea que no se limitaba a la demanda de justicia y dignidad para los necesitados, sino que remitía a un universo de “verdades objetivas”, “sentido de la historia” y “vanguardias revolucionarias” cuya crítica –más que su crítica, su absoluta expulsión del léxico de las fuerzas progresistas - es una necesidad para pensar la política de estos tiempos y para prevenirnos de cualquier regreso a esa heroicidad trágica. Bielsa se empeña en una visión contextualista de la época y se niega a juzgarla “con el diario de hoy”. Sin embargo, él es un hombre político y un hombre de ideas; en esa doble condición es responsable por una lectura de la historia “con los ojos de hoy”.
Claro que detrás del juicio de las experiencias históricas están las biografías personales, la sensibilidad, las apuestas de la pasión, la deuda moral con los compañeros que fueron víctimas del terrorismo de Estado. Parecen estar ahí las claves de una suerte de autocensura a una reflexión crítica sobre aquellos años. Y, no en último término de importancia, está el curso que toma la propia experiencia hecha conciencia (expresión que Bielsa toma prestada de Malraux).
De modo que, acaso, el mejor acercamiento a su evaluación histórica de aquellos años se encuentre en la otra temporalidad del reportaje, la que lo muestra frente a la crisis más intensa de la contemporaneidad argentina y ante la responsabilidad de conducir la política exterior de nuestro país en los últimos dos años.
Bielsa ve a la Argentina de diciembre de 2001, como un país al borde de la anarquía y amenazado de disolución; lejos está, entonces, de esa euforia refundacional muy abundante entonces entre los que reivindican acríticamente la experiencia de los setenta. Ve en las asambleas populares la manifestación de una sociedad que muestra signos de vitalidad y solidaridad en medio del derrumbe y no el germen de una democracia directa y sin mediaciones partidistas ni parlamentarias que encandiló a tantos políticos e intelectuales en aquellos días.
En la percepción del lugar de Argentina en el mundo y en el rumbo estratégico que de él se desprende vamos, finalmente, a encontrar a Rafael Bielsa como protagonista político de nuestros días. Será en ese discurso democrático, pluralista y realista, que no abandona la opción prioritaria por los pobres y excluidos –opción que se deja percibir como un eje organizador de toda la perspectiva nacional y mundial- en el que podremos encontrar los temas centrales, los puntos nodales del acercamiento entre las diferentes culturas del campo progresista, así como las diferencias sobre las que habrá que seguir discutiendo.
Aquí nos encontramos con un proyecto de país sólidamente comprometido con un orden mundial multilateral y pacífico, con un profundo replanteo de la agenda global que sitúe los problemas de la seguridad internacional en el contexto de las desigualdades, las restricciones comerciales, las guerras regionales y las migraciones masivas que funcionan como alimento del terrorismo.
Un proyecto de país con voluntad de intervención política en los asuntos mundiales, sobre la base del fortalecimiento del proceso de integración regional que tiene en el Mercosur su eje central; una percepción madura y realista de nuestras relaciones con Estados Unidos; una estrategia de apertura comercial signada por la multitematicidad, la reciprocidad, la más amplia diversidad en cuanto a los socios potenciales y la búsqueda sistemática de las mejores condiciones para el desarrollo productivo con equidad en el país. Estamos, en fin, ante la enunciación de un programa estratégico de inserción argentina en el mundo, cuya discusión profunda sería de gran importancia para nuestro futuro.
Todo diálogo cobra importancia en la medida en que los hablantes estén convencidos de la posibilidad de convencer parcialmente y ser convencidos del mismo modo. El diálogo que puede conducir a un amplio reagrupamiento de las fuerzas transformadoras en nuestro país necesita, además de actores centrales creíbles, pluralistas y apasionados. Tal vez, este reportaje de Hernán Gómez nos esté presentando a una de esas personas.
Edgardo Mocca
1 de julio de 2005
PRESENTACIÓN
Sobre Rafael Bielsa
Nacido en la ciudad de Rosario, un 15 de febrero de 1953, Rafael Antonio Bielsa fue el primero de los tres hijos del matrimonio entre la docente cordobesa, Lida Caldera, y el abogado rosarino, Rafael Pedro Bielsa. Nieto de un reconocido jurista --de los fundadores de la rama administrativa en la Argentina--; y dueño de una prolífica biblioteca, Rafael vivió, desde chico, la satisfacción de la lectura que le aportaba la colección de su abuelo con los placeres más cotidianos del barrio.
Cursó Derecho en la Universidad de Rosario, aunque no ejerció propiamente como abogado salvo en un corto periodo. A los 18 años ingresó a la Juventud Universitaria Peronista, de la cual fue un comprometido militante y encontró, desde entonces, goce y consuelo en la música, en la poesía y en el cuento. En 1977, fue llevado a un centro clandestino de detención del cual logró salir un mes y medio más tarde. Viajó entonces a Estados Unidos y más tarde a España, donde vivió exiliado hasta 1980.
A su regreso a la Argentina, declaró su amor incondicional a la ciudad de Buenos Aires, instalándose en ella definitivamente. A partir de entonces, se abocó a la función pública dentro de muy diversos ámbitos. Se especializó en informática jurídica y sistemas judiciales, dirigió proyectos financiados por las Naciones Unidas, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial y se desempeñó como experto en consultorías en materia de reforma judicial para gobiernos de otros países. La lista de su desempeño es aún más larga.
Durante la primera mitad de los noventa se acercó a José “Pilo” Bordón, y el resto de la década lo transitó cerca de Carlos Chacho Álvarez. En diciembre de 1999, fue nombrado Síndico General de la Nación, donde permaneció hasta finales de 2001. Allí fue conocido por su labor en favor de la transparencia en el manejo de las cuentas del Estado, así como por la reingeniería institucional que promovió al interior del organismo. Sus informes fueron materia de una serie de denuncias que generaron revuelo en los medios y le valieron también varias amenazas.
En el caótico año de 2002 entró de lleno --y como nunca antes-- a la arena político - electoral. Fundó así GESTA (Gobierno, Estado, Sociedad, Todos Ahora), un partido a través del cual se buscó dar cuerpo a los actores sociales que emergieron durante la crisis de 2001, que pretendía hacer del valor de la solidaridad y el compromiso ciudadano sus referentes esenciales. Desde ese espacio, Bielsa se abocó a escuchar las calles de la ciudad de Buenos Aires, en un largo recorrido rumbo a la Jefatura de Gobierno.
En mayo de ese año, cuando Néstor Kirchner sólo alcanzaba un par de puntos de la intención de voto, se sumó a su proyecto político para conquistar la Presidencia de la Nación. Un año después, Bielsa fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, hasta encabezar hoy la lista de diputados nacionales del Frente para la Victoria por la Capital del país.
Bielsa es un hombre de intereses múltiples. Es autor de más de tres libros que abarcan temas tan diversos como el derecho, la poesía, el fútbol, y más de cien ensayos sobre su especialidad editados en la Argentina y en el exterior. Es articulista habitual de los diarios Clarín, Nación y Página 12 y con regularidad polemiza en varias publicaciones más. Sus libros más recientes: La Vida en Rojo y Negro, Sombras nada más, y Argentina: una luz de almacén .
Rafael Bielsa está casado con Andrea de Arza, una mujer con la que comparte literatura, política, música y fútbol. Ve el futuro a través de los ojos de sus dos hijos: Laureano, de 13 años, e Hilario, de 10. Alguna vez escribió que, con el paso de los años, ha visto asomar en ellos, vivas, las mismas viejas ilusiones que en otros momentos supo amparar. También escribió que si alguna fortuna quisiera dejarles, es la firmeza necesaria para ----que tengan paciencia. Laureano, cuando en 2001 tenía nueve años, inventó un país del cual todavía es presidente.
Del por qué de estas charlas
Conocí a Bielsa, por sus poemas y sus cuentos. El primer encuentro ocurrió en algún momento de mi infancia, en México, a través de un pequeño libro que me esperaba empolvado en la biblioteca que mis padres tenían en la Villa Olímpica. Algunos años más tarde, cuando quise saber con exactitud por qué me llamo como me llamo, mi padre me entregó una caja llena de cartas y recuerdos, donde encontré La vida pintada en la boca , un cuento que resumía, con la grandeza de una novela, mi historia familiar por el lado paterno.
Por medio de ese cuento conocí a mi tío Hernán --más conocido como Coco Hernández-- uno de esos tantos jóvenes que --muy, pero muy jóvenes--, parecían dispuestos a darlo todo, en un tiempo y en un lugar en el que la posibilidad de cambiar el mundo se veía a la vuelta de la esquina. El cuento que lo inmortalizó relataba la historia de un joven que –azares del destino--, salió con vida de un disparo en el brazo, a finales de 1976, pero no logró esquivar la muerte un mes después, en un accidente de auto.
El exilio de mis padres --en una tierra de brazos solidarios y generosos--, se prolongó muchos años después de volver la democracia. Al principio, la idea de regresar se postergaba siempre para el año siguiente. Pero pasó el tiempo y, cuando se dieron cuenta, la mayor parte de sus años había transcurrido en un lugar en el que lo otro se había convertido en lo propio. Ni del todo mexicanos, ni del todo argentinos –el exilio de los progenitores también suele ser el de sus descendientes-, no éramos ni una cosa ni la otra. Hoy pienso que siempre fui una suma de las dos.
Hace tres años comencé a pensar en volver. Y volví. Volví solo, con algunos años más de los que tenían mis padres cuando partieron. Me movía la percepción de que algo nuevo estaba gestándose en mi otra patria; sabiendo –como decía el gran Alfonso Reyes— que pare ser provechosamente nacional hay que sentirse orgullosamente universal. No soy ningún experto en los temas que aborda este trabajo. Sólo he tratado de conocerlos a través de estas charlas.
Así, este es un libro sobre nuestro lugar en el mundo desde la visión y el pensamiento político de Rafael Bielsa. Juntos hemos buscado compilar su experiencia como militante político, como abogado, como intelectual, como escritor y articulista, y como Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina.
El material que aquí presentamos se constituye a partir de una colección de conversaciones que tuvieron lugar en distintos momentos y fueron enriquecidas a partir de otras entrevistas, discursos, ensayos y artículos periodísticos escritos por Bielsa que se centran esencial –aunque no exclusivamente— en las relaciones exteriores de la Argentina.
Hoy es claro que en la arena de las relaciones internacionales se juega una parte cada vez más importante de nuestro destino como sociedad. Dado que la política exterior cada vez repercute más en nuestras vidas, la intención es que este libro pueda ser leído por cualquier ciudadano preocupado por el futuro del país, independientemente de su grado profesional o de sus intereses específicos. Por eso tratamos de evitar demasiadas abstracciones teóricas y procuramos que las reflexiones sean accesibles, sin por ello perder sustancia.
En estas páginas, hemos procurado rescatar distintas facetas de Bielsa que, aunque disímiles, forman parte esencial de un discurso político en el que habita un escritor que se dirige en un plano intimista, un intelectual, un jurista, un analista y un funcionario público que –por la forma en que conjuga esas características -- escapa de la política más convencional.
Aunque este no es un libro sobre la vida de Rafael Bielsa, sino sobre su pensamiento político --particularmente el asociado a la política internacional-- decidimos incluir dos capítulos que, a manera de preámbulo, exploran el significado personal de algunos episodios históricos que no sólo sellaron su biografía y su propio desarrollo político, sino que además son el marco para posteriores reflexiones.
De esa forma, se incluyó una primera charla sobre la década de setenta, sin la cual sería imposible entender al sujeto de estas reflexiones, así como una segunda conversación sobre la crisis de diciembre 2001. Estos dos momentos, además de tener una importancia histórica para todos los argentinos, son definitivos para entender desde donde concibe Bielsa, hoy, nuestro lugar en el mundo.
Decía Gramsci –en su ya conocida reflexión-- que la crisis radica en el hecho de que lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no acaba de morir. En esta idea, capaz de definir la situación por la que transita la Argentina, veo un espacio y una sustancia –las que busca rescatar este libro-- dentro del que puede pensarse una nueva forma de hacer política; una en la que el ejercicio de la función pública se liga al pensamiento, al mundo de las ideas y a la discusión política racional. Cada lector lo juzgará a su manera.
Como he expresado, me une a Bielsa una relación y una visión común que me ha llevado a colaborar con él en diversos proyectos. Me parece pertinente decirlo porque uno siempre habla desde algún lado y –para recurrir a una tautología— uno es subjetivo en tanto es sujeto. Sin embargo, creo haber tenido la libertad necesaria para plantear mis diferencias y no me he privado de pedirle aclaraciones y profundizaciones cuando me pareció necesario hacerlo.
A nombre de Rafael Bielsa y del mío, agradezco la colaboración de todos los que aportaron algo para que este libro fuera posible: Eduardo Sguiglia, Lucrecia Cardoso, Betina Chiller, Florencia Colombo, Andrea de Arza, Hugo Varsky, Arturo Martínez, Natalia Zuazo, Mónica Valdés, Dolores Linares, Edgardo Mocca, Rody Mascali, Gustavo Vaca Narvaja, María Isabel Rendón, Sergio Cesarín, así como Mario y Mariana Gómez, entrañables amigos de Rafael.
Buenos Aires, 29 de julio de 2005
Hernán Gómez Bruera
1
BUENOS MUCHACHOS
De los no tan lejanos setenta
“El pasado nunca está muerto,
ni siquiera es pasado”.
William Faulkner
Me gustaría que empecemos por hablar de los setenta, una época emblemática y de gran convulsión en la Argentina. ¿Cómo viviste esos años y qué significado tuvieron para vos?
Los setenta pueden resumirse como años desaforados en los que teníamos una necesidad desproporcionada de romper moldes, sin haber pensado demasiado acerca de qué poner en su lugar. A la distancia, he pensado que en esa época queríamos todo porque todavía no sabíamos cómo alcanzar lo que queríamos. Dichosamente, no podíamos ver lo que no éramos y no veíamos lo que ya nunca seríamos.
La sensación que me deja esa época es la de un momento en la vida que debió haber sido algo más, algo diferente de lo que fue para no terminar como terminó. Creo que aunque a veces cueste aceptarlo, las cosas que nos suceden en la vida nos suceden para siempre. No hay hombre que no sea en cada momento lo que ha sido y lo que será.
Vivir los años setenta es lo más trascendente que me pasó en la vida porque fue el momento en el que comencé a formularme una cantidad de preguntas. Muchas de éstas no han sido contestadas. Incluso creo que hoy me hago más preguntas. No puedo negar que a veces añoro esos tiempos en que las respuestas eran demasiado para la escasa cantidad de interrogantes.
Los setenta no son sólo un recuerdo. Para quienes conservamos dentro de nosotros lo que nos hizo internarnos en ellos como lo hicimos, también son un modo de ver el presente, y un atlas para desentrañar el futuro que nos espera.
¿Qué preguntas te quedan pendientes al evocar esa época?
A veces me pregunto si hubiéramos llegado a tanto con más conciencia de nuestros límites, si lo hubiéramos ofrecido todo, aún lo que nadie nos pedía; me cuestiono si nuestra propia sangre nos hubiera importado tan poco, ¿nos habría interesado de un modo diferente la vida ajena? Si no hubiéramos tenido tan pocas palabras a mano para explicar lo que hacíamos, ¿habríamos necesitado tantas desde entonces para justificar por qué no hicimos algo diferente? Cuando el desengaño sucede a la esperanza, ¿puede algo volver a esperanzarnos por sobre el desánimo? Cuanto más lo pienso, más me sorprenden tantas preguntas pretéritas.
Todavía hoy, los setenta reviven polémicas. ¿Cómo te parece que la sociedad argentina y tu generación debería mirar esos años?
Me parece que debemos ser capaces de hablar de los setenta sin estigmas, etiquetas o prejuicios. A pesar de lo que nos ocurrió, esa generación tuvo cosas maravillosas (o porque tuvo cosas maravillosas no podía sino pasar lo que pasó). La mezcla entre la represión al peronismo del cincuenta y cinco con la influencia de los pensadores del Mayo Francés, sumada a toda la corriente psicologista y el peso de los grandes centros urbanos, muy permeables a nuevas ideas, fueron caldo de cultivo para una generación extraordinaria.
Siempre digo que los que murieron en ese momento eran algunos de los mejores. Ellos eran los más inteligentes y los más valientes. Uno de los mayores déficits de nuestro país es que muchos de esos 30 mil hombres y mujeres que mataron eran mejores que nosotros.
¿Te parece que la generación de los setenta fue derrotada?
Sí, de algún modo nuestra generación es de peritos en derrotas. Tanto que nos acostumbramos a ellas. Sin embargo, creo que asumir una derrota no significa darse por vencido. Alguna vez publiqué algo sobre el sentido de la derrota que decía así:
“Quienes han sido derrotados, pero no se dan por vencidos comprenden, más temprano que tarde, una sencilla razón: es necesario distinguir con nitidez qué hubo de valioso en las fuerzas propias, respecto de lo que no alcanzó o falló, porque es seguro que habrá un nuevo trance”.
“La condición de derrotados no debe hacernos pasar por alto el extraordinario carácter de muchos sucesos previos al momento en que mordimos el polvo. Quienes –por el contrario— saltan a la vereda de enfrente al ver cara a cara el rostro demacrado de la derrota, renuncian a aprender de ella. Por eso es seguro que la siguiente ocasión los encontrará más débiles. El gran problema de toda derrota es que siempre aparecen individuos que sienten que la mejor versión de sí mismos está del lado de los vencedores”.
“En cambio, quienes a pesar de haber sufrido la derrota, no se dan por vencidos, suelen ser valientes. No necesariamente lo son en un sentido físico, sino en el haber aceptado que nunca nada trascendente habrá de costarles poco sacrificio. La enseñanza primordial de la derrota es que hay que caerse para poder levantarse, y que entonces –con absoluta independencia de quién continúe a cargo de la tarea— todo, el temple, la convicción y la tenacidad deben prepararse para el momento luminoso de volver a ponerse de pie”.
¿No te parece que además de hablar de derrota hay que hacer una exploración crítica de lo que fueron esos años? ¿Es sólo derrota o habría que explorar también el posible fracaso de una concepción, como plantean algunos?
Mirá, cuando yo me metí en esa historia tenía 18 años y –como dice el pequeño tratado de las grandes virtudes— a esa edad todo el mundo está enamorado del amor . De esa gesta heroica yo estaba enamorado. No tenía andamiajes teóricos o críticos para hacer ese tipo de disquisiciones. Por eso cada vez que hablo de esa época la miro con los ojos del que fui, no con los ojos del que soy. La verdad es que eso me produce una enorme paz en el espíritu.
Cuando a mí me preguntan si volvería a hacer lo mismo que hice respondo que sí, absolutamente. Ahora, si me piden que conteste con el diario de hoy, contestaría distinto, pero no tiene sentido hacerlo. Cuando miro esa época, cuando me acuerdo de tu tío Coco o de muchos otros compañeros, los recuerdo con esos ojos.
Lo que quiero decir es que esos ojos eran épicos. Yo no podía analizar si nuestros criterios eran totalitarios, si nuestras concepciones eran maniqueas o si, aún en el caso de triunfar, ello hubiera sido bueno para el país. Nunca me ha interesado analizar eso. Que eso lo analicen estudiosos, historiadores o politólogos.
Pero supongo que en algún momento de tu vida hacés una rectificación o una autocrítica...
Cuando nosotros cumplimos los 20 años la violencia era un modo admitido de transformar la realidad. Detrás había una teoría y una práctica que lo justificaba. La violencia estaba considerada como un modo legítimo –aunque no fuese lícito- de hacer política. Te insisto, mirar con los ojos de hoy el ayer es valioso para un historiador que --incluso si fue protagonista— debe abdicar de ese carácter para pensar mejor el pasado desde el presente.
Como yo no soy un historiador, sino que fui un protagonista que no dejaría de serlo en iguales circunstancias, sería tramposo que mirara con los ojos de hoy aquella época. Ahora, si me lo preguntan con los ojos de hoy puedo responder sin ninguna duda que la violencia no es la receta aconsejable.
No hago una autocrítica porque en esa época, discutía con tipos de mi edad que rondaban los 18 años. Con los de la Conducción no me veía. Veníamos de una dictadura y de la proscripción del peronismo. Nuestra identificación era con los desposeídos y los “desheredados de la tierra”. Queríamos correr su misma suerte. Por eso nos proletarizábamos, nos íbamos a vivir a los barrios periféricos y laburábamos en talleres metalúrgicos o en la construcción.
Mi testimonio es el de alguien que vivió como protagonista esa época, pero que no siguió el camino de la política “profesional”, por llamarla de algún modo. Yo nunca antes hice política partidaria ni política electoral, jamás la elegí como un medio de vida, aunque siempre tuve un pensamiento político...
¿Cómo era tu militancia?
Militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Era una militancia extrema, cuyo compromiso iba más allá de la propia consistencia de mi pensamiento o incluso de lo que podía pensar racionalmente de la vida. ¿Pero sabés lo que fue maravilloso de esa época? Lo que yo más rescato es que nosotros teníamos un camino trazado. Por ejemplo, si vos te llamabas Rafael Bielsa en Rosario en tu futuro parecía estar, por ejemplo, ser ministro de la Corte de la provincia.
Nosotros seguimos un camino distinto. Nos fuimos de casa, nos peleamos con nuestros padres, alquilamos un cuchitril y dormimos en pisos de piedra... No digo que eso sea heroico, pero sí que elegimos el camino más difícil. Y te digo una cosa más: cuando algunos critican que no se juzgue con la misma vara a los militares y a los que estaban “del otro lado”, yo sostengo: si en nuestro país alguien pagó por haber considerado que la violencia era un método para cambiar la realidad esos fuimos nosotros y lo digo desde el sosiego que permite el perdón y la falta de rencor.
Pagamos en términos de muertos sin juicios y detenidos sin prisión domiciliaria; pagamos en términos de tortura y de exilio; desbaratamos nuestras vidas, perdimos matrimonios, perdimos hijos y perdimos una enorme cantidad de cosas. Como dije, no tengo ningún rencor en mi corazón. No me quedó ninguna asignatura pendiente, pero tengo el suficiente sentido común para darme cuenta de que nosotros pagamos.
El Bielsa de hoy es conocido como alguien progresista que defiende los valores de igualdad y justicia social, pero también que tiene una visión republicana y reivindica la pluralidad y el diálogo como formas de hacer política. ¿Cómo llegas a ser ese Rafael Bielsa?
Dice un poema de Mario Trejo: “Toda vida / no es más que los escombros / de otra que debió haber sido”. Uno tiene una vida que va viviendo como puede vivirla.
Mi primer exilio fue una catástrofe. Cuando estaba en Tarragona me iba a tomar un café al puerto para ver salir barcos, imaginándome que iban hacia la Argentina. Cuando finalmente regresé me mudé de ciudad, me enamoré, tuve dos hijos y fui envejeciendo. Entonces empecé a mirar la vida de otra manera y a valorarla de otra forma.
Me parece que el tiempo se va llevando los rencores y se transforma en tolerancia, en paciencia y en una valoración mayor del arte de la persuasión. Acercarme a la función pública –como lo hice después-- me permitió comprender el valor de la continuidad. Me fui dando cuenta que lo peor que la ha pasado a la Argentina son las rupturas y las discontinuidades y que lo que le falta a nuestro país es tanto continuidad como enlace.
Todo esto, sin embargo, fue un proceso. Hace 25 años yo no era así. Es muy sencillo hoy tener una visión pluralista, moderna y dialoguista, pero yo no era ese tipo. Te voy a confiar una duda que, no por endeble es menos cierta: Si el tipo que soy hoy fuese torturado no sé si lo soportaría. Para soportar la tortura hay que estar dispuesto a morirse. Si hubiese pensado en vivir durante ese episodio, no sé si hubiera podido llegar a soportar algo así.
En términos de valores, ¿qué se puede hoy recuperar de esa época?
Fundamentalmente la pasión. También la voluntad y el sacrificio. Siempre me ha llamado la atención que los grandes longevos sean grandes apasionados. Picasso, Chaplin, Dalí, Borges y gran cantidad de músicos fueron longevos apasionados. El secreto de la longevidad es la pasión.
Cuando William Faulkner aceptó el Premio Nobel de Literatura, en diciembre de 1950, leyó un discurso de una página. Creo haber escuchado que todo el mundo se murió de la risa porque el tipo estaba medio borracho y no se le entendía bien. Al día siguiente el texto apareció publicado en los diarios, convirtiéndose en una de las mejores páginas de la literatura universal. Dice así:
“Yo no creo en el fin del hombre. Es harto simple decir que el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más miserable roca, vacilante, aunque ya no le sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando. Lo que yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única criatura que tiene una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia…”
Esa capacidad de compasión, sacrificio y resistencia a la que aludió Faulkner me parece una cosa maravillosa. Los amigos que yo tenía en los setenta tenían esa virtud. Rescato de esos años la pasión y la voluntad. Pasión como fuego interior, como la fuerza que nos lleva a pensar que hay algo que podemos hacer para que la vida de los demás sea más feliz. Voluntad, como el entendimiento de la política pensada y actuada como una herramienta de cambio a favor de los que padecen.
Esos valores no se han modificado un ápice. Nosotros no hemos pensado en transitar por la función pública para obtener un beneficio personal o material, sino para el cumplimiento de un deber. En aquella época era idéntico, lo que cambió es el mundo. Hoy son otros los tiempos y nuestra mirada de la vida es distinta. En esa época la palabra “conservar” no estaba en nuestro léxico.
Primo Levi se suicidó a los 75 años a pesar de que a los 20 había visto la muerte en un campo de concentración. Lo que sucede es que a los 20 años la biología hace ver la muerte con una mirada determinada. A los 75, sin embargo, Levi no pudo soportarla . Siempre pensé que por eso sufrió la depresión que lo llevó al suicidio. Me parece que hay algo de eso en nosotros. No pensábamos en la posteridad, todo era urgencia.
Al principio de esta charla decías que entonces no sabían muy bien lo que querían. Sin embargo me parece que no es exactamente así. Ustedes soñaban con un tipo de país y de mundo...
Mirá, cuando Data General fabricó un “mini” de 32 bits --que cambió para siempre la historia de la computación--, eligió ingenieros recién recibidos. La lógica para hacerlo así consistió en que un ingeniero recién recibido no sabe de lo que no es capaz . Cuando uno va envejeciendo, sin embargo, cada vez lo sabe mejor y, por ende, no lo emprende.
En nuestro caso, éramos individuos que no teníamos conciencia de lo que no éramos capaces. Por eso nos atrevimos a emprender lo imposible. ¿Me preguntás si me arrepiento de eso? No, no me arrepiento de la vida que viví ni me avergüenzo de ella. Ahora, si me preguntás si sabía lo que quería, te diría que tenía nociones generales.
Pareciera que los jóvenes saben mejor lo que no quieren que lo que quieren. Yo quería que no sufrieran los que sufren, quería un mundo más justo. Pero ni siquiera pensaba, por ejemplo, en ocupar cargos. Es más, cuando a nosotros se nos ofrecían cargos nos peleábamos para no aceptarlos. Queríamos ser proletarios, no se nos ocurría acceder a la superestructura.
En aquella época la posibilidad de cambiar el mundo estaba a la vuelta de la esquina. Quienes integran la generación de hoy ni siquiera saben si pueden cambiar sus propias vidas. El futuro se piensa en términos de subsistencia, de forma más individual que colectiva. ¿Cómo ves a la generación que nació a finales de los setenta y principios de los ochenta y que hoy tiene entre 20 y 35 años?
En nuestra generación todo era colectivo, no podíamos concebir las cosas de otra forma. Discutíamos colectivamente desde si era moral o inmoral tener cierto tipo de relación con cierto tipo de mujer, hasta una acción militar. Ahora, me siento desautorizado a emitir un juicio sobre las generaciones de hoy. Desde luego que es una enorme fortuna tener la noción de que se puede cambiar el mundo y creo que es una enorme desdicha no tener esa ilusión.
Es un enorme vacío...
Desdicha en tanto vacío... A nosotros el tiempo no nos alcanzaba. Trabajábamos, íbamos a la universidad, realizábamos labores de base, militábamos, íbamos al cine, pintábamos de noche... ¡Era una vida tan llena de significado!
Las generaciones de hoy son desiguales. Sin embargo, los pocos jóvenes que se movilizan políticamente mantienen algunas creencias parecidas a las de tu generación. ¿Les darías algún tipo de consejo a esos jóvenes? ¿Se les puede pedir que se comporten de determinada forma, que eviten ciertas prácticas?
Hace un poco más de un año caminaba por Billinghurst y Valentín Gómez cuando una parejita muy linda que pasaba --tendrían unos veinte años y trabajaban en el Movimiento Aníbal Verón —me dijo: “No entregue nuestros ideales”. Yo, que estaba con mi mujer y los pibes, me puse a conversar con ellos. Justo en ese momento me acordé de una idea de André Malraux que dice: ”El deber de la condición humana es transformar la experiencia en conciencia”. Si uno no logra hacerlo ha vivido en vano.
Por eso lo último que le dije a esa pareja, después de estar discutiendo un rato, fue que no dejaran nunca de ser como son. Cada uno transforma su experiencia en conciencia de forma individual. A mí me parece que tratar de decirle a los jóvenes qué es lo que hay que hacer o qué es lo correcto y lo incorrecto --habiéndonos quemado en aquellos mismos fuegos--, es una pretensión absurda.
La juventud tiene imperativos de justicia inmediata que son propios de la juventud, de su afán por reestablecer automáticamente la justicia. Esas son condiciones maravillosas de la mocedad. Las mejores facetas que yo recuerdo de Rafael Bielsa, son las que aquél, no las de éste.
¿Sentís a veces que el Rafael Bielsa que sos hoy traiciona al de entonces?
No, pero sin duda pienso de alguna manera cuánto mejor fue haber sido aquel joven que este adulto.
Sin embargo, desde tu responsabilidad actual puede ser que ahora seas más útil para el país de lo que lo fuiste en aquella época...
Tal vez sea más útil. He transformado mi experiencia en esta conciencia, lo cual no me impide ver ese elemento maravilloso y conmovedor que hay en los individuos que corren la misma suerte de sus congéneres y que generosamente entregan lo mejor de sí: su propia vida. No porque vayan a morir sino porque dan su vida en aras de causas justas como es el dolor de los que sufren.
Por eso les decía a esos chicos que me encontré que no dejen de ser como son, el tiempo se va a encargar de lo demás. No quería que pensaran que pretendía persuadirlos para pensar de otra forma, me parece maravilloso que sean quienes son.
Hay un capítulo de los años setenta que no está cerrado. La derecha afirma una y otra vez que reabrir juicios reabre también viejas heridas...
Mirá, a mí me comprenden las generales de la ley porque en algún sentido yo padecí algunas de las cosas que hoy se intentan juzgar. Como decía antes, tengo más amigos muertos que vivos. Eso no puedo olvidarlo. Sin embargo he tratado de hablar con toda la generosidad de la que soy capaz: Me parece que es muy difícil construir una patria si no es sobre la verdad. Todos los intentos por sofocar el grito de la verdad han fracasado.
Cuando tenemos a madres que por ignorar el lugar donde están sus hijos, se reúnen en la Costanera una vez por año a tirar pétalos de flores o cuando hay personas que todavía se despiertan a mitad de la noche llorando, pensando que reviven momentos terribles... está claro que estas cuestiones no se resuelven a golpe de norma, sino sobre la base de la aceptación de la verdad. A partir de la justicia es que los pueblos pueden hablar otra vez de hermandad o reconciliación.
En la Argentina hay mucho dolor insepulto que no termina de transformarse ni en resignación ni en aceptación ni en paz. Tenemos que afrontar ese dolor y mirarlo a la cara. Es como en el psicoanálisis. Lo que no se exterioriza se convierte en un síntoma. No se construye un país poniendo la realidad debajo de la alfombra, sino mirándose cara a cara y descarnadamente, tanto con lo que hoy sucede, como con lo que ha sucedido. Eso no tiene nada que ver con la retórica de tratar a un joven con uniforme como si fuesen aquellos asesinos que deshonraron a la patria.
Qué bueno que tocas ese punto porque hoy las Fuerzas Armadas sufren un desprestigio generalizado. ¿Qué comentarios te merece eso?
Creo que es injusto e inútil apostrofar a todo lo castrense por culpas borrosas. Los que están no son y los que fueron ya no están. Es grave extender de forma inmediata el juicio que se hace a los protagonistas de las Fuerzas Armadas de hace veinte años a los actuales.
Es tan grave como alambrar de adjetivos una cuestión de tamaña importancia, pues de ese redil cercado no pueden surgir ideas superadoras. En definitiva, esa es la coartada de la que se valen para avanzar furtivos proyectos que desnaturalizan la función que deben cumplir las Fuerzas Armadas.
Una cosa es que Sara Méndez -que hasta el 2001 no había podido reencontrar a su hijo desaparecido- hable de “represores”, y otra que las descalificaciones, extendidas a los actuales miembros de las Fuerzas Armadas, coagulen un pensamiento moderno capaz de dar respuesta a su rol.
Aparentemente este gobierno tiene un compromiso firme de cerrar el capítulo de violaciones a los derechos humanos. ¿Hasta dónde se quiere llegar?
Tenemos un compromiso a favor del juzgamiento universal de los delitos imprescriptibles. La posición que el presidente ha manifestado públicamente es que no puede haber impunidad. Ahora, hay que ser cuidadosos: nuestro código penal establece el principio de la territorialidad. Lo ideal sería que nuestros propios tribunales juzgaran aquí lo que tengan que juzgar. Sin embargo, los delitos que no juzguen los tribunales argentinos lo harán otros tribunales del mundo, como ocurre.
De todo corazón espero que podamos cerrar nuestras heridas sobre la base de la verdad y la justicia. En algún momento tenemos que cicatrizar porque ningún pueblo puede vivir en perpetua hemorragia. Un país que no termina de saldar nada es un territorio de cuerpos presentes. Los países viables, las comunidades que creen en su destino, han satisfecho sus conflictos. No podemos seguir revolcándonos sistemáticamente en estas cuestiones sin salir adelante porque –a decir de Alan Resnais-- la guerre est finie.
Cuando inició esta gestión, Fernando Vaca Narvaja escribió un artículo en el que definía conceptualmente que ésta es una segunda oportunidad para la generación de ustedes. ¿Lo ves de la misma forma?
Yo no lo llamaría segunda oportunidad por varias razones. Primero porque –repito- los que quedamos somos sobrevivientes, los mejores ya no están; segundo, porque hoy las condiciones no son las mismas. En los setenta queríamos cambiar el mundo. Hoy nuestras pretensiones son más modestas. Entonces, la lucha armada era una manera válida de ejercer la política. Hoy ya no es así.
Yo veo el momento actual como una posibilidad de honrar con el ejercicio los valores que teníamos en aquel momento, quienes aún los conservamos. Estos años han sido muy difíciles porque vimos la vida pasar y a veces llegamos a pensar que se nos había ido el tren, que nunca más íbamos a poner los sueños a funcionar. Pero nos ha tocado volver a ponerlos en funcionamiento.
Quisiera que termináramos este apartado con una nueva reflexión generacional, pero que esta vez me hables de tus hijos. También se dedica este libro a ellos...
En este momento de la vida no puedo pensar en nada que no tenga vinculación con mis hijos. Naturalmente, después de lo que he vivido no puedo dejar de querer que mis hijos deseen ser argentinos y se queden en el país. Una vez en España estaba en una librería y veía que una mujer me seguía y me seguía, hasta que le pregunté por qué me seguía. “Porque usted es argentino –me dijo—y no queremos que nos robe”.
A mí ese tipo de cosas siempre me dolieron mucho. Muchas veces padecí la vergüenza de pertenecer a una nacionalidad. Por eso lo que hoy trato es que mis hijos se sientan orgullosos de ser argentinos como me sentí yo a los 20 años. Por eso trabajo para que ellos no tengan que irse como tuve que hacerlo.
2
BAILANDO EN LA OSCURIDAD
De cómo la crisis nos cambió
Voces se acercan
calles de humo que viajan
cansadas de escapar
el obelisco pierde en rosa
el balcón no responde
espían
otra noche de manos en el cuerpo
con rostros ocultos
silenciando alaridos.
“La memoria es mi ciudad” – Mónica Valdés.
Diciembre de 2001 nos cambió la vida. El país se sumió en una crisis económica, política y social que para algunos todavía no termina. A raíz de ello, se comenzó a reflexionar cada vez más sobre los rumbos de la Argentina. Dedicaste al tema varios artículos en Página 12 y Clarín. Me parece que esas reflexiones no se las debe llevar el viento. Te propongo que comencemos por ellas en esta segunda charla. ¿Qué fue para vos el 20 y el 21 de diciembre de 2001?
Para mí, diciembre de 2001 fue un momento apocalíptico en el que se soltaron todos los hilos que mantienen a una sociedad articulada. Fue un momento en el que la Argentina se sumió al borde de la anarquía y la disolución nacional. Personalmente, nunca en mi vida tuve un sentimiento igual de dispersión y pérdida, nunca sentí de igual forma que los cables que nos mantenían unidos se cortaban.
Aquellas jornadas, que coincidieron con mi salida de la SIGEN, me generaron la sensación de que el país se desmoronaba. Veía como las instituciones se quebraban, los diputados no podían salir a la calle; el espacio público se ocupaba masivamente. Por primera vez tuve la sensación de que nos acercábamos hacia una de esos episodios de sangre de los que no se sale fácilmente.
Fue ahí cuando, por primera vez en mi vida, sentí la necesidad y la absoluta convicción de hacer política de forma activa. Luego de la época de la militancia, mi vinculación con la política se había dado más desde el pensamiento y la reflexión. Jamás había estado afiliado a un partido. Sin embargo, en ese momento me pareció muy claro que había que poner el cuerpo.
Y es que de pronto nos habíamos encontrado con la amarga realidad de que, a diferencia de nuestros abuelos inmigrantes, que llegaron desde un sitio peor, para vivir en un lugar mejor y darle un futuro a los suyos, nosotros –que sí veníamos de un país mejor--, sobrevivíamos en uno peor, y no éramos capaces de darle un futuro a los nuestros. Después de haber sido --junto con Uruguay y Costa Rica- el país capitalista de mayor integración social en América Latina, el diablo había perdido el poncho.
La ficción de la convertibilidad fue uno de los factores que desencadenaron la debacle económica de diciembre de 2001. ¿Dónde están las raíces del problema? Se ha explicado que el uno a uno era una ficción. Desde el punto de vista de la ciencia económica ese régimen cambiario pareciera ficticio. Sin embargo todavía algunos sostienen cosas así como que “quienes viajaban a Miami durante la convertibilidad viajaban de verdad...”
¡Ese tipo de razonamientos son absolutamente cínicos! Sólo alguien que no creyera en la ley de gravedad podía pensar que un dólar sostenido por la productividad de Estados Unidos podía valer lo mismo que un peso mantenido con la productividad argentina. Viajar a Miami equivalía a que se cerraran todos los talleres de Munro como se cerraron y a que se desintegrara la mayor parte de nuestro sector productivo nacional.
Demasiado caro hemos pagado que dejaran de humear las chimeneas de las fábricas para que pudieran humear los habanos en las oficinas desde donde se manda dinero argentino a los paraísos fiscales.
Durante la década de los noventa nuestro Estado fue vendido en régimen de liquidación y se rifaron nuestros activos públicos sin pensar en las consecuencias. Las privatizaciones a mansalva y las leyes laborales impuestas dejaron en la calle a millones de argentinos.
No se entendió que un Estado puede tener un proceso privatizador importante, pero privatizar servicios públicos que son brindados por empresas públicas no significa aceptar el concepto de Estado mínimo. El Estado es el Estado necesario. No hay más.
El Estado necesario puede desprenderse de los activos públicos, pero debe mantener los entes de regulación y control para hacer cumplir adecuadamente los contratos que se han suscrito. No haberlo comprendido así nos sumió en una sensación colectiva de desamparo.
Aunque algunos hoy todavía quieran ver las cosas de otra forma, tenemos que asumir que durante los noventa vivimos un momento de irrealidad absoluta que en algún momento tenía que terminar.
De vez en vez, algunos de los protagonistas centrales de entonces dicen que la política exterior de este gobierno es pésima porque la imagen de la Argentina en el exterior no podría ser peor. Yo les contestaría que un Canciller no es un consultor de imagen y que leo los diarios del mundo como para saber que eso hoy no es verdad.
La política exterior fue pésima en el 82, cuando la dictadura resolvió ir a la Guerra de Malvinas para conservar el poder; en 1989, cuando se dio hiperinflación; en 1995, cuando le vendimos a Ecuador un arsenal de fusiles y municiones para que le hiciera la guerra a Perú, mientras actuábamos como mediadores de paz o en el 2001, como consecuencia del estallido sobreviviente a la aplicación de las políticas de los mismos que hoy nos condenan.
Desde ya, esos interlocutores no deben de estar muy satisfechos con la Argentina de hoy. Claramente prefieren la del noventa, cuando la “buena imagen” del país nos costaba tajadas de país.
¿Qué problemas tuvo el modo de inserción económica que practicó la Argentina en los noventa?
El problema de ese modo de inserción, inspirado en la idea de que el libre funcionamiento de los mercados era una panacea que resolvería por sí misma todos nuestros problemas, fue que no dejó espacio suficiente para la política, para la regulación, el control y el equilibrio.
Pero te propongo que dejemos de hablar de los problemas heredados de gobiernos anteriores. No me gusta centrar siempre el debate político en eso. Es una deformación de nuestra naturaleza que suele poner las culpas en otro lugar. Hoy, nosotros somos quienes gobernamos y eso supone hacernos cargo de la realidad que nos tocó vivir.
Mirá, en su “Estudio sobre la banalidad del mal”, Hannah Arendt dice que “la memoria histórica es lo que hace consistentes los proyectos de país” y cita una frase que pronunció Napoleón Bonaparte cuando accedió al poder, después de la Revolución, que dice: “… asumiré la responsabilidad de todo lo que Francia ha hecho, desde los tiempos de San Luis a los del Comité de Salud Pública”.
Para Arendt, esa expresión de Napoleón manifiesta --con cierto énfasis—una de las características básicas de la vida política y quiere decir que toda generación, por haber nacido en un ámbito de continuidad histórica, asume la carga de los pecados de sus padres, y se beneficia de la gloria de sus antepasados .
Me parece que este razonamiento es muy sabio porque tiene que ver con la continuidad del Estado como entidad pública. Por eso creo que debemos evitar la tentación de hablar demasiado de lo que se hizo mal en el pasado. Te propongo que hablemos de lo que estamos haciendo bien ahora y de lo que no podemos dejar de hacer en el futuro.
...Sí, pero no podemos ignorar el saldo que dejó la década de los noventa...
Es cierto, vale la pena conocer el saldo, pero no para encontrar culpables, sino para tener claro desde dónde partimos y cuál es el país que hoy tenemos, el país real. Ni como ciudadano ni como Canciller puedo perder de vista que la Argentina de 2003 tenía 20 millones de pobres y ocho millones de indigentes; que ya no se consumían 120 kilos de carne por persona al año, sino 70; que el 10% más rico percibía del ingreso nacional casi 35 veces más que el 10% más pobre –una diferencia que en 1947 era de siete veces y que, a principios de los noventa, era de 15 .
¿Qué enseñanza deberíamos rescatar del estallido social de 2001?
Para mí lo más rescatable de 2001 es que nos encontramos con una sociedad viva, con unos compatriotas que no pedían beneficencia, sino trabajo; donde el orgullo se impuso a la compasión y, en lugar de darnos limosna, nos dimos solidaridad unos a otros.
Surgió la comprensión, en lugar de la indulgencia; exigimos inclusión antes que socorro. La sociedad no sé quedó inmóvil ni se hundió en el lamento. Lo que no era capaz de brindarles un Estado decidieron tomarlo y ofrecerlo.
En las crisis suelen surgir las mayores muestras de humanidad. Si algo rescato de diciembre de 2001 y los meses posteriores es que la sociedad trascendió el individualismo y una parte importante comenzó a entender que el dolor propio no es diferente del dolor ajeno ni el dolor que sufren los demás es distinto del que sufrimos como individuos.
A partir de entonces se hizo necesario recrear una sociedad que fuera capaz de ofrecer algo a sus miembros, pues una sociedad que nada tiene que ofrecerles no es una sociedad. No lo es simple y sencillamente porque es incapaz de asociarlos. Así, surgió una Argentina que buscaba el modo de decir lo que debía ser dicho y construir otra vez un futuro sobre la base del trabajo tesonero e inteligente.
También es cierto que, de algún modo, nadábamos de noche. Y de noche no se sabe si se está de frente o si se está de espaldas, si vamos o volvemos, si nos acercamos al final o estamos próximos al principio. Pero lo importante es que ya no queríamos y ya no queremos los argentinos enterarnos a cuentagotas del resultado fatal de un accidente anunciado. De ahora en más, nos propusimos conocer la ruta y poder corregir los desvíos en su origen antes de que el cataclismo sea irreparable.
María Seoane dice en “Nosotros” que cuando la crisis de 2001 arreció, los argentinos nos lanzamos a representarla en el teatro, la música, la literatura, el cine. El arte, entonces, fue pasión de multitudes: de cientos a miles de argentinos consumíamos productos culturales dando un impulso inusitado a la industria cultural. Esa fue nuestra manera más profunda y simbólica de procesar la crisis y de recuperar, más allá de las evanescentes formas que tomó la expresión política, nuestro sentido de nación .
¿Te parece que sólo con la crisis de 2001 llegamos a entender lo que nos pasaba?
Parafraseando a Ortega y Gasset: durante mucho tiempo la Argentina no sabía lo que le pasaba y eso era lo que le pasaba. El no saberlo, sin embargo, nunca ha sido porque nos falte pensamiento, sino porque la cadena de transmisión entre la reflexión y la acción política y pública ha sido débil o, en ocasiones, inexistente.
Llama la atención, por ejemplo, que en los dos años posteriores a la crisis –quizá los de mayor privación económica que tengamos memoria—, a pesar de que la industria editorial se vio muy afectada se publicaron en la Argentina decenas de libros. Pienso, por ejemplo en el libro de Analía Roffo y Natalio Botana, “La República Vacilante”; “La Diatriba”, de Mempo Giardinelli; “Dolor País”, de Silvia Bleichmar; “Qué país”, de Martín Caparrós; “Argentinos”, de Jorge Lanata.
Y a éstos habría que añadir también los escritos de Javier Auyero, de Pepe Nun, de Eduardo Anguita, de Atilio Borón, de Juán Mauel Abal Medina, de José Pablo Feinmann, de Felipe Pigna, de Sandra Russo, de Beatriz Sarlo, de Ricardo Sidicaro, de Carlos Ulanovsky, y de tantos otros cuya mención sólo es impedida por la limitación de mi memoria momentánea.
Siempre digo que el problema de la Argentina no es que esté sub pensada, sino que está subejecutada. Hay un pensamiento muy elaborado en el país. Somos capaces de reflexionar con mucha agudeza sobre lo que somos y lo que nos pasa. Ahora, también es cierto que la política tiene que leer más.
Tenemos que tener memoria lejana, pero también memoria cercana. Lo que nos pasó hace tres años fue un momento de extrema gravedad. Estamos recuperándonos pero creo que no hay que alentar falsas expectativas.
En todo caso, me parece que tenemos que asumir que ni estamos condenados al éxito, ni estamos condenados al fracaso. Esa es una lectura cínica, cómoda y primitiva de la Argentina. Ni la Argentina es potencia, ni es verdadero el mito del eterno fracaso. No comparto esa sentencia cuasi bíblica que afirma que hagamos lo que hagamos nada cambia en realidad. Lo que hasta ahora nos ha pasado tiene que ver con nosotros, siempre con nosotros. Ni con el imperialismo, ni con la mala suerte ni con la maldición de las leyes cósmicas.
Muchas veces has reflexionado sobre los lastres de nuestra historia. Quisiera que retomes una vez más esos planteamientos de cara a la crisis que vivimos.
Nuestra historia tiene muchos dramas, pero creo que el principal es la fragmentación y la falta de continuidad. Si me pedís que reduzca la explicación a una frase diría que nuestro drama es dar vuelta la página sin terminar de escribir la hoja. Por eso es que nunca enterramos a nadie. Como nunca terminan los procesos, nadie es triunfador o perdedor. Es el mito del eterno retorno. Me parece que hasta que no podamos completar los procesos no vamos a estar en condiciones de pasar a la etapa siguiente.
¿Qué es hoy la Argentina?
Para mí, la Argentina es un país en transición que sufre de tres agonías:
Una es aquélla que propagó el sueño colectivo de la inmigración. La vieja idea de que éramos el mejor país del mundo, que se expresó en frases como “Dios es argentino”, “somos el granero del mundo” o “mientras los argentinos duermen la Argentina crece”. Afortunadamente, hoy cada vez menos personas piensan de ese modo.
Ese falso sueño de grandeza se traducía en creencias culturales altamente nocivas que nos hicieron tristemente célebres en América Latina como “vivos” o “cancheros” y se tradujo en un pensamiento “rentístico” que sólo se ocupaba de los frutos y no del árbol.
Todos esos vicios culturales están cambiando. Yo por lo menos hace mucho tiempo que no veo un individuo que se sienta orgulloso de “hacerse el vivo”, o que se sienta cómodo frente a esa “viveza criolla”, quizá más practicada en el exterior que en el propio país.
Me parece que eso tiene que ver con una reflexión colectiva de que no es tan cierto que seamos el mejor país del mundo, que nuestra grandeza no es inexorable y que por milagro de la naturaleza pródiga no llegaremos a colocarnos en un lugar diferente del que estamos.
La segunda agonía es el subproducto político de la anterior: la materialización de ese sueño de grandeza en el ámbito de la vida pública. Su derivación fue el cesarismo o el providencialismo que caracterizó a los gobiernos democráticos y el autoritarismo propio de los gobiernos de facto. Ello se tradujo en la creencia de que alguien tenía que venir a salvarnos, como si la solución a nuestros problemas fuese individual y no colectiva.
El providencialismo alimentó (y todavía alimenta en algunos sectores) la creencia de que problemas viejos y complejos podían tener soluciones rápidas y sencillas. Reforzado en alguna medida por una Constitución presidencialista, el providencialismo nos hizo preferir personalidades fuertes para conducir el país y volvió preponderante la figura del caudillo.
A mi modo de ver, este vicio también tuvo su correlato en la forma en que se concebía nuestro lugar en el mundo. La idea de las “relaciones carnales” hizo creernos que se podía ser poderoso por contigüidad, como si estar cerca de alguien poderoso nos hiciera poderosos. El planteamiento fue muy perjudicial, porque impregnó todos los estamentos de nuestra vida colectiva.
¿Y cuál es el tercer paradigma agonizante?
El otro paradigma que está muriendo es la legitimidad de los partidos políticos tradicionales o “atrapalotodo”. Hoy el 85 por ciento de nuestros compatriotas está independizado de lealtades de procedencia partidaria.
Ello hace del voto un instrumento sumamente volátil y de la realidad electoral algo poco predecible. Esto no quiere decir que los partidos grandes vayan a desaparecer, pero están obligados a reformarse. Ya no pueden ser lo mismo que eran antes del 19 y 20 de diciembre de 2001.
En términos generales, es posible afirmar que hoy perdura una conciencia cívica que se puede adscribir al radicalismo y una conciencia social que se puede adscribir al peronismo. Pero más allá de esos referentes generales, tanto el aparato radical como el pejotista están sumidos en profundas crisis.
Quienes nos dedicamos a la función pública no podemos ser ingenuos y creer que las cacerolas están bien guardadas porque no es así. Hemos logrado avances muy importantes en los últimos dos años, se han hecho esfuerzos valiosos por colocar nuevamente al Estado, a la política y a la economía al servicio de la sociedad, pero un episodio de indignación colectiva puede poner nuevamente las ollas en la calle.
¿Te parece que no ha terminado la crisis de legitimidad política en nuestro país?
No ha terminado y no va terminar mientras la gente no sienta que la agenda colectiva y la agenda política son las mismas. La situación cambiará cuando los políticos dejen de caminar por un lado y los ciudadanos por otro.
Estoy seguro que podemos lograrlo. Otros países con materiales históricos similares al nuestro lo han hecho. Chile, por ejemplo, ha construido una vida institucional mucho más fuerte que nosotros. Algo similar ha ocurrido con Uruguay y Brasil, naciones que a pesar de sus enormes contrastes han logrado edificar instituciones más sólidas.
Mencionaste tres vicios de nuestra idiosincrasia que a veces parecen más vivos que muertos. ¿Vivimos realmente una transición?
Me parece que sí, estamos dentro de una transición que es tanto económica, como cultural y toca también nuestras alianzas con el exterior. Durante décadas, como resultado de aquellas trazas culturales vinculadas a nuestros sueños de grandeza, Argentina estuvo muchos años mirando los naipes que tenía el rival en lugar de los propios.
Aunque nos referíamos a Buenos Aires como “la París de América” o “el faro cultural del sur”, queríamos comer como en Paris y vestirnos como en Londres. En los últimos años, también quisimos broncearnos como en South Beach.
Teníamos siempre una mirada hacia lo distante en lugar de tenerla en lo contiguo, lo que más se nos parece. Ya hablaremos más del asunto, pero me parece que Argentina está empezando a pensar mucho más en cuáles son sus propias potencialidades, identificarlas, privilegiarlas. Ahora tenemos que mantenerlas a lo largo del tiempo.
Creo que ese fue uno de los “méritos” de la crisis. Hoy uno camina por las calles de Buenos Aires, ve a los chiquitos haciendo malabares en las esquinas y se da cuenta que en nuestras carencias nos parecemos mucho más a Bolivia, Paraguay o Uruguay que a los sitios con los que nos gustaba compararnos. Por eso, creo que tenemos que reconocer nuestra identidad sudamericana.
En 2002, pocos meses después del estallido de diciembre de 2001, participaste en la fundación de GESTA, un partido político. ¿Por qué nace y muere esa fuerza?
En 2001 Había una tremenda crisis de representatividad en el país. Yo había decidido participar activamente en la vida política y electoral porque me pareció que era necesario emprender ese esfuerzo. Estaba ante la disyuntiva de participar en otros partidos, en momentos en que sus integrantes no podían ni salir a la calle, o pensar en la construcción de una nueva fuerza.
GESTA fue una construcción política territorial, una corriente en pos de la Jefatura de Gobierno. Como no teníamos los medios suficientes para darle estructura nacional y recién estábamos empezando, me di a la tarea de caminar por toda la ciudad de Buenos Aires, escuchar a la gente y aprender de sus problemas. Fue una gran experiencia de la cual aprendí muchísimo y llegué a tener un muy buen conocimiento de la ciudad y sus problemas.
Más adelante, sin embargo, me pareció cada vez más que el proyecto del presidente Kirchner satisfacía buena parte de los interrogantes que nos habíamos planteado en aquel momento. Así, me pareció que no era necesario tener un partido propio cuando me sentía identificado con el proyecto kirchnerista.
¿Qué fue lo que te llamó la atención de ese proyecto y cómo fue que te sumaste?
Conozco a Néstor Kirchner desde finales de los ochenta, pero nunca tuvimos mayor relación. Nos encontramos por primera vez en casa del Topo Devoto, viejo amigo mío, en 1987. Alguna vez comí con él y su mujer, pero nunca intimamos. Sólo en mayo de 2002, a instancias de Eduardo Valdés, nos juntamos a tomar un café que se transformó en una charla de más de dos horas.
Mi análisis fue el siguiente: para que toda la efervescencia social que había en ese momento lograra madurar y transformarse en conciencia no debía haber violencia pública. Si ganaba Menem él iba a dar los palos y si ganaba Carrió los palos se los iban a dar a ella. El único tipo que sentí que podía hacer un gobierno sin palos era Kirchner.
En el proyecto que encabezaba Kirchner vi la gran oportunidad de unir un horizonte de ideas y valores con la fuerza política para concretarlo. Dirigentes políticos con buenas intenciones y buenos proyectos hay muchos, pero liderazgos con voluntad de transformación y potencialidad para actuar dentro de circunstancias reales son excepcionales.
Cuando me junté a hablar con él me di cuenta que esa era la persona que podía hacerlo, a pesar de que entonces su intención de voto era muy baja. Yo entonces me había puesto en campaña por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y decidí apoyar a ese candidato abierta y públicamente.
Nunca me arrepentí de tomar esa decisión. Es la primera vez que formo parte de un gobierno que también forma parte de lo que yo siento y pienso. Nunca antes tuve esa sensación, ni durante el gobierno de la Alianza con el que nunca me sentí identificado a pesar de la presencia de Chacho Álvarez.
Creo que nuestro país tuvo mucha suerte a la salida del colapso de 2001 y principios de 2002 porque había muchos caminos abiertos. No hay que olvidarse de cómo en esos meses circuló con total naturalidad un paper colectivo de varios economistas de otros países en el que se recomendaba delegar el gobierno argentino a un comité de crisis conformado por expertos internacionales, tomando el ejemplo de Austria, después de la guerra (lo que implicaba una solución semicolonialista).
Tampoco podemos olvidar cómo otros proponían soluciones mágicas como la dolarización, que varias provincias tenían sus propios signos monetarios y que incluso se presentaban insinuaciones de disgregación territorial…
Cuando empezamos el recorrido con Kirchner nos acompañaban expresamente menos del 10% de los argentinos. Claro que detrás de la “suerte” que tuvimos están la madurez y la sensatez de una sociedad que no estuvo ni está dispuesta a auspiciar soluciones milagrosas ni héroes providenciales. Esa sociedad advirtió que sólo se podía salir del pozo con trabajo, solidaridad y paciencia. Por todo eso es que hoy estamos donde estamos.
Sos un peronista ajeno a la estructura del PJ. En unas cuantas palabras, ¿cómo definís tu propia orientación política?
Yo no puedo ser feliz si no lo son la mayoría de mis conciudadanos. En ese sentido me considero un hombre de la izquierda, si por ésta entendemos un énfasis en la igualdad y la justicia social, como lo entiende Norberto Bobbio. Ahora, no me identifico con la paleoizquierdista. Soy un hombre de izquierda que admira a Jorge Luis Borges (en el 73 era un doble agente: lo leía a escondidas y hablaba mal de él en público).
Ingresé en la política movido por una sensibilidad hacia las injusticias y por una conciencia de la necesidad de reparar la desigualdad social. En nuestro país eso ha sido inseparable del peronismo. Ahora, no creo que en la época en que vivimos --y en este tramo de la historia de nuestro país--, sean las culturas y las identidades de las que venimos las que tracen las fronteras de la política.
Personalmente no estoy afiliado al PJ. Tomé esa decisión hace mucho tiempo y la mantengo. Respeto el intento de muchos peronistas de revitalizar el aparato del Partido Justicialista, pero también percibo que hay formaciones, pensamientos y paradigmas emergentes. En lo personal, prefiero conectarme con lo que viene que con lo que percibo que se va. Creo que hoy, en la Argentina, el Movimiento para la Victoria es sensible a estas realidades y por eso formo parte de él.
Creo que básicamente hay una mayoría social que tiene como punto central de su agenda la recuperación de la movilidad social ascendente que en otros tiempos tuvo nuestro país; que cree en una nación productiva, que premie el trabajo, la formación y la creatividad; que busca un lugar en el mundo, no como “potencia” sino como una patria donde rija la justicia y todos puedan ejercer sus derechos ciudadanos.
¿Te parece que eso lo puede expresar el peronismo de hoy?
Creo que eso es lo que expresa un vasto abanico político-cultural que se reconoce en tradiciones diversas. El “pejotismo”, para llamarlo de alguna manera, es como dirían los norteamericanos, un dead man walking. No así la identidad social propia del peronismo, que está viva. Basta ir a los barrios y hablar con la gente que es peronista, aunque no sea “pejotista”.
De la misma manera que muchas cosas están cambiando, también van a cambiar las articulaciones partidarias aunque se sigan llamando de la misma manera. Me parece que estamos inmersos en un proceso político muy dinámico donde vemos una gran reformulación de contenidos.
¿Pensás que la gente siente hoy que las cosas están cambiando? Hay frustración y escepticismo...
Como ya he dicho, nada que haya ido gestándose intrincadamente y por mucho tiempo puede resolverse sencilla e instantáneamente. No hay que perder de vista que venimos de una desagregación social que sumió al país en el abismo y en el desgobierno. En el 2002 había 70 asambleas populares en las esquinas de Buenos Aires. Una sociedad tan descreída no tiene por qué pensar de un día para el otro que este gobierno dice la verdad.
Estamos hablando de operaciones sociales que se dan en un proceso de ensayo y error, que implican asumir que la Argentina es una construcción colectiva y que los cambios no se dan de la noche a la mañana. Toman tiempo y sólo pueden ser resultado de un arduo trabajo.
A veces yo le decía a mi hermano Marcelo: “no todo triunfo es el mismo triunfo”. Si vos ganás un partido de fútbol pinchándole una pelota al rival o envenenándole el bidón no vas a tener la misma satisfacción por haber ganado el partido. Ahora, si lo ganás de forma noble le estás agregando el valor de que se puede triunfar de forma honesta. El mensaje que das es mucho más importante que el triunfo.
Pareciera como si hubiera que alcanzar el triunfo a cualquier costo y sin un verdadero esfuerzo. En realidad, si uno lo alcanza a cualquier precio y sin el suficiente sacrificio la sociedad se desquicia porque aprende que el atajo es la vía correcta para llegar a cualquier lugar. Me parece que no es así y no debemos permitir que parezca así.
Quienes vivimos la infancia en familias de inmigrantes sabíamos que nuestros abuelos, tíos o parientes tenían la seguridad de que no era lo mismo el que se levantaba más temprano que el que lo hacía más tarde y que tampoco era igual trabajar mucho que trabajar poco.
En mi familia, recuerdo haber escuchado un diálogo en el que un hermano de mi madre le decía al otro: “estoy pensando pedir un crédito al Banco Nación”, y el hermano le contestaba: “no pará, todavía no lo pidas porque no terminé de pagar el mío”... ¡Como si el Banco Nación fuese un ser humano! ¡Teníamos vergüenza de que dos miembros de una misma familia se endeudaran con el mismo acreedor! Todos esos eran valores culturales que habíamos heredado y que, sin embargo, se fueron a pique en los últimos años.
Cuando se desató la crisis, y durante los meses posteriores, leíamos libros y artículos en la prensa en los que –augurando la decadencia- se argumentaba que la idea misma de nación estaba amenazada en la Argentina. En un tono distinto, vos también reflexionaste sobre el tema.
Te preguntabas cuestiones como el significado de la patria reflexionabas sobre cuál es “la tierra de uno”. Y escribiste algo que me pareció muy lindo: “la tierra de uno es el lugar en el que todo tiene que ver con todo”. Me gustaría que hablaras un poco de ese sentimiento, ¿dónde está la esencia de una nación?
Decía que la esencia de una nación consiste en que sus partes sientan que tienen mucho en común, posean una generosa dote indivisa de recuerdos, tengan la voluntad de seguir empleando entre todos esa herencia y sientan el corazón impaciente por alcanzar una idea colectiva de destino.
Si entre los argentinos este bastidor de principios espirituales todavía es vigoroso o está amenazado es un debate complejo. En todo caso, lo que me parece importante entender es porqué el país perdió el rumbo y la confianza en sus propias fuerzas.
Uno de los problema de la Argentina ha sido una visión imperante en sectores dominantes y dirigentes que acuñaron un arribismo que durante décadas sacó provecho de una serie de beneficios por los que hicieron muy pocos sacrificios.
Creo que una particularidad nuestra ha sido atribuirnos talentos que estaban por encima de nuestras obras y fascinarnos siempre por algunos logros a los que otros países han accedido sin interesarnos en cómo los obtuvieron.
Las grandes naciones no llegan a ser tales porque nacen al mismo tiempo en su suelo mil Alessandro Volta, cien J. Robert Oppenheimer, o diez William Henry Gates. Hay un libro muy interesante de David Landes, un catedrático de Harvard, llamado “La riqueza y la pobreza de las naciones”, donde se plantea que las grandes naciones lo son porque han mantenido a lo largo del tiempo un sistema de convicciones, que suelen arrancar del árbol de la moral o de la religión y luego sostener por la abundancia de sus frutos . Es precisamente esa persistencia la que le ha permitido a Bill Gates llegar a ser Bill Gates.
Los países grandes e importantes lo son porque tiene cuatro o cinco ideas virtuosas que van sosteniendo a lo largo de la historia sin demasiadas modificaciones drásticas. Ahí es cuando se ven los resultados. La Argentina en cambio, es –como decía antes-- un país en el que se dan vuelta las páginas sin haber escrito el último renglón.
¿Qué es lo que puede inspirarnos para caminar hacia la conformación de una nación de ese tipo? ¿Por dónde habría que comenzar?
No hay una receta, pero me parece que lo fundamental es que empecemos a planificar a diez, veinte y treinta años y que expliquemos a nuestros conciudadanos que el sacrificio tiene un destino, que es una de las condiciones que exige el duelo para darse por concluido, y que pide el sufrimiento para transformarse en entrega.
Mahatma Gandhi solía hablar de un elenco de siete deslices que generan violencia en el mundo. Me parece que varios de ellos representan mucho de lo que debemos evitar: la política sin principios, el placer sin conciencia, la sabiduría sin carácter, el comercio sin moral, la ciencia sin humanidad, el culto sin sacrificio y la riqueza sin trabajo.
A mi modo de ver, hay que componer en la Argentina una “religión cívica” que convenga a la Nación entera. Necesitamos un discurso y una mística que –sin mesianismos ni providencialismos— sea capaz de inspirarnos colectivamente. Pienso en valores tales como verdad, tolerancia, responsabilidad, caridad, justicia y un gusto por las propias labores donde no se olvide el sentido de belleza de la vida. Para ello, algunos mitos deben ser superados porque son la herencia cultural que permitió lo que culminó en diciembre de 2001.
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AL FILO DE LA REALIDAD
Del mundo que nos tocó vivir
“La única manera de ser provechosamente nacional
es sentirse orgullosamente universal”.
Alfonso Reyes
Antes de empezar a hablar de los temas que hacen a la política exterior argentina quiero pedirte una reflexión sobre el mundo de hoy. Comencemos por el tema obligado: la globalización. ¿Cómo definir y entender el proceso que estamos viviendo?
Creo que la nota más característica del mundo actual es el ritmo vertiginoso que están tomando los cambios. El mundo antiguo, en la época de Plutarco, era aún lo suficientemente homogéneo como para que el biógrafo griego pudiera alzar cincuenta años más tarde una imagen de César casi con la misma materia de César . Nada de eso ocurre hoy. En tan sólo una década la obsolescencia de los instrumentos culturales es brutal.
En 1988, por ejemplo, Mitterrand le preguntó delicadamente a Gorbachov en Moscú si no estaría “un poco dispuesto” a considerar la unificación de Alemania. “Pensaré en eso dentro de cien años”, fue su contestación. Al año siguiente de aquélla charla, no había Muro y poco tiempo después desaparecía la Unión Soviética . La respuesta de Gorbachov es sintomática de los tiempos en que vivimos, de la forma en que hoy se comporta la Historia.
Algo similar ocurre en el caso de la globalización. La magnitud de los fenómenos que estamos viviendo es tan grande que todavía no hemos sido capaces de dimensionarlos por completo. En su más reciente obra sobre el siglo XX, Eric Hobsbawm plantea que la característica más destacada de la última fase del siglo que terminó fue la incapacidad de las instituciones públicas y del comportamiento colectivo de los seres humanos para estar a la altura de ese proceso .
Ese proceso irreversible, al que se refiere el historiador inglés, se caracteriza por una permanente innovación y por un acelerado avance tecnológico. Hasta ahora, ha estado marcada fundamentalmente por una tendencia creciente hacia la integración de las economías por medio del comercio y los flujos financieros. Como sabemos, esta situación, aunque irradia esperanza y progreso entre quienes están más preparados para aprovechar sus oportunidades, ha generado atraso y miseria en quienes no lo están.
Por otro lado, no se puede ignorar la significación que adquiere el terrorismo en un contexto mundializado. Cuando se intenta explicar la matanza del 7 – J en Londres, se enfrentan dos teorías: por un lado, que los ataques no se deben a lo que hace Occidente sino a lo que son los occidentales. Por el otro, que las víctimas pagan el precio de las incursiones de Blair a Irak y a Afganistán.
Creo que ambas hipótesis son reduccionistas y parcialmente erróneas. Por ello, sólo suscitan más indignación que material para la reflexión. Lo que es indudable, y debe colocarse lejos de las visiones extremas, es que Occidente y el Islam dan una idea que encuentra en la Edad Media un término de comparación. El abordaje castrense, la limitación a las libertades civiles o el blindaje de las fronteras parecen soluciones o intentos de solución más ineficaces que el diálogo y la cooperación entre comunidades.
¿Qué actitud es razonable tomar frente al fenómeno de la globalización?
Suele haber dos visiones encontradas, ninguna de las cuales comparto: de un lado están los sectores que pugnan por una apertura indiscriminada y expresan un elogio acrítico. El problema con esa visión es el beneplácito con el que observa el debilitamiento de la política y la forma en que celebra la ausencia de interferencias en el mercado.
Del otro lado está la visión alentada por algunos de los movimientos antiglobalizadores que satanizan el fenómeno. El inconveniente de esa perspectiva es que hace un juicio excesivamente ideológico y condena una realidad tan evidente como la propia ley de la gravedad.
No tiene sentido adscribir ninguna de estas posturas porque ninguna alcanza a distinguir --privándose con ello de incidir-- en los mecanismos concretos y los matices a través de los cuales opera un fenómeno de tal complejidad. Ni el optimismo desmedido ni el pesimismo paralizante son útiles.
Ahora, también hay que entender que la globalización es mucho más que un fenómeno económico. Lo que pasa es que se ha propagado una concepción limitada --impulsada por ciertos sectores financieros y sus usinas discursivas--, que utilizan los trajes que dicta la moda de lo que ellos creen o prefieren creer que es la globalización. Se trata de un fenómeno mucho más amplio y complejo que la sola cuestión financiera.
¿Cómo deberíamos concebir entonces la globalización?
Me gusta pensar en la globalización como el concierto que debe primar entre lo singular y lo universal expresado en la idea de “localidad global”. Formar parte de la aldea global es asistir a un concierto en el que cada uno de nosotros aprende a tocar un instrumento y hace música con los demás.
Globalizarnos es asumir de una vez por todas que tenemos un solo planeta y que todos somos responsables de su destino. Globalizarnos es globalizar el papel de la sociedad civil, de la democracia, de los derechos humanos, del medio ambiente, y –para no salirme del guión que tiñe la agenda actual - del necesario combate al terrorismo, pero hay que aclarar: no sólo a sus efectos, sino también a sus causas. Y, como lo he dicho anteriormente, de la reflexión colectiva respecto de su verdadera etiología y de sus remedios.
Yo entiendo la globalización como un nuevo estadio histórico, capaz de generar una amplia gama de oportunidades para los países que navegan en ella sin renunciar a su propio futuro, para quienes se esfuercen por lograr una disminución de las asimetrías nacionales, tanto a partir de la integración regional como de la cooperación multilateral. De todos depende aprender a utilizar la globalización como una herramienta en beneficio de la sociedad y no permitirle evolucionar a expensas de ésta.
En el caso específico de América Latina hace falta un análisis de lo que ha generado la apertura económica y las reformas estructurales. Sabemos que el saldo es trágico en varios lados, que la brecha de la desigualdad se ha ampliado en la mayor parte de nuestros países y que ha arrojado a millones de seres humanos a la pobreza y la indigencia. ¿Cómo podemos avanzar hacia una globalización más equilibrada?
La pregunta tiene varias respuestas, pero me quiero centrar en una que me parece esencial. En vez de entregarnos al fenómeno de la globalización y permitir que lo ajeno moldee la realidad sin nuestro consentimiento y nuestro arbitrio, hay que asumir una actitud proactiva. Para ello, necesitamos construir las instituciones y las reglas que permitan gobernar el fenómeno global. Una de las principales herramientas para lograrlo es la construcción de estados - región.
El regionalismo es una respuesta positiva ante la globalización porque implica una dirección de las fuerzas políticas para fortalecer alguna forma de soberanía de los estados dentro de un ámbito regional. Regionalizarnos es asumir una respuesta política a la globalización en tanto nos permite utilizar la voluntad para definir el tipo de integración que queremos. Eso es mucho mejor que permitir que todo sea conducido por las fuerzas invisibles del mercado, que nunca son tan invisibles, pero indudablemente son fuertes. Por todo eso es que soy un convencido de que el camino correcto hacia la globalización pasa por la regionalización.
¿Cómo interpreta este Canciller los escenarios por los que hoy transita el mundo?
En el mundo actual existen dos lógicas contrapuestas. Una es la lógica del unilateralismo, de una potencia estatal proyectada a escala planetaria, donde se redacta el diccionario único de la justicia infinita, los daños colaterales o la guerra preventiva. Otra lógica es la de la cooperación, el multilateralismo y la prevalencia de instituciones supranacionales.
La Argentina no tiene posibilidad de adherirse al unilateralismo. Una vieja frase jesuita dice: “en los sistemas de libertad perfecta siempre el fuerte somete al débil”. Los débiles sólo pueden salvarse en los sistemas que están normados por el derecho. A eso es a lo que hay que apostar.
Claramente, la única protección para los países débiles es el derecho. El multilateralismo significa fortalecer a las Naciones Unidas y abocarse de forma decidida a la construcción de los procesos de integración regional. Cualquiera que piense que tenemos otra alternativa en el largo plazo se equivoca. Argentina desaparecerá si no apuesta al multilateralismo por oposición al alineamiento sin reparos.
Hoy es evidente la diferencia entre quién es más poderoso respecto de quién lo es menos. Para resolverlo es necesario generar sectores de poder e instituciones capaces de contrapesar al poder unilateral. Hasta ahora no se ha inventado, para ello, nada mejor que Naciones Unidas.
La idea se asemeja un poco a aquello que decía Winston Churchill sobre la democracia. ¿Te acordás? Churchill decía: “Se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de aquéllas otras formas que se han probado de tanto en tanto”. La democracia como el mejor de los malos sistemas; creo que de Naciones Unidas se podría decir algo parecido.
La agenda internacional está hoy mayoritariamente influenciada por la seguridad y el combate al terrorismo. ¿Cuál es la posición del gobierno frente al tema?
Los ataques que procuran causar terror no son nuevos en la historia. Basta recordar que la muerte del duque de Sarajevo --que desencadenó la Primera Guerra Mundial-- también fue un acto de terrorismo. Episodios semejantes han existido desde hace mucho tiempo. Se trata de un flagelo de muchos años con el que deberemos convivir varios años más.
Las formas de integrismo religioso y de reivindicación de la fe presagian una lucha muy difícil, pero es un hecho que las soluciones unilaterales no son el mejor remedio para combatir el terrorismo y alcanzar la seguridad internacional. Si uno compara el mundo anterior al 11 de septiembre con el actual, es claro que hoy todos tenemos una mayor sensación de inseguridad. De modo que ahí se abre un debate extremadamente interesante e imprescindible acerca de la necesidad de combatir el terrorismo desde el multilateralismo y el respeto irrestricto a la legalidad internacional.
¿Te parece que la Argentina debe participar de la agenda internacional de combate al terrorismo que hoy impera?
Para nosotros el terrorismo y la seguridad sof temas de alta sensibilidad, frente a los que pretendemos mantener el margen de autonomía y soberanía al que tenemos derecho. Por eso estamos decididos a prevenir el terrorismo, tomar recaedos y buscar su condena internaciolal desde una lógica no castrense.
Es muy importante que logremos una articulación de los problemas de la agenda mundial para propiciar una lucha contra dl terrorismo y por la seguridad$ sobbe la base de afrontar puntos sensibles de la re`lidad mundial como las guerras regionales, el hambre, la iniquidad en las relaciones comerciales, así como las migraciones masivas, que son fuentes del resentimiento y del odio que en parte alimenta al terrorismo.
Y digo “en parte” porque si bien siempre es más fácil condenar que comprender --y particularmente en las inmediaciones de las tragedias--, en el razonamiento también debe estar incorporado, por ejemplo, que tanto Naveed Akhtar, el primer detenido británico del atentado, y Shehzad Tanweer, el terrorista suicida de 22 años que se voló en la estación de Aldgate, eran descritos por sus vecinos como “solidarios, cálidos, y fraternales”...
Nadie los imaginaba cometiendo la atrocidad que cometieron. ¿Por qué el Islam radical transforma a jóvenes como Naveed y Shehzad? Se trata de una cuestión sobre la que habrá que volver una y otra vez. Así, no debemos ignorar el componente militar de la cuestión, pero hay que rechazar un reduccionismo militar-policíaco cuando se trata de abordar el problema del terrorismo.
Estamos obligados a mantener una posición activa y jamás de indiferencia frente a este problema. Después de todo, no es un asunto ajeno a nosotros. También en la Argentina padecimos episodios similares al 11 de septiembre durante 1992 y 1994, cuando se produjeron los brutales atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA en Buenos Aires.
Allí murieron, sin preverlo ni entenderlo, muchos trabajadores, comerciantes y niños. Podríamos decir, como Soren Kierkegaard, que en nuestros pechos anidó una opresión, un temor que adivinó un terremoto. Por eso digo que rechazamos el terrorismo no sólo porque conocemos en carne propia su enorme poder de daño, sino, ante todo, porque repugna a nuestros valores centrales a favor de la paz y la tolerancia.
¿Qué ocurre hoy con las instituciones internacionales?
La institucionalidad internacional atraviesa una profunda crisis. No sólo está en crisis Naciones Unidas, tanto como lo está la institucionalidad financiera, el FMI, el BID y el BM. También está en crisis la OTAN, junto con todas las estructuras que nacieron después de la Segunda Guerra Mundial. El mundo ha cambiado mucho. Ciertamente, después del 11 de septiembre vivimos en planeta más inclemente y propenso a la barbarie. La irracionalidad que ocasiona el uso de la fuerza no parece ser la opción para cambiar esa realidad.
Para enfrentar el hambre, la miseria en que viven millones de seres humanos, la violencia, las grandes epidemias; el acelerado deterioro ambiental y tantos otras tragedias de la vida cotidiana, necesitamos soluciones de alcance global, que sólo son plausibles dentro de un sistema internacional sólido y fundado en el Derecho.
¿Qué tipo de reforma a las Naciones Unidas defiende el gobierno argentino?
Estamos comprometidos con una reforma integral del Sistema. La discusión no puede limitarse al número de asientos que ha de componer el Consejo de Seguridad. El debate debe abordar la necesidad de emprender una auténtica reforma que permita un funcionamiento más eficaz. Naciones Unidas necesita urgentemente una reforma que afiance el principio de la acción colectiva para evitar el peligro de un retroceso definitivo al unilateralismo.
La reforma debe orientarse sobre una lógica democrática. Tradicionalmente, nuestro país ha rechazado la inclusión de nuevos miembros permanentes y con derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Por ello, no defendemos la creación de nuevas bancas con ese carácter, aún cuando quienes aspiran a las mismas sean aliados estratégicos o socios que mucho apreciamos. Nuestra posición se basa en que eso es contrario al principio de igualdad soberana entre los Estados y sólo conduciría a una mayor concentración en la toma de decisiones. Dantón y Robespierre no protagonizan la Revolución Francesa para convertirse en nobles, sino para limitar los abusos de la nobleza.
En todo caso, el incremento en el número de miembros debe tener lugar en la categoría de los no permanentes por medio de un criterio regionalista, aún cuando ello obligue a reformar la Carta. Argentina quiere instituciones internacionales en las que existan más votos y menos vetos. Por eso nos parece que la reforma debe brindar a la Asamblea General --principal foro deliberativo y político de la comunidad internacional--, la posibilidad de incidir en los principales temas de la agenda internacional.
¿Hay realmente posibilidades para reformar la institucionalidad internacional? La supremacía de una potencia mundial parecería hoy más evidente que nunca. El acuerdo entre los diversos bloques regionales es muy complicado...
Creo que hay cosas que ya están empezando a cambiar, aunque sea como producto de una discusión sobre la incorporación de nuevos países a los órganos de decisión y la gestación de una nueva distribución de poder. Hay naciones que están comenzando a pensar distinto y otras que están generando pensamientos alternativos al de un poder estatal proyectado a escala planetaria.
Mi percepción es que estamos en uno de esos momentos de la Historia en que se suscitan remezones que todavía no logran un pensamiento suficientemente fuerte para generar cambios, pero es un hecho que ya se están gestando aunque no sean del todo visibles
Lo que sucede es que la realidad que hoy vivimos no es tan simple. ¿Quién iba a imaginar, por ejemplo, que el primer aniversario de la caída de Sadam Hussein sería celebrado en Bagdad con una gran manifestación... antinorteamericana? Hoy no es posible comprender la realidad a partir de las categorías de siempre. La naturaleza detesta el vacío y el pensamiento también. Por eso tienen que aparecer nuevas categorías y nuevas formas de entender el mundo. Esa es una pelea en el terreno de las ideas en la que Argentina tiene cosas para decir.
Al hablar de nuevas categorías, ¿pensás también en las políticas e ideológicas? ¿Qué hay de las antinomias izquierda vs. derecha, progresismo vs. conservadurismo? Te he escuchado decir otras veces que ya no son categorías a partir de las cuales se pueda entender el mundo....
En efecto, me parece que se han convertido en categorías obsoletas. Hoy no se puede mirar el mundo en esos términos porque el mundo de hoy es mucho más complejo como para pretender interpretarlo desde esos paradigmas bajo los que corrieron ríos de sangre. Se mató a centenares de miles de individuos en su nombre.
Sin embargo, hay que aceptar que en muchos casos también nos dieron una gran comodidad porque permitían entender al mundo con cierta facilidad. Antes eras pro-soviético, pro-yanqui o pro-chino. Aunque me considero un hombre de izquierda, me parece que hoy el mundo no puede entenderse sólo a partir de categorías de ese tipo.
Veamos el caso de China. ¿Qué es China hoy? Políticamente es comunista, pero económicamente es capitalista: posee 470 mil millones de dólares en el Banco Central y una balanza comercial superavitaria con Estados Unidos de 121 mil millones de dólares. ¿Cómo categorizamos a un país así? Antes que categorizar, tenemos que entender a China a partir de nuevos paradigmas de pensamiento.
Dice Norberto Bobbio que hoy persiste una diferencia fundamental entre izquierda y derecha, la cual radica en el énfasis que se da a la igualdad. En una región como es América Latina, la más desigual del mundo, ¿te parece que esas diferencias son menores?
Las categorías con las que se engloba ideológicamente a un sector de la población son útiles o inútiles en la medida en que permiten operar sobre la realidad. Un campesino de El Alto, en Bolivia, ¿es de izquierda o de derecha? Lo más posible es que no sea ni una cosa ni la otra. ¡Seguramente es anarquista!
Si uno analiza las sociedades africanas que han sido devastadas por guerras tribales, políticas y étnicas, ¿importa saber si son de izquierda o de derecha? No, lo que importa es explicar con los problemas que padecen a partir de nuevas categorizaciones.
¿En qué se diferencia esa postura del fin de las ideologías que planteaba Francis Fukuyama?
Fukuyama planteaba el fin de las ideologías porque decía que el capitalismo y el libre mercado se habían impuesto y, por lo tanto, ya no había disputa ni debate posible. Lo que estoy diciendo yo es que las categorías de izquierda y derecha ya no bastan para explicar el mundo porque no son capaces de abarcar realidades sumamente complejas.
En el prólogo de las “Memorias de ultratumba” de Chateubriand, Arturo Ramoneda dice que se ha afirmado con frecuencia que la inquietud, el malestar y la desesperanza que se observan en la literatura de comienzos del siglo XIX tuvieron su origen en la Revolución Francesa y en las guerras napoleónicas.
Y cita a Alfred de Musset, quien en “La confesión de un hijo del siglo” escribe: “La enfermedad toda del presente siglo proviene de dos causas: el pueblo que ha pasado por 1783 y por 1815 lleva dos heridas en el corazón. Todo cuanto existía ya no existe, lo que existirá no ha llegado aún”.
Hoy podemos encontrar las falsificaciones que hacen que la historia de Heliogábalo escrita por Lampridio parezca un cuento de las “Mil y una noches” porque poseemos un conocimiento más acabado de las costumbres orientales y, en consecuencia, podemos entender aquello contra lo cual el cronista despotricaba por no haberlo entendido, lo que lo llevaba a la condena. Sin embargo, nos resulta más difícil distinguir qué es lo que fraguan o corrompen los cronistas de época porque somos hombres de ella .
¿Se puede afirmar que el marxismo sigue teniendo utilidad para explicar la realidad? En ciertas cuestiones pareciera ser casi profético...
Cuando uno tiene pasión por el conocimiento sirve la filosofía de Anaxágoras, sirven las “Décadas” de Tito Livio -“Ab urbe condita libri CXLII”-, sirven los trabajos de Harpo, Groucho, Zappo y Chico Marx (los hermanos) y, desde ya, como no, la obra monumental de Karl Marx. Jamás le aconsejaría a un estudioso que necesite un andamiaje teórico no leerlo. Esto no lo digo yo, lo reconoció incluso Juan Pablo II. Ahora, una cosa es la reflexión teórica y otra es el dogma normativo.
4
UN LUGAR EN EL MUNDO
De los dilemas de la política exterior argentina
Cuanto más puro sea el sacrificio
más veloz será el progreso”.
Mahatma Gandhi
Este gobierno se planteó una línea de política exterior muy distinta a la que se venía ejerciendo en la Argentina durante los años previos. ¿Cuáles fueron los rasgos que definieron esa política en el pasado y cuáles te parece que fueron sus mayores debilidades?
Cuando se mira a vuelo de pájaro lo que ha sido la política exterior argentina históricamente y, en particular, en las últimas tres décadas, se la puede calificar esencialmente como difícil de prever, producto en buena medida de sus bruscos virajes
Durante los últimos treinta años pasamos de la activa militancia en el Movimiento de los no alineados a la adhesión incondicional a la doctrina de seguridad nacional; pasamos también de la intervención contrainsurgente en América Central --en sintonía con la orientación del gobierno de Reagan--, a la guerra en el Atlántico Sur contra Inglaterra, apoyada por los Estados Unidos. De igual modo, pasamos de promover iniciativas de paz en América Central, en los albores de la democracia, al alineamiento automático con los Estados Unidos en los años noventa.
Creo que en buena medida esa dificultad que hemos tenido para ser previsibles se deriva de ese síntoma al que hice referencia antes: de haber creído que estar cerca de los poderosos nos haría poderosos, como si el poder se obtuviera por contigüidad.
En esa lógica, nuestra diplomacia acató agendas que no eran nuestras y en cuya elaboración, naturalmente, tampoco teníamos participación. Se privilegiaron dogmas con validez para realidades distintas y se apostó más a la adhesión incondicional que a la elaboración propia y a la colaboración constructiva.
Al igual que nuestra fracturada vida institucional y democrática, la política exterior argentina se caracterizó más por sus rupturas que por sus continuidades. En un país habituado a dar vuelta a la página sin que esté escrito el último renglón, la política exterior dejó atrás credos como si se tratase de malos hábitos.
¿De qué forma podemos evitar esos cambios intempestivos en la política exterior argentina?
Tenemos que fortalecer filamentos de referencia que hasta ahora han sido demasiado tenues. Para pensarnos en relación con los demás, necesitamos habernos pensado antes a nosotros mismos. Hay que concebir la política exterior como un juego de espejos. A mi modo de ver, una diplomacia congruente debe promover, en el plano internacional, los mismos valores de democracia, igualdad, libertad, justicia social y participación que se buscan en el plano interno.
Por mencionar algunos ejemplos: al afianzamiento y modernización de las instituciones democráticas nacionales debe corresponder el fortalecimiento y actualización crítica de los organismos internacionales; al principio de la igualdad que queremos entre los ciudadanos, el que queremos que exista entre los Estados; al objetivo de lograr mayores niveles de bienestar y equidad social, el derecho de acceder a los mercados internacionales sin competencia desleal.
En la charla anterior hablábamos de los grandes desequilibrios de poder que existen en el mundo actual. ¿Qué lógica se debe plantear la Argentina en un contexto así?
Sería suicida que la Argentina adscribiera una lógica distinta a la del multilateralismo y la preeminencia del derecho internacional general. Claramente, nuestra política exterior debe contribuir, desde lo asequible, a resolver esa situación. La opción para ello es generar polos de fuerza e instituciones capaces de contrarrestar el unilateralismo inconsulto. Creo que este gobierno ha buscado hacerlo, ha contribuido a las iniciativas políticas orientadas a fortalecer el papel de las Naciones Unidas y ha pugnado porque sus resoluciones efectivamente se cumplan.
En líneas generales, durante estos dos años y algunos meses más de gestión hemos procurado desplegar una política exterior activa dentro de los márgenes de autodeterminación que permite el mundo actual y ocupar, con una postura propia -discreta pero sólida; prudente, pero profesional-, todas las sillas disponibles en el concierto internacional.
En ese concierto queremos bailar al son de los intereses de nuestro país. Ello no implica defender posiciones intransigentes de un nacionalismo ramplón y redivivo. No alentamos posturas de ese tipo. Sabemos que en este mundo lo único permanente es el cambio y que, en ese contexto, la actitud menos favorable es la rigidez.
Quisiera que hablaras un poco del modelo de inserción que busca privilegiar el gobierno argentino en esta nueva etapa de nuestra historia. Los noventa generaron, en nombre de la apertura económica, un polo de riqueza y poder concentrado y una creciente franja de pobreza y exclusión...
Para mí la gran contradicción del “modelo noventista” fue que, a pesar de haberse desarrollado en nombre de la “apertura económica al mundo”, concluyó con el más grave aislamiento internacional de la Argentina, después del colapso de la convertibilidad y la declaración de cesación de pagos.
El fracaso de ese modelo podría abrir paso a otro concepto –equivocado a mi modo de ver- de relación con el mundo: el aislamiento. La pretendida idea de que es posible crecer exclusivamente a partir del mercado interno; el considerar al mundo como amenaza y a los procesos de integración regional como una claudicación a nuestra soberanía.
Ese falso camino nos llevaría a un futuro de privaciones aún mayores, porque descartaría las excelentes oportunidades que nuestro país puede aprovechar en una relación madura y digna con el resto del mundo, habida cuenta de algunas de las características actuales en el plano internacional que, sin ser consecuencia de acciones planificadas de la Argentina –porque la exceden— sin lugar a dudas la favorecen.
Hoy no se puede avanzar sobre la base de esfuerzos exclusivamente nacionales. El mundo de las autarquías cerradas de los estados nacionales pertenece al pasado. El mundo de hoy es el de las interdependencias crecientes, de la demanda instantánea y el desafío de formular ofertas rápidas; de la fluidez del intercambio de bienes y mercancías, del vértigo en la circulación del capital financiero y de la repercusión inmediata a escala global de cada acontecimiento.
La agenda internacional de este gobierno es ambiciosa y vasta. Sin embargo, también es cierto que esta administración heredó una deuda enorme y tuvo que enfrentar una negociación muy complicada durante sus dos primeros años. Parecería que ningún tema ha sido tan importante como éste en el ámbito de nuestras relaciones exteriores. ¿Cuál ha sido la postura del gobierno argentino y qué trato le ha dado al tema?
Mirá, a nadie le gusta ser deudor. A nadie le agrada que lo llamen moroso. Esa postal que recorrió el mundo donde una Asamblea Legislativa aplaudía el default fue vergonzosa, tanto como el hecho de que funcionarios argentinos --en connivencia con otros funcionarios internacionales--, permitieran que la Argentina se endeudara en una vez y media la suma total de su Producto Interno Bruto.
Como funcionarios públicos al servicio de nuestro país, sin embargo, tuvimos la obligación de aceptar que el Estado contrajo una deuda y que nuestra obligación era y es honrarla en las condiciones que fuesen compatibles con nuestro proceso de recuperación nacional. Lo que planteamos desde el principio es que el pago de la deuda debía ser armonizado con nuestra enorme deuda social.
Los organismos internacionales y los acreedores pretendían que el país se sobre comprometiera. Tuvimos que explicarles que no convenía a nadie revivir las jornadas de diciembre o dar un paso en falso que, a la larga, no nos permitiría seguir pagando.
Durante estos dos años el presidente Kirchner y el ministro Lavagna mantuvieron una postura de firmeza ejemplar. No fue necedad o intransigencia, como quisieron exhibirlo algunos medios de comunicación. La actitud de este gobierno no fue arrogante, sino realista. Es la actitud de alguien que desea ver poco a sus acreedores porque está cumpliendo con sus compromisos.
El gobierno hizo una oferta cuya virtud es sincerar lo que el país está en condiciones de cumplir. Explicamos que la capacidad de pago externo del país tiene que estar directamente vinculada con la de pago interno y con el pago de su deuda social. Proponernos más habría implicado abortar nuestro incipiente crecimiento y recortar un gasto social del que no podemos prescindir.
Nuestra posición en esa negociación no fue dogmática, sino pragmática: se orientó a la restitución de la ley de gravedad en un país donde renegamos de Newton a través de la Ley de Convertibilidad pensando que era posible prorrogar la situación eternamente. Creo que finalmente logramos convencer a los acreedores de que nuestra posición era razonable y alcanzamos una negociación que nos va a permitir salir a flote.
Hablaremos de los detalles en una charla posterior. Por ahora quisiera retomar la consideración que planteaba antes: ¿te parece que hay espacios para impulsar una agenda de política exterior propia considerando que la deuda es el tema que define mayoritariamente nuestra relación con el mundo?
Me viene a la mente un artículo que publicó Alan Touraine hace dos años en El País en el que argumentaba que Argentina apenas tenía capacidad nacional de decisión. ¿Tenemos o no tenemos esa capacidad?
Creo que sí tenemos capacidad de decisión. Me parece que eso tiene que ver con un tema que hablamos en la primara charla: el de la convicción. Durante la década de los ochenta, la Argentina compró tiempo a cambio de emisión monetaria y eso terminó en una hiperinflación.
En la década de noventa, se compró tiempo a cambio de endeudamiento. Finalmente, Kirchner decidió –por una cuestión de convicción-- dejar de comprar tiempo y cambiar el paradigma.
Fue así como el gobierno ofreció honrar la deuda en un 25%. Al principio eso generó un escándalo. Había quienes decían que nunca antes un país en default había reducido su oferta de forma semejante y que la negociación terminaría en un caos.
Sin embargo no fue así. Desmintiendo a Touraine y a muchos otros, entraron al Canje más del 76% de los acreedores. En esto la convicción fue central, tanto como la persistencia y la paciencia. Creo que esos tres valores son muy importantes para la Argentina y representan una gran lección.
El mundo de hoy se caracteriza por la existencia de un capital internacional que pareciera ser el que realmente decide los rumbos más importantes. Los márgenes de autodeterminación nacional –como decías antes- son muy estrechos. ¿Cómo se percibe eso desde el lugar en el que estás?
Este no es un problema nuevo. Ya Perón había planteado, en el Consejo Nacional de Posguerra a comienzos de los cincuenta, que un país como la Argentina tenía un espacio de autodeterminación limitado. Si eso ocurría en un mundo bipolar de aquéllas características, creo que sus reflexiones también son válidas hoy, incluso con mejores razones.
A pesar de que esta situación nos coloca en un plano desfavorable, no creo que la solución sea abdicar de la política como se llegó a pensar en los noventa, creyendo ingenuamente que todos los problemas podían tener una solución meramente económica. Tenemos que hacer un esfuerzo permanente por ampliar los márgenes de maniobra a través de alianzas, políticas y alineamientos con tradiciones de política exterior que coincidan con las nuestras.
Hoy el conocimiento se duplica cada cuatro años. En 1750, la producción de conocimiento universal se duplicó por primera vez y, al comenzar el siglo pasado, se duplicó por segunda. Promediando el fin de la Segunda Guerra Mundial volvió a duplicarse. Los especialistas afirman que, en lo simbólico, con el fin de la Guerra fría en 1989, se registra una vez más ese fenómeno.
Allí comienza, metafóricamente, un “mundo único” o la idea de un mundo con menos polaridades. En otros términos, el conocimiento que se produce en cada uno de los lados, pasa a estar interconectado entre el Occidente y el Oriente, entre el Norte y el Sur. Se estima es que en 2007 el conocimiento puede volver a duplicarse y que, de ahí en más, lo hará cada cinco o diez años hasta que pase a tener otra lógica en la historia de la humanidad.
En los Estados Unidos se afirma que la producción en Internet al interior del país se duplica cada 100 días. Estamos hablando de facetas de la globalización que suponen rupturas. Fracturas entre la ciencia y la tecnología a raíz de la ética en la investigación. Fracturas entre la ética y la justicia social, por un lado, y el uso de la información por el otro; fracturas entre el Estado y el pueblo.
A partir de los noventa, el Estado --marcadamente en nuestro país--, fue dejando de expresar al pueblo, y pasó a exhibir una estructura funcional al neoliberalismo y a las empresas que decidieron jugar ese juego con esas reglas . Naturalmente, esto representa un desafío permanente para un país que no marca el paso y tiene que buscar la forma de marchar al ritmo que van delineando los otros.
No puede dejar de señalarse, por lo que respecta a nuestro país, que la concepción del Estado de los noventa (el “Estado imprescindible”, el “Estado mínimo”, el “Estado bobo”, o como se lo quisiera llamar) fue absolutamente funcional al robustecimiento del denominado “aparato”, un conjunto de piezas y dispositivos de la política aborigen que, en lugar de tener como objetivo el bienestar general, fue pensado unitariamente con la finalidad práctica de perpetuarse en el poder .
Pero este gobierno quiere marcar una pauta distinta. ¿Cómo definirías, en palabras muy simples la marca esencial de la actual administración en materia de política exterior?
La marca esencial está dada por ser previsibles con dignidad en el escenario internacional. Hemos querido que cuando el mundo se dé vuelta a buscarnos en el sitio donde anunciamos que estaríamos, efectivamente nos encuentre allí.
En el pasado, el gran problema de la diplomacia argentina era que decíamos a nuestros interlocutores lo que creíamos que querían escuchar, aunque no supiéramos si podríamos honrar esa palabra o después hiciéramos cualquier otra cosa. Me parece que esa política de sobreactuación, esa búsqueda del atajo a cualquier costo, es parte de lo que nos llevó a la hecatombe. No queremos ni podemos continuar de ese modo.
Da la impresión de que la política exterior de este gobierno busca explícitamente ser osada. ¿De qué forma entiende el ejercicio de la diplomacia este Canciller?
Entiendo la diplomacia como una forma de firmeza en la prudencia, como claridad en la complejidad y como coherencia en la diversidad. Por eso trato de decir las cosas como creo que son y como hay que decirlas. Sé que eso no va a satisfacer a todos por igual y que algunos no van a estar de acuerdo, pero, a diferencia de lo que se hacía en el pasado, hoy tratamos de ser previsibles y de que el mundo sepa dónde ubicarnos.
Por lo demás, te puedo decir que si algo caracteriza a nuestro equipo de trabajo es que no perdemos el tiempo de reuniones en circunloquios. Las cosas se plantean con claridad y vamos directo al grano. Tratamos de actuar de la misma forma afuera del país.
Este gobierno anunció el fin del llamado “alineamiento automático” que marcó la relación con algunos de los países más poderosos del mundo. ¿Qué crítica se puede hacer a esa forma de concebir nuestras relaciones internacionales?
Yo siempre sentí una enorme vergüenza frente a metáforas como las “relaciones carnales” con Estados Unidos, la “política de seducción a los habitantes de las islas Malvinas” o el “alineamiento automático”. Esas expresiones me resultaron siempre indignas.
No hay nada más antidemocrático que un “alineamiento automático”. Si automáticamente estamos donde está el otro, significa que no hemos consensuado, ni reconocido ni respetado la palabra de los propios y que hemos pensado sólo en la conveniencia de lo ajeno.
Debemos hacernos cargo de que, dentro de las prioridades de la política exterior del país militarmente más poderoso del planeta, ocupamos un lugar subalterno, aunque también advertir que –si aprovechamos adecuadamente esta circunstancia — ello puede ser favorable al país, como lo expresé anteriormente.
Concepciones livianas como la supuesta “reincorporación al primer mundo” debilitaron nuestra identidad nacional y nos situaron de cara a las relaciones internacionales de manera inmadura.
¿Qué tipo de relación hemos alcanzado en estos dos años con Estados Unidos?
Una relación seria y madura. Hemos logrado llevarnos bien teniendo coincidencias y diferencias, lo que implica construir las coincidencias y administrar las diferencias. Planteamos nuestras discrepancias con mucha sinceridad y hemos mantenido nuestros oídos receptivos. Como ciudadano –ya ni siquiera como miembro del gabinete- me siento mucho más cómodo con una política como la que estamos llevando. La relación concupiscente me parecía degradante.
Estoy convencido de que es posible tener relaciones previsibles e independientes con Estados Unidos. Ello no implica recurrir a la falsa provocación, al enojo o a la retórica. No queremos ser bullangueros ni ruidosos. Siempre he preferido soñar en una patria firme, consistente y convencida que negocie con una posición de dignidad y mantenga sus posturas.
Es importante decir que este gobierno ni en materia comercial ni en asuntos políticos ha reemplazado el alineamiento automático por la oposición automática a los Estados Unidos. Estamos convencidos de que una cosa es discutir y enfrentar concretamente posiciones imperiales perjudiciales al país y otra es plantear una posición ideológica de colegio secundario o permanecer en un antiimperialismo retórico y paralizante.
Estados Unidos es uno de los principales países a los que se destinan nuestras exportaciones. Por algunos comentarios, a veces da la impresión de que algunos funcionarios de este gobierno menosprecian el carácter de una relación política y comercial importante para el país...
No creo que se menosprecie nuestra relación con Estados Unidos, sería absurdo hacerlo. Nuestra agenda es muy amplia tanto en el ámbito bilateral como en el multilateral. No sólo por la importancia que tiene para nosotros el intercambio comercial, sino también porque tiene una incidencia importantísima en el Fondo Monetario Internacional, con quien hemos sostenido, y seguiremos sosteniendo, difíciles negociaciones. Lo que creemos es que no se puede plantear una relación entre dos países sólo en términos de amigos o enemigos.
Insisto en el tema porque a veces se percibe en el gobierno actual un escaso entusiasmo frente a la relación con Estados Unidos. ¿Hay algo de eso?
No, lo que hemos hecho es pensar la relación con Estados Unidos de otra forma. Creemos que nuestra relación puede ser razonable, madura y equilibrada, sin enajenar nuestra dignidad. El gobierno argentino puede tener diferencias con el presidente Bush, pero ello no supone que haya una mala relación con Estados Unidos o que esté peleado con su gobierno.
Para mí Estados Unidos es un país con una pluralidad muy atractiva, donde se expresa una gran diversidad cultural intelectual y artística y donde, además, han tenido lugar algunas de las manifestaciones más trascendentes del género humano. Creo que no hay que ver sólo los aspectos negativos.
Me parece que tenemos que concebir la relación con Estados Unidos de forma audaz y hacer preservar los intereses nacionales. La tesis según la cual todo individuo que se acerca a Estados Unidos es pulverizado por inmediación es equivocada.
Hay que ver el caso de Chile que negoció durante 12 años un tratado de libre comercio. En la última milla sucedió la invasión a Irak. Chile fue muy presionado, junto a México, para apoyarla en el Consejo de Seguridad. Sin embargo no lo hizo y, un mes después, firmó el tratado. Creo que esa es una manera adecuada de comportarse internacionalmente.
Otro hito importante en la política exterior de este gobierno ha sido el reestablecimiento de relaciones con Cuba. ¿Qué fue lo que motivó esa decisión?
Decidimos que era hora de tener una política autónoma frente a Cuba. Me parece que no hay ninguna inteligencia en la idea de aislar a ese país, diría que casi a ningún otro. Repusimos a nuestro embajador en Cuba, luego de permanecer fuera por dos años, porque cuando se aísla a un país y se baja la cortina se pierde absolutamente contacto con la realidad del aislado y cesa toda posibilidad de influencia. Políticas como la del bloqueo contra Cuba terminan por ser contraproducentes porque impiden todo margen de maniobra.
Por algo será que incluso en Estados Unidos hay voces contrarias al bloqueo. Dentro del Congreso, un grupo de cuarenta congresistas demócratas y republicanos promueven el fin del embargo y la última vez que el tema se trató en la Cámara de Representantes –en mayo de 2002— 169 legisladores votaron por levantarlo.
Pocas veces se dice que el principal exportador de alimentos a Cuba (400 millones de dólares anuales) es Estados Unidos y que el bloqueo cuesta al sector agrícola de ese país más de 1, 240 millones de dólares. Por ejemplo, sin el embargo, Arkansas --primer productor de arroz en Estados Unidos--, podría exportar a Cuba hasta 600 mil toneladas anuales y comerciar cereales y productos agrícolas por 447 millones de dólares que le permitirían crear al menos 20 mil puestos de trabajo.
La relación con el régimen de Castro ha sido motivo de polémica en más de una ocasión. Desde la asunción de Kirchner la derecha se asustó un poco al ver las afectuosas demostraciones que recibió el Comandante....
Creo que el tiempo demostró lo absurdo que era atemorizarse frente a algo así. Las demostraciones de afecto a Castro no son un respaldo oficial a su sistema de gobierno, sino una cuestión cultural y simbólica, desde lo popular, que tiene que ver con el enfrentamiento prolongado de la debilidad con la fortaleza o de la convicción frente a la prepotencia del volumen. Nada más.
¿No preocupó al gobierno que ese cambio en la postura frente a Cuba afectara la relación con Estados Unidos?
En absoluto, ser amigos de Estados Unidos no significa hacernos cargo de sus enemigos. Sería infantil pensarlo así. Ni el poder ni la enemistad se establecen por adyacencia.
La abstención de la Argentina en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU ha generado agrias críticas en algunos sectores. ¿Qué fue lo que sustentó esa posición?
La Argentina se ha abstenido durante las dos últimas votaciones en la convicción de que la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha politizado la cuestión de tal forma que, en la práctica, no ha defendido el respeto por los derechos humanos en Cuba.
Nos hemos negado --so pretexto de los derechos humanos— a formar parte de un juego político en contra de la Isla. No queremos participar de ese juego perverso. El año pasado hubo decenas de pronunciamientos y resoluciones de la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra. Sin embargo, en Latinoamérica sólo hubo una condena y fue contra Cuba. No es posible afirmar que en nuestro continente no se violan los derechos humanos como presuntamente ocurre en ese país.
Hemos mantenido nuestra posición. Basta con que caminemos 70 cuadras de donde estamos sentados para saber que Cuba no es la única nación en la que se violan los derechos humanos, a pesar de ser la única en América que recibió una resolución condenatoria. Esto muestra un sesgo mucho más político, que preocupado por la vigencia de los derechos humanos.
Me parece que no podemos aceptar que en el sistema internacional de protección a los derechos humanos haya dos coherencias, una para los países centrales y otra para los demás.
Los motivos no tienen nada que ver con hacerle un favor a Cuba. Los argumentos son absolutamente racionales: estamos convencidos de que un voto en contra de Cuba no contribuiría a mejorar materialmente los derechos humanos allí.
Entiendo la posición, pero, a tu modo de ver, ¿se violan o no los derechos humanos en Cuba?
Lo que piense yo personalmente no tiene ninguna importancia. En esto las opiniones subjetivas no importan. Eso se determina a través de un dictamen técnico y debe ser contestado por otras instancias. Como canciller tiene sentido cuidar la relación con todos los estados con los que las tenemos.
Lo que tiene sentido es decir que la metodología que se ha utilizado hasta ahora para determinar si se violan o no los derechos humanos en Cuba ha sido contraproducente. A mí --que me interesa la vigencia de los derechos humanos-- no me sirve. No creo que tenga sentido saltar al segundo paso cuando todavía no dimos el primero.
¿Entonces no tiene sentido la pregunta que hago?
Sí tiene sentido la pregunta, tanto lo tiene que lo que yo te respondo es que hay un procedimiento para determinar ese tipo de cuestiones. Sin procedimiento también te podría decir que se violan los derechos humanos en la Argentina, pero ¿qué valor tendría eso? El valor radica en ejercer el procedimiento. Mientras no se ejerza sólo contribuiremos a empeorar o a trivializar las cosas.
Bien, otro cambio importante en la política exterior argentina tiene que ver con las Islas Malvinas. ¿Qué comentarios suscita?
La reivindicación de Malvinas es profundamente sentida por todos los argentinos. Jamás consentimos ni consentiremos esa ocupación ilegítima. El anhelo de recuperar lo que nos pertenece está en la Constitución Nacional, en un artículo transitorio que establece:
“La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional”.
Así, nuestro pensamiento es que Malvinas, como territorio nacional, volverá a ser soberano así pasen cuatro, cuarenta o cuatrocientos años. No se trata de una cuestión ligada a especulaciones o a cronologías de política interna. Tiene que ver con la existencia de la Argentina como Nación.
Malvinas es quizás la única palabra que usamos los argentinos que tiene un sentido unívoco. Hace poco me encontré una nota del New York Times de mayo de 1982 donde entrevistaban a un muchacho de 27 ó 28 años que se había ido a anotar como voluntario: “¿Qué está usted haciendo aquí? ¿Por qué hace esta fila?” –preguntó el periodista. Y el muchacho respondía que “se venía a enlistar porque tal vez, después de tanta desunión, eso era lo último que podía unir a los argentinos”. Ese muchacho era yo.
¿Qué fue de la llamada “política de seducción” a los habitantes de las Islas Malvinas practicada por Di Tella?
Acá no hay que seducir a nadie. Yo nunca compartí esa política y siempre me pareció una frivolidad malsana. Siendo muy respetuoso del pueblo que vive en las islas y del Reino Unido --con quien, salvo por ese punto, tenemos excelentes relaciones--, me parece que Argentina debe tener una posición digna, libremente firme, y sostenerla durante los próximos años. El hecho de haber sido derrotados en la Guerra de Malvinas no quiere decir que las tierras no sean nuestras.
El mejor homenaje que este Canciller puede brindar a quienes padecieron esa tragedia de una forma mucho peor que yo es tratar de seguir luchando a través del método diplomático y pacífico, el de las naciones modernas, para que ese territorio sea reconocido como nuestro. De igual forma, hay que insistir a nuestros compatriotas que haber sufrido una derrota no es sinónimo de estar vencidos. Cuando lo entendamos, tal vez habrá una avenida con el nombre de un héroe de Malvinas.
Es absurdo preguntarlo, pero ¿cuál sería un plazo razonable para recuperar las Islas?
No puedo decirlo. Sé que el problema no se va a resolver en lo inmediato. En el pasado, pretender resolverlo apresuradamente nos llevó a posturas de sobreactuación. La firmeza no significa la inmediación, pero no debemos dejar nunca de ser firmes. Así pasen 4, 40 o 400 años, las Malvinas fueron, son y serán argentinas.
5
ENSAYO DE ORQUESTA
De nuestro destino sudamericano
“...al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años...”
Poema Conjetural - Jorge Luis Borges.
Decías anteriormente que la realidad internacional por la que transitamos requiere nuevos actores políticos. En el mediano plazo, la creación de estados – región se perfila como una de las alternativas más viables. Al plantear esa idea no te referías a simples acuerdos comerciales, sino a auténticos procesos de integración política, económica, social y cultural. ¿Qué significa integrarnos a América Latina?
Integrarnos significa asumir de una vez por todas que somos sudamericanos. Integrarnos no sólo obedece a una convicción, es la evidencia cotidiana de que nos parecemos en nuestros problemas, retos y visiones y que, por tanto, debemos estrechar lazos.
Integrarnos es darnos cuenta de que cuanto más nos acerquemos a quienes se parecen a nosotros, mayor masa crítica y volumen alcanzaremos para negociar internacionalmente. Por eso es que hoy tenemos claro que sólo a partir de asociaciones estratégicas consolidadas --no simplemente declamadas-, nuestra voz sonará más fuerte y podremos atender mejor intereses vitales, incluyendo la superación de la miseria y la injusticia.
¿Qué representa el MERCOSUR dentro del proyecto de integración latinoamericana?
A nuestro modo de ver, el MERCOSUR es peldaño primero y decisivo de una larga escalera que ineludiblemente pasa por la integración sudamericana y latinoamericana y que, eventualmente, podrá conformar un bloque continental. Sabemos que nuestra resonancia como país es infinitamente menor en términos internacionales que la que tenemos a través del bloque regional y la que podríamos conseguir si logramos profundizar la integración en todos sus aspectos.
¿Se puede lograr una integración en países con historias tan distintas entre sí y con situaciones particulares específicas?
Se puede y se debe. Me parece que si la Unión Europea logró integrar a culturas tan distintas, nosotros --que casi hablamos todos el mismo idioma— debemos ser perfectamente capaces de hacerlo. Ahora, cuando pensamos en la integración regional pensamos en un paradigma de pluralidad que sostenga la identidad de quienes la conforman. Creo que es importante aclarar que integración no implica homologación. Cuando uno se integra no se homologa, no pasa a ser lo mismo, pasa a buscar la mayor cantidad de coincidencias.
El hecho de integrarnos no quiere decir que debamos estar de acuerdo en todo. Por el contrario, integrarnos es construir asociaciones estratégicas basadas en el reconocimiento mutuo de nuestras diferencias. Sólo se construyen las bases sólidas que requiere una relación especial cuando se identifican clara y francamente las peculiaridades de cada uno.
Se ha planteado la integración en torno al MERCOSUR, y particularmente la relación con Brasil, en términos de asociación estratégica. ¿Qué implica esto?
Una alianza estratégica parte de asumir que nos asociamos porque tenemos objetivos comunes, porque nos necesitamos mutuamente y porque nos disponemos a colaborar con grandeza de miras. Emprendemos una sociedad estratégica cuando decidimos brindarnos apoyo y solidaridad mutua.
No lo hacemos porque sea fácil. Lo hacemos a sabiendas de que nos va a costar porque tendremos que darle al otro cuando éste lo necesite, a sabiendas de que también recibiremos algo en el momento en que lo precisemos. Lo hacemos en aras de una asociación más amplia que trascienda lo sectorial o lo específico.
¿Qué objetivos se plantea en el caso de Brasil?
La relación con Brasil –en el contexto del MERCOSUR-- tiene que ver con alcanzar juntos una voz más potente que pueda ser escuchada a escala internacional. Por una cuestión de caudal, de volumen, de escala, de intereses y afinidad, la relación con Brasil es estratégica.
Brasil no es un simple mercado. Lo importante es actuar juntos dentro del MERCOSUR para así plantearnos terceros mercados. Hay que unirnos, compartir mercados y conquistar terceros mercados, integrar cadenas de valor y formar joint ventures... Estamos pensando incluso más allá de un cambio de escala.
A algunos les perturba el liderazgo que Brasil está proyectando hacia el resto de la región. ¿Representa eso una preocupación?
Ese tipo de visiones son equivocadas. La discusión sobre quien lidera la región es estéril y absurda. En el pasado nos impidió adoptar muchas acciones que hubieran dado un resultado satisfactorio. Lo último que haría en la relación con Brasil sería perder un segundo en disputar liderazgos.
Los liderazgos --en tanto condición de relativa autoridad--, no se proclaman, no se reclaman y tampoco se exigen. Se otorgan, se ejercen o se consensúan cuando uno efectivamente los tiene, lo que quiere decir que otros también los han de reconocer.
Por lo demás, hay que sofisticar un poco el pensamiento y entender que no existe una sola forma de ejercer liderazgo. Existen liderazgos de volumen, de concepto y de creatividad. Por su seriedad, Chile tiene un liderazgo de concepto, mientras que Brasil, por su tamaño, posee un liderazgo de volumen.
Me parece que Argentina puede y debe aspirar a un liderazgo de innovación. Me gusta pensar en un país no sólo con iniciativa en el terreno productivo, sino también en el de las ideas; en un país con capacidad de plantear temas para la agenda política de la región y del mundo.
En una visión retrospectiva, ¿qué tipo de relación te parece que hemos logrado construir con Brasil en estos dos años?
Creo que estamos logrando madurar una asociación estratégica afirmada en valores, en la apreciación de nuestras semejanzas y en el respeto a nuestras diferencias. En el contexto del MERCOSUR, nuestra relación posee importantes activos. Ha contribuido a consolidar la democracia en esta subregión y ha permitido constituirla en una zona de paz como no lo era hace apenas dos décadas.
También ha permitido establecer vínculos económicos más estrechos entre nosotros; ha favorecido una mayor visibilidad internacional y ha generado un papel más activo en los foros políticos y económicos multilaterales que no hubiera sido posible alcanzar de forma aislada.
Un buen ejemplo de lo que es capaz de lograr nuestra asociación son el Consenso de Buenos Aires firmado en octubre de 2003 y el Acta de Copacabana de abril de 2004. En ellos, la Argentina y Brasil elaboraron un planteamiento orientado a recuperar una agenda latinoamericana que permita abrir paso a una alternativa distinta de la que expresó el Consenso de Washington.
Lo más importante que planteamos en el Acta de Copacabana, fue que los gastos de infraestructura fuesen deducidos al contabilizar el superávit fiscal primario y que las metas exigidas por el Fondo Monetario Internacional no limiten el desempeño de la economía y de los programas sociales.
Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas. Decías recién que no perderías ni un minuto en disputar liderazgos con Brasil. Sin embargo, es evidente que a la Argentina le preocupan las pretensiones hegemónicas de su vecino...
No es lo mismo liderazgo que hegemonía. Nosotros cuestionamos las hegemonías –cualquiera que éstas sean—porque limitan la voz y reducen capacidad de expresión. El liderazgo, por el contrario, es una expresión democrática totalmente legítima.
A algunos perciben un alto grado de conflicto al que ha llegado este gobierno en la relación con Brasil...
Cuando hay celos es porque hay amor. Sin embargo, yo no me imagino un futuro para la Argentina sin Brasil. Lo que ocurre es que estamos discutiendo intereses. Obviamente, cuando se discuten intereses hay inconvenientes. Eso sucede desde que el bazar es bazar y va a seguir ocurriendo. Seguiremos discutiendo estos problemas hasta que terminemos de resolverlos, momento en el que aparecerán otros.
Algunos sectores han llegado a plantear que podríamos hacer mejores negocios sin el MERCOSUR. ¿Qué te parecen ese tipo de argumentos?
Me parece natural que se formulen críticas, sobre todo cuando éstas vienen de los sectores que se han visto afectados. Lo que no me parece lógico es que analistas inteligentes, economistas o especialistas en política exterior cuestionen la integración por esa razón. Lo que hay que hacer es perfeccionar el instrumento MERCOSUR, no cuestionar su existencia.
Cuando leo en la prensa críticas superficiales, más basadas en los términos de intercambio del mes de enero o febrero que en otra cosa, pienso: “!¿Es que no saben que la Unión Europea, cuando se llamaba Comunidad Económica, sufrió la “crisis de la silla vacía” y “cerró” casi por un año producto de un impase institucional?!
La Unión Europea tardó once años en construir una unión aduanera, treinta y seis en concretar un mercado común y cuarenta y dos en tener una moneda única, que aún no es utilizada en todos sus países. ¿Por qué les parece que nosotros tenemos que hacer más rápido, con menor madurez política y sin dos guerras mundiales previas lo que hicieron los europeos? Han pasado catorce años desde la firma del Tratado de Asunción. Los sectores que presentan dificultades en la relación bilateral Argentina - Brasil no representan la mayor parte de nuestro comercio.
Los procesos de integración son necesariamente complejos y llevan mucho tiempo. Es necesario discutir muchas cosas y las asignaturas son muy grandes. La integración regional es un proceso que demanda acciones concertadas en una gran cantidad de áreas, en cuyo marco las discusiones de intercambio de productos industriales son sucesos normales entre socios que comparten relaciones comerciales intensas. Los frutos de esos procesos se miden en término de años o décadas, no de semanas o meses.
No vamos a pelearnos con nuestro socio comercial más importante. Plantearlo así sería desesperado, nihilista y muy poco inteligente. En un proceso de integración es natural que se den este tipo de discusiones. Sólo llevamos 10 años. El MERCOSUR está compuesto por países con profundas asimetrías y con historias muy distintas. No hay que perder la calma.
Algunos se frustran a veces por los escasos resultados de determinadas negociaciones puntuales. Creo que eso es buscar la moneda donde está la luz y no donde se perdió. Es comprensible que Brasil juegue su juego y nosotros el nuestro. Ya nos vamos a ir poniendo de acuerdo.
Entiendo el argumento, pero también parece comprensible que el sector industrial argentino exija resultados palpables del proceso de integración regional...
En el caso argentino sabemos que las ventajas de nuestra integración son claras. Si me pedís algunos números te puedo decir que el MERCOSUR nos ha ayudado a revertir el saldo estructuralmente deficitario que teníamos con Brasil. Desde la creación del bloque hasta hoy, nuestras exportaciones se han triplicado: pasaron de significar 80 mil puestos de trabajo a 250 mil.
Más recientemente, el MERCOSUR ha sido uno de los principales destinos de los productos exportados por las pequeñas y medianas empresas, un motor muy importante para la recuperación económica y la generación de empleos de calidad, como dije anteriormente.
Creo que lo que hay que tener en consideración es que los problemas del MERCOSUR se solucionan con más MERCOSUR porque éste es parte de la solución y no parte del problema.
A algunos les preocupan las fricciones que a veces se producen entre los gobiernos argentino y brasileño. ¿A qué obedece que en determinados momentos la Argentina endurezca sus posiciones? ¿No pone ello en peligro nuestra integración?
La diplomacia tiene sus propios ritmos. Algunas veces se privilegian las formas, otras veces hay que ser más enérgicos. Si en ocasiones hemos endurecido posiciones frente a nuestro principal socio es precisamente para fortalecer nuestra integración. El MERCOSUR debe resolver un problema de asimetrías para que ambos países puedan crecer de forma equilibrada, como fue plasmado en el Tratado de Asunción. Si endurecemos posiciones es precisamente para exigir que se respeten acuerdos.
¿Cuáles son los principales retos que enfrenta el MERCOSUR en el terreno económico y comercial?
La viabilidad del MERCOSUR depende de que logremos una auténtica coordinación macroeconómica. Parte de los problemas que hemos tenido desde 1997 se debieron a desequilibrios fiscales, monetarios o a la balanza de pagos de alguno de sus socios.
Es necesario, entonces, desarrollar instituciones de coordinación para tratar de que converjan --de manera razonable, aunque sin excesiva rigidez--, los tipos de cambio y las tasas de inflación intra zona. No estamos lejos de lograrlo. En el futuro, tendremos que discutir la creación de una moneda única, la alternativa más viable en un mundo en el que todas las monedas fluctúan.
Necesitamos también perfeccionar nuestra unión aduanera, para lo que debemos definir y establecer un Código Aduanero Común, eliminar el doble cobro del Arancel Externo y reducir las listas de excepciones, aspectos importantes para que el MERCOSUR sea capaz de formular políticas de producción e integración de las cadenas productivas, garantizar la generación de valor agregado a nivel regional y explotar la existencia de economías de escala.
¿Y en el ámbito político?
El gran reto es consolidar las instituciones comunes. No hay MERCOSUR sin una institucionalidad supranacional sólida. Lo otro sólo sería una unión aduanera plagada de vicisitudes, con sus momentos de auge y depresión, vulnerable a la coyuntura.
Cuando hacemos referencia a esta institucionalidad, estamos pensando en la creación de una entidad supranacional autónoma, altamente profesionalizada, que trascienda a los gobiernos de turno y consolide un compromiso estructural que reafirme en el plano de los socios la visión de Estado que exige todo proceso de integración.
Hoy existe un claro compromiso de los gobernantes que integran el MERCOSUR para debatir la creación de un parlamento regional como órgano político de representación democrática que dote al bloque de mayor legitimidad entre los ciudadanos y comprometa más a las sociedades con todo este proceso.
Estoy convencido de que es muy importante la dimensión política del MERCOSUR porque uno no sólo tiene socios para comprar y vender, sino para compartir visiones del mundo y actuar conjuntamente frente a los desafíos que plantea un futuro de interdependencia. En otras palabras, uno no sólo pertenece a un club para utilizar las instalaciones y dejar la toalla húmeda en el suelo. Ser socios del club MERCOSUR acarrea derechos, pero también obligaciones.
Por esta razón es que estamos promoviendo intensamente los aspectos políticos de la integración para contribuir a consolidar un ambiente de paz y democracia en la región. Es así como hemos optado por involucrarnos más directamente en los problemas que aquejan a América Latina.
Expresión de ello ha sido el papel que hemos jugado en Bolivia o –salvando las distancias-- la decisión que tomamos el año pasado de enviar un contingente de tropas a Haití. Esta operación de paz representa la primera Misión de estabilización que realiza el MERCOSUR con otras naciones.
Los desajustes institucionales en cualquier país de América Latina son un presagio de problemas para otros países de la región. No podemos ser indiferentes. El lema debe ser “ni injerencia en los asuntos internos ni indiferencia frente a los problemas comunes”.
Participamos, además, porque la operación se da en el marco del multilateralismo y el absoluto respeto a la legalidad internacional, los principios que estamos decididos a impulsar y que deben potenciarse en un marco de integración regional.
La operación fue criticada en el Congreso, no sólo por la UCR, sino también por los socialistas que fueron de los que más cuestionaron la medida...
Sí, y yo les dije a los socialistas de la Argentina que me parecía una lástima que no estuvieran de acuerdo con el socialista Ricardo Lagos, uno de los grandes impulsores de esa iniciativa. Nuestra operación de paz fue a realizar una labor humanitaria en una nación que posee el mayor grado de miseria, hambre y desnutrición en América Latina; cifras de analfabetismo y desempleo que afectan a más de la mitad de sus habitantes y que atraviesa una situación de desorden social y violencia atomizada que nos concierne desde el punto de vista histórico, ético, legal, e incluso geopolítico.
Hay que entender que esa misión intervino para estabilizar un país de la región. No mandamos tropas a un sitio remoto donde alguien podría argumentar que nada tenemos que ver. Además, hay una resolución del Consejo de Seguridad --la 1542—en la que se enmarca esta operación.
Es una cuestión de coherencia. No se puede respetar la normativa multilateral en lo que nos interesa y no respetarla o desacatarla en lo que no nos interesa. Si ése es el tipo de resoluciones que nosotros pedimos para efectuar misiones de esa naturaleza, me parece que hay que comprometernos a su cumplimento.
Algunos radicales llegaron a decir que lo que se buscaba era hacer “un favor” a los Estados Unidos, cuyas tropas están ocupadas en Irak...
Es un argumento falaz. Si fuera como ellos dicen, los primeros 600 efectivos que enviamos no harían más que un micro favor, frente a los más de 120 mil que componen el contingente estadounidense en Irak. Nunca he sido un belicista, pero no hay que confundir las cosas: la fuerza que enviamos no está haciendo la guerra, fue a evitar que una guerra surgiera. Se trata de una fuerza para reestablecer y mantener la paz a través de fuerzas duales.
Estas fuerzas, se componen de militares que, a través de su presencia física, buscan disipar conflictos; realizan labores de saneamiento y apoyan a la población a través de otras acciones como la instalación de hospitales de campaña. Con ello, están llevando a cabo una labor humanitaria que tiene un reconocimiento entre la población.
Aclaro, no me resulta particularmente atractivo enviar compatriotas en una operación que, a pesar de su baja peligrosidad, no deja de representar ciertos riesgos. Sin embargo, también creo que los costos de no ir hubieran sido mucho más graves. No creo exagerar si afirmo que evitamos una situación que con seguridad hubiera conducido a una guerra civil.
La respuesta de Argentina, Brasil y Chile a una convocatoria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es resultante de esa multilateralidad a la que he hecho alusión en más de una oportunidad, no de una iniciativa “unilateral de varios”, conducida por fuera de la institucionalidad de la ONU, como en el caso Irak.
Tenemos objetivos políticos claros: apaciguar, estabilizar, recuperar el Estado de Derecho; elegir un nuevo gobierno dotado de la mayor legitimidad y el mayor sustento posibles e intentar sostener un apoyo a mediano y largo plazo para que Haití tenga una oportunidad.
Desde luego que las cosas pueden no salir bien. El riesgo está latente en la naturaleza de cualquier misión de paz. Sin embargo, como lo ha escrito el sociólogo Ernesto López, embajador argentino en Haití, hay una decisión, hay una orientación, hay esfuerzo y hay políticas. Una vocación y un empeño que, lejos del naufragio, bien pueden alcanzar los resultados buscados.
Volviendo al MERCOSUR. Su apuesta es también por la ampliación. ¿En qué fase de este proceso nos encontramos?
Hemos incorporado a Chile, Perú y Bolivia como miembros asociados y estamos trabajando por la inclusión de Venezuela. También podría ingresar México en esa calidad. La firma del acuerdo comercial con la Comunidad Andina de Naciones (CAN) permitirá crear una zona de libre comercio que incorpore a Colombia y Ecuador como socios del bloque.
¿Qué características podría tener la Comunidad Sudamericana de Naciones?
Hemos pensado en que la Comunidad Sudamericana se componga de una integración económica, una integración física y una coordinación política. El primer aspecto tiene que ver con reforzar y cerrar de forma satisfactoria una serie de acuerdos de libre comercio entre MERCOSUR y Perú, MERCOSUR y Bolivia, MERCOSUR y Chile.
En el caso del acuerdo MERCOSUR – CAN, la importancia del acuerdo es fundamental porque permite la potencial creación de un mercado de 350 millones de latinoamericanos –el quinto en población a nivel mundial— que para 2007 podría liberar casi el 90% de su comercio intrarregional y antes de 15 años alcanzar una desgravación del 100% en el mercado de bienes.
No se trata de simples números. Para la Argentina, la supresión de barreras arancelarias implica la posibilidad de abrir mayores mercados para nuestras exportaciones. En el caso específico del mercado andino ya hemos observado beneficios concretos en los bolsillos de la gente. Por mencionar sólo un ejemplo, te podría decir que en el primer semestre de este año los pequeños y medianos exportadores vendieron productos por 150 millones de dólares, logrando una participación del 18%.
El segundo eje tiene que ver con la infraestructura física de la región. No hay integración sudamericana sin una infraestructura que permita desarrollar flujos comerciales. Por eso necesitamos avanzar en una integración física, con obras de infraestructura y financiación regional de proyectos que desarrollen una amplia red de transporte, energía y telecomunicaciones desde una óptica sudamericana.
Ya contamos con un proyecto en marcha, la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA). Se trata de una instancia que fue creada en 2000 por la Cumbre de Presidentes de América del Sur y donde se han presentado 400 proyectos de infraestructura regional.
Argentina ha propuesto cuatro obras fundamentales: la duplicación de la Ruta Nacional 14 (o Ruta MERCOSUR), que permitirá comunicar Buenos Aires y Río de Janeiro a través de una autopista; el Ferrocarril Transandino Los Andes - Mendoza por el paso Cristo Redentor; el puente Salvador Mazza – Yacuiba para unir Argentina a Bolivia y el Gasoducto del Noreste que habilitará el transporte de gas proveniente de ese país. Dentro de un marco regional, sería posible encontrar alternativas innovadoras que permitan financiar éstos y otros proyectos que beneficien a la región.
¿Y en el ámbito político?
La lógica es similar a lo que inspira el MERCOSUR. No podemos concebir los procesos de integración como simples cuestiones de mercado. Consolidar una integración en términos políticos implica fortalecer mutuamente nuestros procesos democráticos y asumir plenamente la idea de que uno no sólo tiene socios para hacer negocios sino para compartir visiones de la vida y actuar juntos frente a un futuro cada vez más interdependiente.
Se debate qué debe ser primero, si el MERCOSUR o la Comunidad Sudamericana de Naciones...
Me parece que lo correcto es perfeccionar primero el MERCOSUR. El más claro sentido común dicta que no es posible saltar un metro cuarenta si todavía no saltamos un metro diez. La Comunidad Sudamericana debe estar presente en nuestra mirada, sin perder de vista que la prioridad es el MERCOSUR. En un país como el nuestro, que está tratando de salir de un proceso de deterioro muy profundo, vale la pena trabajar en pensamientos amplios y ambiciosos. Hay sueños que no necesariamente se sueñan para ser cumplidos inmediatamente, sino para poder ser soñados. Eso da una fuerza, rumbo y dirección. Lo mismo sucede en el ámbito empresarial con los planes de negocios.
Las diferencias con Brasil en este tema parecieran abismales...
No lo creo, me parece que en todo caso hay una diferencia de tiempos. No estamos planteando que no se avance en la Comunidad Sudamericana hasta en tanto no culmine el proceso de integración del MERCOSUR, lo que queremos es que haya un crecimiento armónico entre la profundización de uno y la instalación del otro. No está mal ser ambiciosos y osados.
¿De qué manera ha contribuido el clima político en la región a fortalecer nuestro proceso de integración? ¿Qué dinámica generan figuras como Kirchner, Lula o Tabaré?
Siempre he pensado que transitamos un momento histórico que merece ser aprovechado. Las afinidades de pensamiento, las visiones políticas semejantes y la existencia de gobiernos que comparten la misma sintonía brindan una oportunidad inmejorable para que nuestro ideal de integración alcance la dinámica que requiere.
No se trata de un desafío sino de una oportunidad histórica. Los desafíos dependen de la existencia de voluntades desafiantes. Las oportunidades históricas, en cambio, son fruto de la alineación irrepetible de múltiples estrellas.
Con la asunción de Tabaré podemos decir que una estrella más se ha alineado. Los astros se van alineando, los presidentes se llevan bien entre sí y ello genera que todo sea mucho más dinámico y fluya mejor. Podemos desaprovechar esta oportunidad como ya lo hemos hecho a lo largo de varias décadas perdidas, pero deberemos trabajar para no hacerlo porque, a expensas de un profundo sufrimiento social, hoy percibimos claramente el costo de la desidia.
La integración no es retórica, sino una realidad que exige acciones concretas y pasos firmes. Me parece que el dilema sólo puede ser integración inteligente o intrascendencia permanente. O nos unimos o nos hundimos.
6
EL COMERCIO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
Del comercio internacional como recurso para nuestro desarrollo
“La inspiración existe,
pero llega con el trabajo”
Pablo Picasso
En una de nuestras primeras charlas decías que como Canciller tienes siempre presente que vivimos en un país en el que casi la mitad de la población no tiene garantizados sus derechos fundamentales. En mayor o menor medida, esta proporción de la población es víctima de la pobreza y el hambre. Me gustaría que comenzaras esta parte con una reflexión sobre los lastres que han impedido desplegar una política comercial capaz de generar riqueza y de favorecer a los sectores excluidos.
Creo que con nuestra política comercial ha pasado un poco lo mismo que con nuestra política exterior. El problema tiene que ver con la falta de credibilidad y con la inconstancia de las iniciativas. Para insertarse adecuadamente en el comercio internacional hay que ser capaces de actuar como un socio confiable y mantener a lo largo del tiempo las decisiones que tomamos con los lógicos ajustes derivados de los cambios de situación, pero sosteniendo las líneas directrices.
¿Cuáles son los objetivos de política comercial que se ha planteado esta gestión?
En primer lugar, nos planteamos que ya era hora de dejar atrás mitos como el de “país de una sola oferta” o el de “un solo destino” para nuestras exportaciones, fuesen éstas dirigidas a Brasil, a Europa o a Estados Unidos. Así, establecimos para el área comercial de la Cancillería, dos principios técnicos que habrían de guiar nuestra política comercial: la reciprocidad y el pluritematismo.
Reciprocidad quiere decir que nada daremos si no recibimos de nuestra contraparte un valor equivalente; pluritematismo, por su parte, es un principio a través del cual nos asumimos como un país con intereses múltiples y no excluyentes.
Pensamos que Argentina no debe optar por un sector en particular, sino negociar en busca de un objetivo único que abarque a toda la sociedad: aumentar el acceso de la producción nacional al mundo. Por eso es que nuestros intereses no se limitan a la agricultura. Tan importante como ésta es mejorar nuestro acceso a la industria, al mercado de servicios, a la propiedad intelectual y a las inversiones.
Hemos hecho un esfuerzo muy grande por alentar la diversificación de nuestras exportaciones, tanto por productos como por destinos. Ello ha permitido que los bienes que enviamos al exterior sumen mayor valor agregado. No podemos atar la suerte de nuestras ventas a las fluctuaciones en el precio de un número reducido de bienes o al nivel de actividad económica de un número limitado de socios.
Otro aspecto importante de la política comercial de este gobierno es que hemos centrado los objetivos en lograr una inserción en el comercio mundial de carácter productivo y no especulativo, que nos permita acceder de manera diversificada a los mercados y buscar que los beneficios lleguen a la mayor cantidad de sectores.
Sin alimentar triunfalismos, creo que ya logramos objetivos alentadores. Cuando comenzó esta gestión se exportaban 29 mil millones de dólares. En el primer año alcanzamos los 34 mil y se calcula que hacia finales de 2005 nuestras exportaciones alcanzarán los 40 mil millones.
A pesar de que ya estamos en el tercer año de expansión --cuando los niveles de superávit comercial suelen disminuir considerablemente--, el nuestro sigue siendo alto. Para el primer semestre de este año alcanzó los 5.489 millones y a finales de año podría alcanzar los 11 mil millones de dólares.
La exportación de carne, por ejemplo, ha tenido un aumento increíble. Este año vamos a exportar cerca de 730 mil toneladas, 15% más que en 2004. Desde hace 25 años que no se alcanzaban esos niveles.
Aunque los principales productos que exportamos siguen siendo los de origen agropecuario, durante los primeros meses de 2005, la exportación de manufacturas de origen industrial creció en un 34%, los productos primarios un 14% y el rubro de combustibles y energía un 10%
Tal vez lo más importante de todos estos números es que conseguimos incorporar al mercado exportador 2.500 nuevas empresas, casi todas ellas pertenecientes al sector de las pequeñas y medianas empresas, el que crea mayores puestos de trabajo.
En el futuro, ¿qué requiere la Argentina para alcanzar una sana política comercial?
Lo más importante es que logremos ser vistos como un socio creíble y confiable y que las iniciativas que hemos planteado se sostengan a lo largo del tiempo, es decir, que se constituyan en verdaderas políticas de Estado.
Borges decía que “el talento es una larga paciencia” y Tomás Alva Edison, al hablar del genio, señalaba que éste se alcanza “con un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de persistencia”. Lo que ilustran esas frases simples de mentes complejas es que, a pesar del valor de las buenas ideas, hace falta mucho trabajo y perseverancia para que sean realidad tangible.
En un mundo que avanza vertiginosamente y donde lo único permanente es el cambio, tenemos que ser capaces entre todos –gobierno, empresarios y sociedad civil- de tener mucha información, transformarla en conocimiento, articularla eficientemente y ser capaces de dar respuestas rápidas que nos permitan aprovechar las oportunidades existentes.
El papel del Estado es muy importante para alcanzar los objetivos de una política comercial, pero ¿qué hay del sector privado?
El esfuerzo cotidiano del sector privado es fundamental. Desde la Cancillería abrimos puertas –ese es nuestro papel--, pero el sector privado debe sacudirse un poco el polvo y privilegiar la apropiación productiva por sobre la especulación. La estrella empresarial ya no puede ser el gerente financiero. Debe serlo el gerente de producción. Necesitamos cambiar esa mentalidad y privilegiar una cultura basada auténticamente en la productividad y el trabajo.
Los exportadores deben hacer efectiva su vocación para pelear por mercados. Deben subirse a los aviones, asistir a ferias, negociar y encontrar socios; esforzarse por ser más competitivos; alcanzar mayores niveles de calidad, tomar en serio el marketing y cumplir los acuerdos a los que se comprometen. Toda esa voluntad no puede ser reemplazada por el Estado.
La Cancillería creó una entidad público-privada denominada Fundación Export-AR que busca asistir a los empresarios para que comercialicen en mejores condiciones y amplíen y diversifiquen sus exportaciones. Esfuerzos como éstos permiten aminorar los riesgos que implica afrontar nuevos mercados en aspectos culturales, políticos, económicos y comerciales, y fortalecer la propia iniciativa empresarial .
¿Cuál es el escenario negociador por el que ha optado esta gestión? ¿La respuesta está en el ALCA o en el MERCOSUR?
Tenemos una prioridad estratégica en la región, pero no hay una escenario exclusivo. De la misma forma que la política comercial es pluritemática, se constituye a partir de una amplia gama de intereses y objetivos.
Estamos apuntado hacia un buen número de escenarios de negociación que naturalmente se centran en el MERCOSUR, pero incluyen de forma relevante espacios como el ALCA, la Unión Europea, México, Chile, Sudáfrica, China, la India y Japón. En todas las negociaciones buscamos la reducción de aranceles o la eliminación de barreras comerciales para lograr un mayor acceso de los productos nacionales.
Creo que la dicotomía que se generó durante los últimos años entre el ALCA y MERCOSUR es inadecuada. Según esa visión, quien se inclinaba a favor del ALCA satanizaba al MERCOSUR y quien apoyaba el MERCOSUR demonizaba el ALCA.
Esa polémica es completamente estéril. La dinámica del comercio internacional es vasta. En definitiva, la Argentina debe estar presente en todos los lugares de negociación en los que pueda favorecer la creación de riqueza. Naturalmente, nuestra prioridad estratégica está en el MERCOSUR. Nuestro destino es sudamericano, por lo que tenemos que fortalecer el bloque más cercano y afín.
Es poco lo que se conoce acerca del ALCA. Suele haber un halo de misterio alrededor de él. ¿Es correcta la apreciación?
Creo que el tema del ALCA es tan árido, poco agradable y plagado de tecnicismos que pareciera como si fuera un secreto. Sin embargo, te puedo asegurar que no existe una decisión de mantener esa negociación en secreto. Incluso, creo que pocas negociaciones comerciales han sido tan abiertas.
En la página de internet del ALCA se pueden consultar los borradores y las posiciones de cada uno de los países y hay registro de innumerables foros de discusión. Lo que hay, en todo caso, es un interés muy escaso por parte de los propagadores de opinión para involucrarse en las cuestiones de detalle de estas negociaciones.
En marzo de 2004 recibimos a una delegación de la llamada “Autoconovocatoria No al ALCA” que vino a manifestarse a las puertas del Palacio San Martín. Allí se logró un interesante intercambio de puntos de vista y tuvimos un diálogo muy franco en el que escuchamos sus posiciones y les explicamos la estrategia de negociación que está siguiendo el gobierno. Claramente, hemos trabajado para darle transparencia a las negociaciones y revertir la confidencialidad y el secreto que en algún momento existió.
En varias organizaciones sociales existe una fuerte condena a todo lo que lleve las siglas del ALCA. A veces da la impresión de ser una condena ideológica más que una un planteamiento crítico basado en cuestiones concretas.
El ALCA es un tema muy importante y creo que merece un debate público. En principio, no veo nada de malo en que haya gente que esté en contra. Una vez que discutía el tema con el Presidente, me dijo: “Si vos no me podés explicar el ALCA a mí, yo no se lo puedo explicar a la gente”.
Siempre tengo esas palabras presentes. Como sector público, tenemos que tomarnos el trabajo de explicar lo que estamos negociando. Si un ciudadano no puede entender lo que le estamos diciendo, tendremos que explicarnos mejor. La función pública obliga a un esfuerzo didáctico.
Voy a tratar de esclarecer nuestra posición y la negociación en la que estamos inmersos: en este momento nosotros vemos al ALCA como un escenario más. Si uno acepta que uno de los tableros simultáneos que se juegan en el comercio internacional es el ALCA, no puede ausentarse como país. Además, si uno de los principios de nuestra política exterior es ocupar una silla en todos los espacios disponibles, como expliqué antes, no podemos marginarnos de esas negociaciones.
Argentina forma parte de la negociación del ALCA desde el MERCOSUR, al igual que ocurre en una buena parte de nuestras negociaciones comerciales. El objetivo principal que nos hemos planteado es una apertura efectiva de los mercados de la región para nuestras exportaciones, sin desproteger los sectores más sensibles de nuestra producción nacional.
Como bloque podemos sumar fuerza, habilidad y seriedad a la negociación en un momento de la historia en el que el dilema de integración o intrascendencia está más presente que nunca. Vamos a negociar bien. Y negociar bien quiere decir defender nuestros intereses. No renunciaremos a nuestro derecho a ejercer políticas públicas, ni asumiremos compromisos adversos en materias prioritarias para el Estado argentino.
Por ello, no estamos dispuestos a incluir en el ALCA cuestiones esenciales para nuestro país, como los servicios educativos, la seguridad social, la salud o las obras públicas. Además, es importante convencernos de que, antes que marcos buenos o malos de negociación, lo que hay es buenos o malos negociadores. Son ellos quienes en definitiva quienes dan a esos acuerdos el adjetivo que terminan mereciendo.
Me gustaría que aclararas mejor esta idea. ¿Qué implica decir que no hay buenos o malos marcos de negociación, sino buenos o malos negociadores?
Te voy a dar un ejemplo. El otro día leía una nota en el Herald Tribune en la que explicaba cómo se gastan los subsidios agrícolas que destina la Unión Europea a sus miembros. Me llamó la atención el grado de iniquidad que existe. En varios países, los subsidios se destinan fundamentalmente a quienes cultivan la tierra a escala industrial, lo que en naciones como Gran Bretaña o Dinamarca también incluye a miembros de la nobleza. Ahí tenemos un ejemplo muy claro de una negociación conducida de forma incorrecta. ¿De qué le sirve a la Unión Europea haber negociado un sistema de subsidios que no asegura que éstos lleguen a quienes realmente podrían necesitarlos?
¿Cuál sería una buena negociación que permitiría a la Argentina suscribir el ALCA?
Que las ventajas sean palpables. Nadie serrucha la rama donde está parado. Es un caso bastante parecido a la negociación con el FMI. Si uno mira el ALCA de segundo piso que firmaron algunas naciones de Centroamérica, se dará cuenta que el libre comercio las destruyó. Fueron inundados de productos norteamericanos y no pudieron vender bien ni siquiera los productos que ya colocaban en el mercado norteamericano.
Si analizamos el fenómeno del NAFTA en México encontramos algo similar. Si bien es cierto que México triplicó sus exportaciones, también es un hecho que creció en forma dramática su pobreza. Como decía, en países con deudas sociales tan elevadas como el nuestro hay que ser muy consciente de los pasos que damos en estas materias.
Para que aceptemos firmar un ALCA deberá alcanzarse un acuerdo con equidad. No puede ser que sólo los países pobres tengan que practicar el liberalismo y que el proteccionismo no sea condenado cuando incurren en él las naciones más ricas. Esa doble asimetría no se puede consentir. Vamos a seguir discutiendo como lo hemos hecho hasta ahora. Aunque el proyecto actual es muy distinto del que teníamos en 1994, aún no es satisfactorio.
¿En qué estado se encuentran las negociaciones?
La negociación se detuvo a principios del año pasado por las posturas encontradas, venían las elecciones en Estados Unidos y teníamos pendiente una importante discusión en la OMC en Ginebra. Nosotros mantenemos firme la exigencia de que los países ricos liberalicen su mercado agrícola, lo que implica que supriman gradualmente subsidios a la exportación y a la producción doméstica.
Ellos, por su parte, se mantienen incólumes en lo que se refiere a propiedad intelectual, donde exigen un fuerte compromiso en lo que se refiere a “respeto y protección estricta”. Ese último punto para nosotros está cerrado. Ya aceptamos niveles racionales de protección y el Congreso aprobó una Ley de Patentes. No estamos dispuestos a ceder más.
Es importante decir que nosotros no defendemos una oposición de principio a la existencia de un área de libre comercio continental. Lo que hemos venido haciendo, en común con nuestros socios del MERCOSUR, es colocar la discusión en términos de qué quiere decir libre comercio. Hemos preferido una discusión sensata y realista que contemple equitativamente los intereses de todos los potenciales firmantes a un acuerdo formal e inoperante; por eso el ALCA no se puso en marcha en los tiempos en que estaba previsto.
Hay un tema que me parece que es importante tocar aquí y es el que tiene que ver con la apertura económica. Me gustaría saber si a tu juicio la Argentina se ha abierto lo suficiente, si debe abrirse aún más y, en caso de que así sea, de qué modo debe hacerlo.
La economía argentina ha adquirido un grado de apertura muy amplio. Incluso diría excesivo y hasta indiscriminado en determinados momentos y para ciertos casos. Existe un indicador denominado coeficiente de apertura, a través del cual se compara internacionalmente la apertura de mercados.
En nuestro país, este coeficiente es del 34,3%, mientras que Australia –similar a nosotros en volumen comercial, población, geografía y recursos— es del 31,6%. Mucho menor es el grado de apertura que ha alcanzado Brasil, donde el coeficiente es del 25%
Durante los años noventa Argentina impulsó una apertura desproporcionada y poco cuidadosa. Hoy no vamos a practicar un retroceso forzado, pero queremos dotarlo de racionalidad. Los procesos de apertura deben ser estables, previsibles y sustentables en el largo plazo a fin de que las decisiones de inversión y consumo se tomen adecuadamente.
En países con deudas sociales tan elevadas como el nuestro, los grados de apertura no deben ser abruptos ni extremos. Deben lograrse a través del consenso entre los diversos sectores sociales. Si no es así, tarde o temprano las contradicciones volverán a estallar.
¿Cuál es la postura de este gobierno frente al libre comercio?
En principio, la postura de Argentina es entusiasta porque el libre comercio tiene un gran potencial para que nuestros productos accedan a otros mercados de forma más equitativa.
El más puro pragmatismo económico nos lo aconseja así. Sin embargo, el comercio global presenta un sesgo enorme. La iniquidad más grande reside –como te decía antes- en los subsidios masivos que la Unión Europea, Estados Unidos y Japón otorgan a su sector agrícola. El mundo que subsidia gasta más de 300.000 millones de dólares por año, mientras que la ayuda alimentaria mundial apenas supera los 56.000 millones de dólares.
Eso no sólo es injusto para los países en desarrollo, sino económicamente ineficiente. Los subsidios agrícolas nos perjudican a todos. A nosotros de manera directa y, a los países desarrollados, de forma indirecta. Los subsidios hacen que dejemos de exportar mucho de lo que podríamos, que perdamos empleos, que se amplíe la pobreza y que el pago de la deuda externa sea inviable.
Por ello es necesario incorporar la agricultura en forma plena a las disciplinas de la OMC y avanzar en un comercio más justo y responsable. La vía para conseguirlo es, en principio, eliminar todas las formas de subvención a las exportaciones en el plazo más corto posible.
Ello implica desmantelar las subvenciones directas de la UE y disciplinar los créditos seguros y garantías de créditos a las exportaciones que otorga EU a sus productos agrícolas.
¿Qué negociaciones se han llevado a cabo en la OMC y en qué situación estamos hoy?
En noviembre de 2001, en Doha (Qatar), se decidió lanzar una nueva ronda de negociaciones, denominada “la Ronda del Desarrollo” en la que los países en desarrollo lograron que se pusiera énfasis en sus preocupaciones. Se logró entonces que se incluyera en la agenda de la OMC, como tema central, la plena liberalización del comercio internacional de productos agrícolas.
En septiembre de 2003 se llevó a cabo una reunión en Cancún donde se esperaba avanzar en estas cuestiones. Sin embargo, faltó consenso y no se llegó a ningún acuerdo sustancial. Al año siguiente en Ginebra (julio de 2004) se logró acordar la creación de un programa de trabajo para acelerar las negociaciones en cinco temas fundamentales: agricultura, acceso a los mercados de productos industriales, servicios, tratamiento especial y diferenciado para países en desarrollo y reglas del comercio.
Durante todo este tiempo, la Argentina se ha mostrado muy activa en las negociaciones que se llevan a cabo en el marco del Grupo de los 20 y, en menor medida, del Grupo Cairns. Hasta el momento, sin embargo, las posiciones están muy encontradas y aún estamos lejos de alcanzar coincidencias importantes. Veremos qué pasa en la próxima reunión de la OMC de diciembre de 2005 en Hong Kong.
¿Cuál es la postura de la Argentina en torno a estos temas?
Estamos decididos a negociar mejores condiciones de acceso a los mercados internacionales para nuestros bienes y servicios de exportación, con énfasis en el complejo agro-alimentario, y a promover un sistema de disciplinas comerciales multilaterales más equilibrado y justo que sirva para defender nuestros productos frente a prácticas restrictivas o desleales.
Nuestro país ha tenido una postura firme. Aunque todos de alguna medida seamos pecadores cuando de distorsiones comerciales se trata, algunos lo son mucho más que otros. Ocurre que, en definitiva, nosotros no estamos discutiendo desde la opulencia, como lo hacen los países ricos. Estamos pensando en términos de número de vidas.
No hemos propuesto que del día a la noche se reduzcan a cero los subsidios al agro de los países más desarrollados, pero exigimos al mercado las mismas señales que nos exigimos a nosotros mismos: las señales de que el sentido de dirección se alinea al crecimiento con equidad.
Hemos abordado ya varios temas que tienen que ver con la política comercial de este gobierno. Sin embargo, hay un asunto de enorme importancia que es la asociación que estamos construyendo con China. Como Canciller has hecho tres viajes, uno de ellos con el presidente de la Nación. ¿Qué importancia tiene el mercado chino?
China es mucho más que un simple mercado. Es un país de extraordinaria pujanza, relevante cuantitativa y cualitativamente. A mi modo de ver, representa también paradigmas de inteligencia, planificación, constancia y trabajo a los que he hecho referencia en varios momentos de nuestras charlas y de los que podemos obtener enormes enseñanzas.
La relación con China forma parte de una estrategia que nos planteamos en la Cancillería tendiente a la búsqueda de mercados no tradicionales, a diversificar nuestras relaciones económicas internacionales y a superar la idea de “país de una sola oferta”. Pero mirar a China sólo como un mercado es un grave error. Debemos pensar a China como un socio con el cual es indispensable consolidar una relación estratégica a partir de la continuidad y consistencia de nuestras acciones.
Por ello, negociamos a partir de la idea de no exportar solamente productos primarios con poca agregación de valor sino ampliar nuestra canasta exportadora con bienes manufacturados de alto valor agregado, servicios y tecnologías que fortalezcan la complementariedad económica que dé sustancia a un enfoque de largo plazo en la relación bilateral. No pretendemos sólo exportar soja, oleaginosas, aceites y otros commodities.
El objetivo que nos hemos planteado es una asociación para la captura de terceros mercados, mediante, por ejemplo, la vinculación de empresas, el fomento de las inversiones y la participación en cadenas de valor mediante la formación de empresas binacionales.
Estamos estudiando los movimientos de capitales de inversión china en la región. Las empresas más importantes de ese país buscan oportunidades de inversión y la Argentina puede proveer excelentes condiciones, recursos y capacidades.
Consideramos a China como una potencia tecnológica que puede ayudarnos a incrementar nuestras propias capacidades estratégicas. En este nivel, hemos evaluado que existen una gran cantidad de áreas en las que podemos alcanzar una sana relación de complementariedad. China trabaja seriamente en materia nuclear, siderúrgica, transporte, computación, ciencias del espacio y desarrollo aeroespacial, donde la cooperación en el campo satelital es de gran relevancia.
Todos estos son sectores en los que la Argentina es competitiva y nos abren la posibilidad de emprender desarrollos conjuntos. Argentina, por ejemplo, ha desarrollado extraordinariamente el software de aplicación mientras que China ha logrado grandes avances en materia de hardware; la cooperación para la exploración conjunta de posibilidades es uno de los ejes de acción que hemos sostenido durante los dos últimos años.
Existe, además, un gran potencial de trabajo conjunto en el campo de la biotecnología y la medicina. Todas éstas son metas que podemos concretar en tanto acerquemos mutuamente a nuestros pueblos. Para ello, acompañamos estas negociaciones con acuerdos que promueven el acercamiento cultural y el intercambio educativo entre China y la Argentina.
¿En qué estado se encuentra la relación comercial con China? ¿Qué tipo de acuerdos hemos negociado?
Creo que hemos logrado avances importantes. A mediados del año pasado, como resultado de las negociaciones bilaterales que emprendimos, China aseguró a la Argentina la apertura de su mercado para productos cítricos, de gran importancia para nuestras economías regionales y alcanzamos un acuerdo para la venta de carnes termoprocesadas. También obtuvimos un compromiso por parte de China para incorporar a la Argentina al selecto grupo de 22 países de destino turístico para su población.
Se trata de una decisión relevante si consideramos los millones de turistas chinos que viajan todos los años al exterior, cifra que aumenta al compás del crecimiento económico y poblacional. Según la Organización Mundial del Turismo, China es hoy el tercer emisor de viajeros después de Alemania y Estados Unidos (en 2003 superó a Japón). La proyección para el año 2020 indica que 100 millones de turistas chinos viajarán por el mundo.
Firmamos también varios acuerdos de cooperación en materia de trasporte aéreo, salud, ciencias médicas y cooperación cultural. Gracias a lo último, ha sido posible elevar el número de becas para que jóvenes argentinos puedan realizar estudios de chino-mandarín, e incluso estudios superiores en China.
Hemos creado también un grupo de trabajo que se va a reunir dos veces al año para impulsar emprendimientos de interés mutuo en áreas de minería, biotecnología, bioseguridad, agroalimentación, energía química, fármaco química, además de otras cuestiones. Ese grupo está estimulando la creación de empresas binacionales, a las que me referí anteriormente, haciendo hincapié en la provisión tecnológica para las pymes argentinas.
Esta descripción da una idea de la relevancia estratégica que Argentina otorga a su vinculación de largo plazo con China y que hemos tratado de reafirmar.
¿Hasta dónde pretende llegar este gobierno en la relación con China?
Estamos discutiendo la financiación de una serie de grandes obras de infraestructura para transporte de agua, gas, carreteras, puentes y construcción de túneles a través de los cuales queremos integrar mejor el espacio geo económico sudamericano. Durante el último viaje que hicimos a China dimos la última puntada a una línea de financiamiento del Plan de Prefactibilidad del Paso de Aguas Negras en la provincia de San Juan que, como parte del Corredor Bioceánico Central, acortará decisivamente la distancia que une los océanos Atlántico y Pacífico permitiendo reducir costos y ahorrar un tiempo considerable para la salida de exportaciones argentinas y del MERCOSUR hacia China y otros mercados asiáticos.
En poco tiempo hemos percibido beneficios concretos de la relación que estamos construyendo. Gracias a los protocolos que se firmaron, se ha avanzado en forma acelerada en la tramitación para exportar productos aviares, carnes termocongeladas, termoprocesadas y cítricos dulces. La persistencia con que se han encarado estas negociaciones permitió que China finalmente eliminara las restricciones sanitarias para el ingreso de carne bovina, y realizamos a principios de 2005 la “primera exportación piloto” de cítricos.
Esto se ha visto claramente reflejado en nuestra balanza comercial bilateral durante los dos últimos años. Desde que comenzó esta gestión, observamos un importante aumento en nuestro comercio bilateral. En 2003, por ejemplo, nuestro comercio con China sumó 3.172 millones de dólares, de los cuales 2.441 millones fueron exportaciones argentinas. Ello implica un aumento absoluto de 123% respecto al año anterior.
Ya en 2004, las exportaciones argentinas alcanzaron un valor de 2.630 millones de dólares, con un saldo comercial positivo de 1.235 millones. Aquí se observan dos datos importantes: por un lado, un aumento en la oferta exportadora de productos no tradicionales, como productos fotográficos, autopartes, foresto industriales, químicos, aceros, farmacéuticos, y combustibles. Por el otro, destacamos que un mayor número de PyMES, la mayoría ubicadas en el interior del país, participan del esfuerzo exportador gracias a las ventajas de acceso que hemos adquirido en el mercado chino.
Paulatinamente, nuestros mercados se están abriendo, aunque no debemos ser exitistas, hay un largo camino por recorrer. Sin embargo, si somos capaces de continuar trabajando seriamente estoy seguro de que vamos a ver aún mejores resultados de los que hemos conseguido hasta ahora.
A China se le imputa el exportar productos elaborados que no cumplen con los estándares internacionales en materia laboral y ambiental. Entiendo que, en el pasado, no reconocer el carácter de China como una economía de mercado era visto como una forma de protección frente a una eventual avalancha de productos. Sin embargo, durante la visita de Hu Jintao a la Argentina, el gobierno otorgó finalmente ese reconocimiento. ¿Qué implicaciones tiene esto?
El estatus de economía de mercado que le hemos dado a China no implica una apertura indiscriminada al ingreso de sus productos. Me parece que el asunto fue sobredimensionado y mal entendido por los medios. En estricto sentido, otorgar a otro país el status de economía de mercado implica que, ante determinadas circunstancias prescriptas en la normativa de la OMC, si una economía presume la existencia de dumping, los precios de referencia que se toman para evaluar los costos de producción son los del país en cuestión (en este caso China), en lugar de otros precios internacionales y costos de un tercer país. Es un tema de gran complejidad jurídica y técnica.
Dado que China no ingresó a la OMC con el mismo estatus de otros países, porque se considera que no es una economía abierta en todos sus sectores, rigen una serie de condicionalidades así como un trato específico durante quince años. Una vez expirado el plazo China deberá haber implementado todas las medidas y compromisos asumidos en materia de apertura y liberalización.
Se ha dicho que otorgarle el estatus de economía de mercado a China implicaría una avalancha de importaciones. Esa especulación es incorrecta. Para prevenir ese tipo de situaciones existen salvaguardas comerciales a través de las cuales, cuando se prevén amenazas a la industria nacional en determinados sectores productivos (en este caso pueden ser los textiles, los juguetes o el calzado), es posible aplicar remedios de prevención y una amplia gama de medidas tendientes a corregir los desequilibrios que comprenden desde la aplicación o elevación de algún tipo de arancel hasta limitar cuantitativamente las importaciones.
Es importante aclarar que en la relación con China no hemos dejado en ningún momento de privilegiar el interés nacional. En la Cancillería se hicieron diversos estudios sobre los posibles impactos que puede tener sobre nuestra economía una relación comercial bilateral más profunda y, al mismo tiempo, efectuamos un seguimiento permanente sobre aquellos sectores considerados sensibles por la Argentina con el objeto de que no se produzcan daños a la producción nacional.
Sabemos que nuestra relación con China es cada vez más fuerte y que inevitablemente tendremos que competir con productos chinos, sea porque éstos ingresen a través de operaciones de comercio bilateral, sea porque lo hagan a través de países vecinos con los que China firme acuerdos preferenciales de comercio. En otras palabras, lo que no entre por el Atlántico puede entrar por el Pacífico, pero estamos atentos a estas cuestiones para dar respuestas efectivas ante cualquier inconveniente.
Por eso, antes que pensar en incrementar de forma indiscriminada las salvaguardas o tomar una actitud de recelo, debemos buscar la forma de que las empresas argentinas se reconviertan, busquen nuevas asociaciones y rediseñen sus planes de negocios. Naturalmente, eso requiere que hagamos todos un esfuerzo por promover nuevos emprendimientos a partir de las inmensas posibilidades que nos ofrece China.
Esto requiere pensar de forma estratégica, prever escenarios y prepararnos anticipadamente para proveer las mayores posibilidades a nuestras economías regionales y firmas con espíritu emprendedor y ansias de explorar nuevos mercados.
Por este compromiso asumido, personalmente he instruido a equipos técnicos para que profundicen estas líneas de trabajo buscando dar continuidad a las acciones emprendidas.
Algunos analistas ven a China como una gran ensambladora, cuyas ventajas comparativas se deben en gran medida a sus bajos salarios y a sus débiles estándares laborales; un régimen con las ventajas económicas del capitalismo y las “ventajas” autoritarias del comunismo. Si aspiramos a construir una relación sólida que trascienda la visión de simples mercados, ¿se pueden ignorar ese tipo de cuestiones?
Como lo dije antes, del mismo modo que ser socios no implica estar de acuerdo en todo, tampoco implica ser iguales en todo. Ahora, es cierto que si nos planteamos una relación estratégica no se podrán ignorar ni los problemas de China ni los de la Argentina. Creo que China, a su ritmo, también los irá solucionando. A medida que nuestra relación avance esto representará un desafío que tendremos que abordar.
Estoy seguro de que podemos construir una relación seria y madura. China es un país con avances extraordinarios. No hay que olvidar que se trata de una nación de más de 1.300 millones de habitantes que hace dos décadas no tenía resueltas carencias en educación, salud y alimentación y que en 25 años, con un crecimiento superior al 8% anual, logró asegurar esos derechos a prácticamente toda su población.
Podemos y deseamos trabajar muy bien con China porque tenemos importantes coincidencias en el ámbito multilateral y compartimos valores expresados en la política exterior. China es un Estado internacionalmente responsable, un país confiable; preocupado por el destino global y que ha dado muestras claras de su compromiso constructivo y cooperador para edificar una nueva institucionalidad internacional.
El caso de la reforma al Consejo de Seguridad, por ejemplo, es una clara muestra de ello. China y Argentina coinciden en la necesidad de reformar las Naciones Unidas, e incluso el Consejo de Seguridad, pero no sólo sobre la base de incrementar el número de miembros permanentes. Así mismo, China y Argentina participan en el grupo de países Unidos por el Consenso desplegando una intensa actividad diplomática.
Me gustaría que habláramos ahora de la relación con Chile. El tema más sensible durante estos dos años ha sido la crisis energética. Has insistido varias veces en la necesidad de conducir las relaciones internacionales con seriedad y previsibilidad. Sin embargo muchos creen que no ha sido esa la forma en que se condujo el gobierno argentino frente al asunto...
Me parece que el gobierno argentino actuó con seriedad e hizo esfuerzos por ser previsible frente a este tema. Ahora, hay que hacer un esfuerzo por entender la situación. La crisis energética es una consecuencia de problemas estructurales vinculados a la falta de inversión privada en el sector durante los últimos años.
A eso se sumó el fuerte incremento de nuestra actividad productiva --producto en gran medida de la recuperación económica--, que elevó sustancialmente la demanda interna de gas y electricidad hasta el punto de poner en duda la seguridad de nuestro abastecimiento interno.
El problema de escasez energética repercutió en el abastecimiento a Chile. Sin embargo --y a pesar de que la preeminencia que la legislación argentina y el protocolo firmado con Chile le otorgan al abastecimiento del mercado interno--, el gobierno ha realizado grandes esfuerzos para garantizar un abastecimiento normal a ambos mercados.
Para dar previsibilidad y seriedad al asunto, creamos un grupo técnico de trabajo, integrado por funcionarios de ambos gobiernos, que se reúne periódicamente para alcanzar una visión compartida sobre la situación energética, determinar el déficit existente, compartir el restante, y buscar medidas para normalizar el abastecimiento.
Los sacrificios para enfrentar esta situación no sólo los ha hecho Chile. Nuestro gobierno también hizo y hará un esfuerzo extraordinario para superar el déficit energético. Creamos un programa de racionalización en el uso de la energía y celebramos acuerdos de importación con otros países, como Bolivia, Venezuela y Brasil.
Hay que aclarar algo que es muy importante: quienes en su momento hicieron los acuerdos para las ventas plantearon que la Argentina era un país gasífero y petrolero, cuando no es así. La Argentina es un país con gas y con petróleo en el cual ha habido una gran falta de inversión y exploración.
A diferencia de otros países, en la Argentina no existe una empresa estatal proveedora de energía. Lo que hace el gobierno es ejercer el poder de policía y autorizar exportaciones. Sin embargo, quienes las llevan a cabo son las empresas privadas.
La relación con Chile, en todos los ámbitos, es un objetivo prioritario de nuestra política exterior. En ese marco, la integración energética con nuestro vecino es muy importante. Por eso en marzo de 2005 suscribimos un acuerdo sobre intercambio y acceso a la información del sector eléctrico.
¿Cómo podemos evitar que situaciones como estas reaparezcan en el futuro?
Hay que pensar en cinco líneas de acción:
En primer lugar, temas como la producción, la exploración, la comercialización, la distribución y el transporte de energía son asuntos que debemos abordar como socios, desde el ámbito técnico, y evitar que deriven en conflictos políticos.
En segundo lugar, debemos concebir la energía en términos subcontinentales. Necesitamos apostar decididamente a una integración energética en el marco de nuestra región más o menos como lo hizo Europa. Sudamérica cuenta con recursos naturales suficientes para que una crisis energética sea impensable.
En tercer lugar, necesitamos invertir decididamente en infraestructura ligada al sector energético. Estamos programando la construcción de tres obras de infraestructura financiadas con capitales chinos (ya me refería a ello) que unirán nuestros pasos fronterizos y hemos acordado efectuar mejoras en Lomas de la Lata, de donde sale buena parte del gas que se exporta a Chile.
En cuarto lugar, debemos entender que una política energética constituye una prioridad que necesariamente trasciende a un gobierno o a una gestión. La sucesión de medidas desacertadas tiende a producir conflictos que se pueden evitar a través de la planificación y el diseño de políticas de largo plazo.
En quinto y último lugar, tenemos que concientizarnos y concientizar al ciudadano sobre la importancia del uso razonable de la energía. Cuando la energía proviene de recursos no renovables, es necesario redoblar esfuerzos para que las reservas duren el mayor tiempo posible. Por eso es indispensable fomentar entre todos una auténtica cultura del ahorro.
7
DESPUÉS DE LA TORMENTA
Del histórico Canje de la deuda
La esperanza es el sueño del hombre despierto.
Aristóteles
Hacia el final del verano de 2005, culminó una importante negociación entre el gobierno argentino y los bonistas para salir del default. ¿Cuál es tu balance?
Para mí lo primero que hay que rescatar de la negociación de la deuda es la vigencia de la política entendida como voluntad de transformación. Poco se ha dicho acerca de eso y creo que es importante destacarlo.
Más allá de la idoneidad técnica, la paciencia o la ductilidad demostrada por el equipo económico, hubo una extraordinaria voluntad política para negociar de forma diferente y con un saldo claramente distinto: por primera vez en décadas el país logró desprenderse de una parte importante de su deuda sin adoptar compromisos que no fuera capaz de cumplir.
En el fondo, creo que hay que mirar este episodio como un acto de responsabilidad. El acuerdo buscó beneficiar a los que más padecen. Ese es un dato que no debieran perder de vista quienes llevan a cabo análisis econométricos.
Detrás de los cuadros numéricos, hubo muchas noches de insomnio y una dura lucha contra una tormenta que arreciaba en distintos frentes. Tuvimos que remar contra los peores pronósticos, tanto del extranjero como de algunos compatriotas que alentaron el fracaso de la negociación.
¿Qué te parece que cambió en la Argentina a raíz de esa negociación?
Me parece que lo fundamental es que, después de muchos años en que la economía se encargó de la política, hoy es la mayoritariamente la política la que vuelve a encargarse de la economía. Este no es un dato menor. Claramente, si el problema de la deuda hubiese sido solo económico, los economistas lo hubieran arreglado. Por eso el resultado de esa negociación demostró que la dificultad que enfrentábamos no era única y exclusivamente económica, sino política.
¿Qué actitud hay que tomar a partir de esto?
En mi opinión, hay que vivir esto sin exitismos ni triunfalismos. No hay que perder de vista que, aún después del Canje, la deuda sigue siendo muy pesada en términos del PIB y la deuda por habitante es muy alta, lo que implicará enormes esfuerzos fiscales.
Sin embargo, lo importante es que esta negociación permitió demostrar que se podía hacer otra cosa. No era inexorable seguir pagando deuda sobre el hambre de los argentinos. Esa no es una opinión personal, sino un dato empírico de la realidad.
Ciertos gurúes de la economía deben reconocer que se equivocaron; mientras que el 20 por ciento que quedó afuera, tendrá que advertir que fue el mercado el que habló. ¿No eran acaso convencidos del mercado? Bueno, pues en este caso el mercado dijo que ocho de cada diez personas aceptaron jugar el juego.
Creo que también es importante hablar de la actitud del FMI en esta negociación. Para ello, vale la pena remontarse al propio manejo de la crisis que hizo el organismo. Durante 2002, por ejemplo, Argentina no siguió todas las directrices del organismo...
En efecto, y no lo hicimos porque si lo hubiéramos hecho no estaríamos donde estamos hoy. Me parece que el FMI debería hacer una profunda autocrítica para no repetir los mismos errores que cometió en el pasado. No hablo sólo de los que cometió en los noventa de la mano de autoridades económicas irresponsables, sino también de la forma en que se planteó manejar la crisis argentina.
El cuerpo técnico del Fondo no parece estar totalmente preparado para hacer frente a crisis de gran magnitud como la que estalló en nuestro país. Las recomendaciones del organismo se basaron en una evaluación equivocada de nuestra situación económica, política y social. El FMI se basó exclusivamente en razonamientos abstractos sin reparar en los matices de contexto que todo hacedor de política económica debe tener en cuenta.
También se equivocó en gran parte de sus pronósticos sobre la recuperación de la economía argentina. En un principio, los técnicos del organismo ignoraron –y más tarde se resistieron a aceptar— la evidencia que había signos de que nuestra economía volvería a repuntar. Incluso aún en septiembre de 2002 pronosticaron una caída de entre el 16 y 20% del PIB, que finalmente sólo fue del 10,9%
¿Hasta qué punto el asesoramiento del organismo durante la crisis difirió de las medidas adoptadas por el gobierno?
En un libro que escribí con el ministro Lavagna , se muestra claramente hasta dónde. Ahí se documenta, por ejemplo como en junio de 2002 el organismo cuestionó la política de intervención cambiaria implementada por las autoridades económicas y solicitó, explícitamente, la completa liberalización del mercado cambiario. Eso generó que el precio del dólar se disparara en una burbuja que parecía no tener límite.
La burbuja sólo se detuvo cuando, a partir de mayo --y con el propósito explícito de detener el alza del dólar y encauzar la situación--, las autoridades hicieron algo muy diferente de lo que proponía el FMI: combinaron intervenciones del Banco Central con un refuerzo de los controles de cambio.
Otro buen ejemplo es en materia de política fiscal. Los técnicos del FMI reclamaban, como es tradicional en su doctrina, un mayor ajuste. Si bien las autoridades económicas no desconocían la importancia de recuperar la disciplina fiscal, como de hecho se hizo, se consideraba que había que enfrentar una situación más compleja, de índole estructural. A juicio del gobierno, era necesario atender el hecho de que, bajo el régimen de convertibilidad, los precios relativos estaban lejos de sus valores de equilibrio.
Pero tal vez el más grave desacierto del FMI fue la exigencia de reducir el gasto primario, aún el relacionado con la asistencia necesaria para mantener la paz social. Lavagna cuenta en el libro que escribimos cómo a principios de 2002, cuando se puso al tanto al organismo de la profundidad de nuestra crisis social, el cuerpo técnico respondió, ante la atónita sorpresa de las autoridades económicas, que precisamente por ello era necesario emprender un ajuste fiscal aún superior al que estaba llevando a cabo el gobierno.
Bueno, el gobierno llevó a cabo un ajuste importante, pero no de la magnitud que exigía el Fondo... ¿Qué tipo de ajuste realizó?
Un ajuste fiscal en el marco de una actitud distinta frente a los organismos de crédito. No quiero decir con esto que no se hayan hecho esfuerzos considerables. La Argentina logró recuperar paulatinamente los montos de recaudación hasta llegar a niveles récord que le permitieron generar un creciente superávit fiscal primario.
Sin embargo, no es posible que el FMI exija a todos cumplir con los mismos indicadores de superávit fiscal. No puede haber una fórmula universal. Algunos sostienen que un superávit de 3% del PIB es exiguo y respaldan su argumentación comparándolo al de Brasil (4,35%) o al de Turquía (6,5%). Sin embargo, estas comparaciones son engañosas.
Por dar un ejemplo, el gobierno argentino prácticamente no tiene empresas públicas porque estas fueron privatizadas durante los noventa. Por lo tanto, no contamos con fuentes capaces de generar recursos fiscales adicionales, como ocurre con otros países que pueden engrosar así sus indicadores de superávit fiscal.
Todo esto lleva a un análisis de los que debe ser el papel del FMI. ¿Cuál es el planteamiento del gobierno argentino al respecto?
Lo que nosotros hemos planteado es que el objetivo final del Fondo no debe ser imponer reformas estructurales. El organismo debe concentrarse en objetivos macroeconómicos de desempeño fiscal, tipo de cambio o de políticas monetarias y financieras y sólo definir criterios de condicionalidad estructural en caso de ser necesarios para el logro de esos objetivos.
Como plantea Lavagna en el libro que mencioné, el FMI no puede vivir imponiendo decisiones de política económica interna. Tiene que entender que el propio sentido de su autoría impide alcanzar consenso social porque la ciudadanía las percibe como resultado de presiones externas.
La condicionalidad en materia de reformas estructurales debiera limitarse al mínimo indispensable; sólo atenerse a lo que ponga en juego resultados macroeconómicos. El organismo debe dar flexibilidad a los gobiernos para implementar reformas a su manera, no arrinconarlos a plazos perentorios o muy ambiciosos.
¿Qué aspectos diferenciaron la negociación que nos permitió salir del default de las negociaciones anteriores?
Tradicionalmente, las negociaciones en torno a la deuda buscaban resolver lo que se consideraba como “problemas coyunturales” a partir de la premisa del endeudamiento. Esa lógica nos llevó a sobre comprometernos y, en consecuencia, a infra cumplir.
Desde el Plan Brady hasta nuestros días todos los episodios que motivaron que se descorcharan botellas de champaña tenían la misma lógica intrínseca: “mañana tenemos un vencimiento, hay que superarlo y pasarlo para pasado mañana”.
Lo que ocurre es que el pasado mañana siempre llega. En esta negociación la lógica fue otra. El planteamiento que hicimos fue el siguiente “¿hasta dónde podemos cumplir aún con grandes sacrificios?” Nos costó mucho lograr que los acreedores entendieran que efectivamente haríamos (y haremos) enormes sacrificios.
Hace ya varios meses, en un almuerzo con el New York Times, traté de explicar eso. Al final de mi exposición les pregunté a los periodistas y editores: “¿de verdad creen ustedes que Argentina está en condiciones de pagar más?”. Entonces un destacado columnista del diario, me respondió: “Sí, yo si creo que puedan pagar más”. Yo reviré entonces con esta réplica “Posiblemente podríamos pagar más, pero no podríamos seguir pagando más”. Creo que ese planteamiento que hicimos fue clave para lograr una buena negociación.
Resumiendo, ¿cuáles serían los principios generales que el gobierno se planteó para guiar la negociación?
Economía definió seis principios fundamentales: El primero fue afirmar, en todo momento, que cumpliríamos y cumpliremos con nuestros compromisos. Argentina tiene una larga tradición en ese sentido y está comprometida a respetarla. El segundo, que sin crecimiento no habría ni habrá solución. Es claro que la única forma de atender las exigencias de los acreedores es recobrando el crecimiento económico; así ha sido.
El tercero es que no debíamos ni debemos seguir endeudándonos. Desde 2002 la posición del gobierno ha sido no solicitar fondos frescos. Ya no queremos sobre utilizar fondos para cubrir desajustes, tanto del sector público como del privado. Hay que terminar con la política de nuevos endeudamientos, al menos hasta que haya sido posible reestructurar las deudas existentes.
El cuarto principio es que la inversión resulta esencial. La inversión extranjera directa --particularmente la que no genera endeudamiento-- es fundamental para relanzar nuestro crecimiento económico. Para ello, ésta debe contar legalmente, y de facto, con idénticos derechos y obligaciones que la inversión local.
El quinto principio ha sido que con acuerdos internacionales la salida será más fácil. Las negociaciones financieras en curso han reclamado y seguirán reclamando tiempo y esfuerzo.
Por último, el sexto principio fue no acordar si no estábamos seguros de poder cumplir. Como decía antes, tenemos que terminar con el ciclo interminable de acuerdos firmados que rápidamente dejen de ser cumplidos. Recordemos que, hasta antes de alcanzar el último acuerdo, el de fines de 2001 quedó incumplido en menos de tres meses .
Hablemos de los resultados del Canje. ¿Cómo se ha tomado entre las naciones del mundo? ¿Cuál ha sido tu impresión en los distintos viajes que has realizado?
En general, la impresión que he tenido es que cada vez se entiende mejor que el proyecto de reconstrucción institucional que estamos impulsando en la Argentina es viable. Eso es importante porque es un proyecto económicamente heterodoxo y políticamente audaz que al principio suscitaba muchas dudas. Argentina fue un negociador difícil y eso generó reservas y suspicacias. Sin embargo ahora, con los números puestos, pareciera haber una aceptación cada vez más amplia de que el modelo es viable.
La negociación abrió una nueva etapa en la historia argentina. ¿Qué posibilidades se presentan para el país?
La negociación se dio en una etapa de la historia humana en la que, por primera vez, una adecuada combinación entre tecnología y capital puede modificar sustancialmente la suerte de las economías nacionales en pocos años. Esto no sucedía antes.
Hace quince años, un país exportador de madera y derivados, como Finlandia asumió la estratégica decisión de dedicar 3.6% del PBI anual a investigación y desarrollo (en inversión pública y privada), lo que en 2004 se tradujo en un gasto de 94 millones de euros en investigación básica y 294 en investigación aplicada. En una década y media este esfuerzo ha transformado a Finlandia en el país más competitivo del mundo y en productor de alta tecnología.
Un caso notable que vale la pena analizar con cuidado es el de la República de Irlanda. A finales de la década de ochenta alcanzó un pacto entre las fuerzas empresariales, sindicales y políticas –el llamado Consenso Social de 1987— que le permitió un alto grado de adhesión en temas tan importantes como reforma fiscal, gasto público e ingresos, donde se puso un importante énfasis en la educación.
De esa forma, Irlanda –hoy el “Tigre Celta”-- desplegó una agresiva política de inversión extranjera gracias a la cual ha logrado, desde 1987, el crecimiento económico más veloz de la Unión Europea. Hoy, las compañíás irlandesas compiten en los principales mercados internacionales con productos altamente desarrollados .
Entre 1994 y 2000 se crearon en promedio 1.100 empleos por semana. Actualmente, la fuerza de trabajo irlandesa es una de las más preparadas de Europa. Entre 40 y 50% de ésta ha recibido educación hasta los terceros niveles, cuando el promedio de la Unión Europea es del 20%.
No hay que olvidar que Irlanda fue un país que históricamente expulsó a su población. Recordemos las grandes hambrunas que dieron origen a la diáspora irlandesa. Durante los 150 años posteriores a la primera hambruna –la de 1848-- 5 millones abandonaron el país. Aún en los años cincuenta, ya en el siglo XX, más de 400 mil irlandeses emigraron, reduciendo la población de ese país a menos de tres millones.
Hoy este proceso se está revirtiendo de forma extraordinaria. Irlanda es un país que recibe población de fuera todos los años y tiene una de las tasas más altas de inmigración en la Unión Europa. Pero lo increíble es que casi el 70% de esta inmigración está conformada por irlandeses que han vuelto, que regresaron porque volvieron a tener esperanza en su país.
Me gustaría mucho que pasara algo así con los más de 700 mil argentinos que –según la estimación de nuestras representaciones—viven en el exterior. Estoy seguro que tenemos la oportunidad de alcanzar avances como los de esos países.
¿Cómo puede Argentina aprovechar las oportunidades del mundo actual?
Vivimos en un mundo de oportunidades espontáneas e instantáneas que surgen con gran rapidez. En esas circunstancias, es necesario que, quienes estén en condiciones de advertir las posibilidades existentes logren responder velozmente para satisfacer las necesidades que ello implica. Para lograrlo necesitamos una muy buena articulación, tanto a nivel estatal como entre éste y la sociedad civil. Ello sólo es posible a través de un aparato pesquisador, inquieto y ágil, con una sofisticada “inteligencia comercial”.
De nada sirve abrir un nuevo mercado, o colocar un nuevo producto en el sistema de preferencias generalizadas de Estados Unidos, por dar un ejemplo, si no tenemos quién satisfaga la demanda generada a partir de las oportunidades que hemos abierto. Necesitamos una sociedad en permanente movimiento con un Estado capaz de ofrecer oportunidades, así como de identificar a quienes puedan aprovecharlas.
Para esto, también tenemos que vencer una serie de obstáculos culturales. Argentina todavía es un país exageradamente providencialista. Como dice Machado, “del cielo aguarda, al cielo teme”. Hay que estar mucho más conscientes de nuestras propias capacidades. Nada se va a conseguir por golpe de suerte. Esta es una cuestión de seriedad, de rigor, de profesionalismo y de políticas que logren mantenerse a lo largo del tiempo.
Volviendo al tema de la deuda, sabemos que la alta aceptación del Canje la redujo en términos nominales, permitió bajar las tasas de interés y extendió los plazos. Naturalmente, ello alivia nuestra situación. Sin embargo, el nivel de endeudamiento –como decías-- todavía es muy alto. ¿Hasta qué punto no está excedida nuestra capacidad de pago en el mediano plazo?
Antes de llegar al mañana tiene que haber un hoy. La aceptación del Canje implica que ya no necesitamos de una bomba de oxígeno, no quiere decir que mañana podamos hacer el maratón de los 12 kilómetros.
Eso dependerá de que seamos capaces de generar riqueza, de que culminen satisfactoriamente procesos como la integración regional y del MERCOSUR, que negociemos bien en foros como el ALCA o la OMC o que alcancemos un buen acuerdo entre nuestro bloque y la Unión Europea. Esas cuestiones son clave para colocar nuestros productos más competitivos de forma equitativa.
Nuestro éxito será posible en la medida que logremos insertarnos competitivamente en esos escenarios, a sabiendas de su variabilidad y dinamismo. No hay que olvidar, además, que ingresar no significa automáticamente permanecer. Entrar ya supone un enorme esfuerzo, persistir supondrá un esfuerzo aún mayor. Una cosa es que yo tenga un horizonte hacia delante y otra que mi única alternativa sea seguirme endeudando.
La negociación que el gobierno alcanzó con los bonistas nos colocó en una posición de mayor fuerza. ¿Va a cambiar en algo la relación con el FMI?
Cuando uno discute intereses, lo que tiene que tener en claro es a quién quiere beneficiar con la negociación. Si lo que queremos es beneficiar al país y abrir cierta posibilidad de futuro necesitamos seguir negociando con firmeza. Nosotros vamos a negociar con el Fondo como lo hemos hecho hasta ahora: atendiendo los intereses nacionales. No nos preocupa ser simpáticos, que nos paseen por el mundo como el modelo a imitar o que los organismos internacionales hablen maravillas de nosotros. Lo que queremos es negociar con dignidad.
Ahora, si el Fondo va a empezar a perturbarnos con el 20 por ciento que no entró en el Canje --cuando las instituciones técnicas encargadas de aprobar las condiciones de la negociación (tanto en Italia como en Estados Unidos) aceptaron la cláusula que decía que quienes no entraban a esta fase quedarían indefinidamente en default--, nos vamos a llevar mal. Desde luego que esa no es nuestra intención, queremos un acuerdo razonable. Sin embargo, si ello no es posible seguiremos haciendo lo que va a hacer Brasil este año: pagar su cuota y salirse de las condicionalidades.
¿Dónde está la autoridad moral y científica del Fondo Monetario? Como hablamos en una de nuestras primeras charlas, hay una crisis de institucionalidad mundial que abarca desde la OTAN a las Naciones Unidas, pero que también toca a los organismos internacionales de crédito. ¿O acaso van a pretender una vez más que países como el nuestro acepten la radiografía de otro país al que les fue bien en otro contexto y buscar que la apliquemos nosotros?
Fuimos los alumnos que más a rajatabla aplicaron el manual y así nos fue... ¿Vamos a volver a hacer lo mismo? No, no vamos a volver a hacer lo mismo. No tenemos ninguna voluntad de enfrentamiento, quisiéramos llevarnos bárbaro, pero no a costa de empeñar nuestro destino.
¿Qué ocurrirá con aquellos acreedores que no entraron al Canje?
En todas las reestructuraciones siempre hay un remanente de tenedores de deuda publica que no entran en el Canje. Históricamente, ese remanente se ha disuelto en un periodo de entre tres y cinco años por diversas vías. Puede ser de forma institucional, a través del recurso de la a Justicia, o de forma convencional.
Es importante remarcar que el porcentaje de aceptación de la oferta argentina superó largamente todas las expectativas. Por eso, tenemos que honrar, en primer lugar, a aquellos con quienes nos comprometimos, quienes entraron al Canje. Los que no entraron sabían de antemano que tenían otras alternativas. Ellos pueden vender sus acreencias en el mercado secundario o recurrir a instancias judiciales.
El Presidente afirmó que el problema será resuelto por la próximo administración. ¿Eso quiere decir que se va a heredar a futuros gobiernos?
Lo que quiere decir al afirmar que lo resolverá la próxima administración es que el problema se va a terminar de resolver –y subrayo la palabra terminar- en la próxima administración. No hay que perder de vista que venimos de 2001 y que pasamos un 2002 con asambleas populares en las esquinas de todos los centros urbanos del país.
Hoy la Argentina se está sanando, hay una tendencia hacia la disciplina fiscal, hay avances en la recaudación y prudencia en las inversiones. Ahora, ordenar todo esto es una tarea titánica que no concluye con este gobierno. Lo fundamental es dejar sentadas posiciones firmes y políticas de Estado para que quienes nos sucedan puedan continuarlas.
¿Realmente es posible encarar una negociación conjunta frente a los organismo internacionales de crédito como plantea el Acta de Copacabana?
Me parece que sí porque las situaciones que viven los países de la región son tan parecidas que terminará por imponerse una negociación conjunta. El año pasado, cuando firmamos el Acta en Río de Janeiro, acordamos fijar criterios comunes para la negociación.
Hubo algunos medios de comunicación escépticos. Y sin embargo, ya ven que hoy Brasil está haciendo lo mismo que nosotros y ha logrado que determinadas inversiones en infraestructura no sean contabilizadas por los organismos de crédito a los efectos de calcular el superávit fiscal primario.
Más allá de la voluntad política y de las palabras, hay una realidad objetiva: nuestros países cada vez se dan más cuenta que les pasa lo mismo y no es igual que hable una sola voz a que lo hagan distintas voces sumadas; no es lo mismo que se pronuncie en determinado sentido un Producto Interno Bruto de 170 mil millones de dólares a que lo hagan juntos el de 500 mil, el de 170 mil y uno más de 110 mil.
Más allá de sueños fundacionales hay una realidad que se va imponiendo. Con sentido común y profesionalismo se irá materializando de forma natural.
8
LO QUE QUEDA DEL DÍA
Del futuro de nuestra política exterior
“Allí donde la vida levanta muros,
la inteligencia abre una salida”.
Marcel Proust
Durante estas charlas hemos hablado sobre la realidad mundial en la que estamos inmersos. Analizamos las líneas de nuestra política exterior, tratamos las cuestiones comerciales y las características de nuestro proceso de integración.
Me gustaría en este apartado relacionar esos temas y llegar a algunas conclusiones sobre el futuro de nuestra diplomacia. Retomando un poco lo que venimos hablando, quisiera que comenzaras por reflexionar acerca del orden internacional que más nos conviene como nación y de qué forma podemos impulsarlo.
Nos conviene un mundo multipolar, con sólidas instituciones capaces de equilibrar las diferencias y asimetrías de poder; nos conviene el fortalecimiento de la ONU, el rediseño de los organismos internacionales y la reforma de las reglas de comercio internacional en un sentido de mayor equidad y reciprocidad. Particularmente, lo que necesitamos es un mundo en el que diversas regiones estén en condiciones de ejercer influencia y producir equilibrios.
Para ello, creo que en los años sucesivos deberemos propiciar un orden en el que la agenda mundial integre los problemas en lugar de fragmentarlos. Esto implica dar respuestas a los temas que tienen que ver con la seguridad y la estabilidad, asociándolos a la solución de problemas económicos y sociales que en buena medida los causan.
No somos ni podemos ser indiferentes al desarrollo de la democracia y al fortalecimiento de los derechos humanos, comprendidos en toda su diversidad e integridad. Conocemos demasiado lo que significan el autoritarismo y el terror estatal y sabemos bien lo que vale la solidaridad internacional en tales coyunturas como para ser indiferentes ante tales fenómenos.
A propósito, me viene a la mente una reflexión de Hannah Arendt que hablando del “genio” –yo prefiero hablar del hombre adecuado- dice que los honores que se le rinden no hacen más que continuar la concordancia con el mundo, hacen audible una armonía existente con el público que ha surgido independientemente de toda decisión como un fenómeno natural que emerge en la sociedad misma.
Arendt cita unos versos de Lessing: “Aquello que lo conmueve, conmueve. Lo que le agrada, agrada. Su gusto afortunado es el gusto del mundo” . Lo que quiero decir es que hay algunos momentos acertados en la vida de los países en que aparece el hombre adecuado, que formula las políticas adecuadas y logra hacer salir a su tierra de los tiempos de oscuridad.
Creo que estamos viviendo uno de esos momentos, lo que no tiene nada que ver con lo providencial ni con lo mágico, sino más bien con una coincidencia temporal entre determinados valores y decisiones con las necesidades colectivas. Todo pasa, y también pasará esa coincidencia. Por lo que si la detectamos debemos trabajar para lograr de ella sus mejores frutos, como ya ha sucedido en otros momentos en la historia argentina.
¿Tenemos capacidad como país para incidir en los destinos del mundo? ¿En qué condiciones podemos actuar?
Nuestro país no tiene una relevancia mundial que le permita actuar eficazmente de forma solitaria: no estamos en el centro de las agendas internacionales más importantes porque carecemos del peso y el prestigio suficiente para ello. Tampoco lo estamos porque, afortunadamente, no constituimos una amenaza al orden y a la seguridad internacionales.
Tenemos, sin embargo, un volumen y una importancia circunscrita a nuestra región. Es claro que ningún proyecto regional serio y consistente puede prescindir de la Argentina. Por eso, la prioridad que hemos dado a la integración regional proviene de un enfoque realista de nuestras posibilidades y las de nuestros vecinos y no sólo de una posición geográfica.
Nos conviene la integración en el MERCOSUR y su proyección hacia la unidad sudamericana porque es en ese contexto en el que podemos desarrollar un juego cooperativo, de suma positiva, capaz de alcanzar cierta influencia en la balanza mundial.
¿Hacia dónde debe orientarse el MERCOSUR durante los próximos años?
Es necesario situar al MERCOSUR en una nueva etapa de su desarrollo. El MERCOSUR que imperó en la década del noventa, centrado en la agenda comercial de modo excluyente, debe dar paso a un proceso de integración productiva, articulación financiera, coordinación macroeconómica, integración física, mecanismos eficaces de solución de controversias y construcción de instituciones políticas regionales.
Tenemos que abrir paso a una nueva perspectiva de la integración y a una nueva institucionalidad que dé cuenta de los cambios que hemos vivido. En cierta medida, hay que recuperar el espíritu inaugural de los acuerdos entre los presidentes Sarney y Alfonsín, centrado en el fortalecimiento democrático, así como el acercamiento social y cultural entre nuestros países.
Necesitamos también un MERCOSUR de ciudadanos y un nuevo sujeto político supranacional con capacidad de orientar los esfuerzos del bloque con un sentido de desarrollo productivo y justicia social; así como una vasta red de intercambios culturales, sociales y comerciales entre los habitantes de cada uno de sus integrantes.
De la idea de “integración negativa”, que consiste en el simple levantamiento de regulaciones comerciales, debemos pasar a una integración positiva que asegure el comercio y fomente la producción a escala regional.
¿Son significativos los logros que se han alcanzado durante estos dos años?
Todavía no están a la altura de los enunciados declarativos. Es necesario revisar, junto con Brasil, nuestro principal socio, el conjunto de acuerdos alcanzados durante este último período. Debemos remover, a través de un esfuerzo común, los obstáculos que traban el cumplimiento de esos acuerdos.
Sabemos que durante esta fase de construcción estratégica tendremos dificultades comerciales. La raíz más profunda de ello está en los problemas de desarrollo que sufren nuestras economías. No vamos a dejar de defender el interés de nuestra producción local, pero hay que entender que no es desde las reivindicaciones sectoriales, por justas que sean, como debemos interpretar nuestra relación. Es el interés general el que debe prevalecer.
¿Cuál es el futuro de la Comunidad Sudamericana de Naciones? ¿Cómo se puede garantizar que esta iniciativa avance satisfactoriamente?
La Comunidad Sudamericana debe ser tramitada con prudencia y realismo para que no se diluya en un conjunto de mensajes grandilocuentes y carentes de contenido. Debe nacer y desarrollarse alrededor de una agenda concreta y no concebirse al margen del fortalecimiento del MERCOSUR.
Al igual que Europa pensó la comunidad del carbón y del acero, Sudamérica debe pensarse en términos de buscar una solución a sus problemas energéticos por medio de la creación de un vasto tejido infraestructural que conecte físicamente a sus pueblos.
La Argentina viene impulsando la integración energética en la región a través de diversos proyectos que se encuentran en proceso de negociación. Uno de ellos es la integración con Bolivia a través de la construcción del Gasoducto del Noreste Argentino que posibilitará el abastecimiento tanto de la Argentina como de Paraguay, Brasil y Uruguay. Este proyecto se encuentra actualmente en proceso de negociación entre las autoridades energéticas de ambos países.
Otro de los proyectos es la construcción del gasoducto desde Camisea en Perú, que integraría a Chile, Perú, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Se trata del proyecto de unir Camisea con Tocopilla (Chile) y, posteriormente, de usar en sentido inverso los ductos que están en el norte de Chile hacia nuestro país. Ello implica la reactivación del trazado del GNEA desde Bolivia, que se conectaría con Brasil y Uruguay. Ambos proyectos requieren una inversión cercana a los US$ 2.500 millones.
La Argentina los ve a ambos como complementarios, ya que permitirían unir las reservas gasíferas de los países del cono sur. En este sentido, para la Argentina la concreción de estos proyectos de integración energética son un objetivo de primer orden. Por un lado, permitirían superar definitivamente la posibilidad de escasez energética y, por el otro, nos permitirán constituirnos como un actor central de la integración energética regional gracias a nuestra ubicación geográfica.
Desde el punto de vista de la integración regional, la integración energética se presenta como uno de sus principales ejes de la Comunidad Sudamericana de Naciones.
Me parece que la Comunidad es también una oportunidad para fortalecer nuestra relación con Chile dentro del espacio regional. Los caminos que ha tomado nuestro vecino para relacionarse con el mundo exigen que le pongamos una atención especial. Tenemos que buscar métodos de articulación política con una sociedad cuyos éxitos en materia económica y de fortalecimiento democrático son innegables y que, como tal, debe ocupar un lugar central en nuestra agenda.
Tanto el MERCOSUR como la incipiente Comunidad Sudamericana tienen un gran desafío en el desarrollo de un tejido autónomo de solidaridad y solución de conflictos políticos. No puede haber integración exitosa en el marco de estados débiles, sociedades fragmentadas o economías precarias. El abordaje conjunto de los diversos contenciosos territoriales que atraviesan la región podría ser uno de los sentidos más inmediatos de una iniciativa como ésta.
¿Qué se puede decir del ALCA y el acuerdo MERCOSUR – UE, las dos importantes negociaciones en las que Argentina ha estado inmersa? ¿Por dónde debemos continuar?
En relación al ALCA, me parece que hay que continuar la estrategia que hemos desarrollado hasta ahora: dar una discusión sensata y realista que contemple equitativamente los intereses de todos los potenciales firmantes, en lugar de apresurarnos a firmar un acuerdo que termine siendo inoperante o contraproducente.
Hay que entender que si bien no sostenemos un discurso de oposición automática a los Estados Unidos, tampoco puede esperarse que Argentina utilice la relación con ese país en contradicción con su prioridad estratégica: la integración regional. Por eso, lo que tenemos que buscar es fortalecer la unidad regional para dialogar en mejores términos con todos los países. Debemos pensar el ALCA siempre desde el MERCOSUR.
Lo mismo ocurre con la Unión Europea. Tenemos mucho terreno por avanzar si despejamos con prudencia y profesionalismo los obstáculos que aún detienen el acuerdo. La existencia de trabas arancelarias y pararaancelarias para nuestras exportaciones, particularmente las de productos agrícolas y agroindustriales, sigue siendo el problema principal a resolver: nuestro país y el MERCOSUR vienen haciendo propuestas sensatas y confiamos en que las negociaciones culminarán satisfactoriamente.
Hablemos de nuestra industria nacional y su inserción en el mercado exportador. Durante los dos últimos años ésta se recuperó ligeramente. Sin embargo, a pesar de la devaluación y la mayor competitividad, las exportaciones siguen muy ligadas al sector agrario o están reducidas a un número limitado de empresas. ¿Qué se puede hacer para modificar esa situación?
No estoy tan seguro de compartir ese punto de vista. Hay algunos datos duros que lo refutan. El año pasado, a una base de 5 mil empresas exportadoras se añadieron 2.500. Eso quiere decir que, hacia finales de 2004 teníamos 7.500 empresas exportadoras. Cuando uno analiza las compañías que se sumaron a ese sector se da cuenta que éstas fueron básicamente de servicios o tecnologías. En casi todos los casos estamos hablando de generadores de valor agregado, no de commodities.
Hay que ver también que ese crecimiento se produjo en un país sin crédito externo ni interno. Si bien es cierto que en términos cuantitativos la franja más grande de la exportación tiene que ver con productos primarios o alimenticios elaborados, también es verdad que en un tiempo más, cuando crezca la agregación de capitales y se estabilicen algunas variables, la situación va a continuar cambiando.
¿Cuáles son los principales desafíos que enfrentamos como nación en el terreno comercial?
Tengo la firme convicción que para avanzar hacia el país que queremos necesitamos una agresiva diplomacia comercial. La gran paradoja de los noventa fue que, aunque el país predicaba el credo de la “apertura económica”, el porcentaje de sus exportaciones sobre el producto bruto estaba entre los más bajos del mundo. El desafío de hoy es ocupar los espacios disponibles, aprovechar las oportunidades y desarrollar nuestro potencial exportador en volumen, calidad y diversificación para que confluyan en un proyecto de desarrollo productivo.
Necesitamos seguir promoviendo las exportaciones de los productos y de las empresas que hoy están a la cabeza del proceso exportador, pero a la vez –y vuelvo con esto a tu pregunta anterior--- tenemos que abrir nuevas franjas productivas e incorporar otros sectores económicos a las exportaciones, principalmente a las pequeñas y medianas empresas. No se trata de reemplazar a los grupos exportadores que hoy ocupan importantes posiciones, sino de agregar. Tenemos que pensar en sumar, no en desagregar.
El crecimiento de las exportaciones debe servir para forjar un país con un mercado interno más fuerte, con mayor industrialización y con un desarrollo más armónico que redistribuya la riqueza que hoy está fuertemente concentrada. Obviamente el MERCOSUR y la integración latinoamericana son los caminos ineludibles para avanzar en esa dirección.
No hemos hablado lo suficiente del papel de la sociedad civil. Sin embargo, en alguna de estas charlas hiciste algunas referencias al trabajo que se ha venido haciendo en la Cancillería con las organizaciones sociales. ¿Es viable plantear su participación en política exterior? ¿De qué forma podrá darse su participación en el futuro?
Es viable y altamente deseable. En la arena de las relaciones internacionales se juega una parte cada vez más importante de nuestro futuro como sociedad. El destino de muchos ciudadanos y de grupos sociales cada vez depende más de procesos de internacionales de negociación.
La política internacional ha dejado de ser monopolio de los Estados. Hoy todas las organizaciones de la sociedad hacen política internacional, sean empresas, sindicatos, cámaras empresariales, partidos políticos, organizaciones de defensa del medio ambiente, iglesias o medios de comunicación.
Tenemos que articular todo cuanto sea posible esa vastísima red de iniciativas que atraviesa sistemáticamente las fronteras de los países. Debemos escuchar, informar, explicar y debatir; hacer política con la sociedad civil.
En la Cancillería iniciamos un trabajo de articulación con las organizaciones sociales, en el sentido más amplio del concepto y nos hemos esforzado por informar a la sociedad sobre todos los procesos de negociación comercial que se llevan a cabo.
Una de las iniciativas más importantes en ese sentido fue la creación del Consejo Consultivo de la Sociedad Civil, un espacio de diálogo en el que participan cerca de 800 organizaciones sociales, desde cámaras empresariales, organizaciones profesionales y académicas, universidades, sindicatos y organizaciones no gubernamentales que se organizan en comisiones, donde se promueve la información, la capacitación y la organización.
Me llama mucho la atención que en una época en la que los jóvenes suelen rechazar la política, a través de una comisión de juventud, al interior de ese Consejo, logramos la conformación de una red de más de 500 organizaciones juveniles de todo el país, 70 de las cuales participan muy activamente.
En varias ocasiones las comisiones del Consejo Consultivo se han reunido con los responsables de negociar los distintos acuerdos comerciales. En estos espacios se distribuye información, se convoca a reuniones y se llevan a cabo consultas puntuales sobre los temas de interés de la sociedad civil.
Creo que esfuerzos como estos deben fortalecerse en los próximos años como parte de un nuevo concepto de democracia en el que la participación popular sea un elemento dinámico y creador.
En innumerables ocasiones has hablado de la necesidad de garantizar la continuidad del Estado. Me parece que aquí hay un reto importante, que también hace a la política exterior, y es necesario analizar. ¿Por qué sufrimos en la Argentina esa falta de continuidad en las políticas?
Uno de los grandes problemas que hemos tenido como país es precisamente que al llegar a un puesto público, los funcionarios suelen privilegiar una visión fundacional. Ya entre los años cuarenta y sesenta mi abuelo paterno lo advertía. En su libro póstumo, escribió: “(...) es un hecho innegable que la Administración pública sufre las consecuencias del predominio de partidos que, llegados al gobierno, convierten a esa administración en botín de guerra” .
Esa práctica nociva de la que hablaba mi abuelo no ha desaparecido. En la tabla de elementos periódicos del funcionario recién llegado muchas veces sigue figurando la necesidad de dar a la gestión un “rasgo propio”, a través de cambios insustanciales como los “atributos de imagen”; el desembarque de un nuevo “staff” --como si para asumir una Secretaría de Estado hiciera falta una guardia de corps adscrita a la persona del monarca-- o los cambios, interinatos y traslados del personal histórico como si hubiese sido delito haber formado parte de la gestión anterior.
Cualquier especialista en recursos humanos sabe que, sea cual fuere el organismo de que se trate, no podrá lograr sus objetivos si no cuenta con la participación y compromiso del personal que lo integra. Ninguna organización o sistema puede ser mejor que el personal que allí se desempeña.
¿Se ha tomado algún recaudo para que, cuando este Canciller abandone su actual responsabilidad se garantice la continuidad de las políticas a las que ha dado curso?
Creo que en un país en transición, como el nuestro, nadie puede garantizar que estos vicios que he señalado no ocurran cuando yo deje de ser Canciller y que, quien me suceda, decida no dar continuidad a las grandes líneas a través de las cuales hemos interpretado el pensamiento del Presidente. Ahora, creo que no hay mejor recaudo para garantizar la continuidad que la elocuencia en el resultado de una política. Cuando uno toma una decisión que tiene un consenso interno y un consenso externo no es sencillo cambiarla.
9
NOTICIAS QUE MATAN
De la crítica y los medios de comunicación.
“Un buen periódico es una nación
hablándose a sí misma”.
Arthur Miller
Vamos a dedicar parte de esta charla a la crítica en su sentido más amplio. Tanto aquélla que se ejerce desde la oposición al gobierno, como la que proviene de los medios de comunicación y la intelectualidad. Sabemos que no hay Estado democrático sin derecho a la información y sin una ciudadanía capaz de ejercerlo libremente. Me gustaría que comenzaras por definir cuál es el papel de la crítica en una sociedad y el valor que le das como político.
Me parece que, como bien decís, la crítica tiene un valor muy importante en toda sociedad democrática. John Stuart Mill, en su obra On Liberty, sostiene que toda censura conspira contra el conocimiento de la verdad, porque la búsqueda de la verdad es un proceso contradictorio al que contribuyen inclusive las opiniones erróneas.
En la Argentina hemos conocido la censura de regímenes antidemocráticos, mal haríamos en no aprender de los costos de esas terribles experiencias. Como ciudadano y como político valoro la crítica porque aprecio el mundo de las ideas y porque, a mi modo de ver, no se puede hacer política de otra manera.
Camus tiene una frase muy linda que dice que las ideas equivocadas casi siempre se pagan con sangre, casi siempre sangre ajena. Me parece, entonces, que hay que tener las ideas muy claras y que para aclarar las ideas no hay nada mejor que un debate orientado por la crítica racional y constructiva.
Como funcionario público nunca he dejado de ser consciente que soy un emisor de decisiones que tienen consecuencias sobre la ciudadanía. Por lo tanto, siempre habrá cuestiones que no serán compartidas. Creo en la crítica, creo en el sano papel de una oposición constructiva y creo en el papel de los medios de comunicación. El diálogo que sostengo permanentemente con éstos y otros interlocutores de la sociedad, me nutre intelectualmente y me enriquece como individuo.
En principio –como cualquiera- prefiero no ser criticado. Creo que a nadie le gusta. Como decía Suzan Wiener, a la mayoría de la gente le gusta la critica, siempre y cuando esté dirigida a otros. Sin embargo, me parece que, por más que duela, la crítica siempre es útil. Más aún cuando se utiliza para que quienes toman las decisiones las piensen mejor.
¿En qué condiciones la crítica se torna negativa?
Para mí, la crítica se desvirtúa cuando deriva y se agota en la descalificación personal. Al centrarse en individuos, obliga a rumiar sobre sus humores, en lugar de discutir sobre ideas y soluciones. Siempre he pensado que las palabras son acciones y tenemos una enorme responsabilidad en lo que decimos, independientemente de cual sea el uso que les demos. Hay una interesante definición de Horacio Verbitsky sobre el periodismo:
“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces ”.
Coincido con esta petición de principios y con que se ejerza de dicho modo la profesión. Estoy de acuerdo en que se haga saber al interlocutor que quien habla no es un amigo, y también que se exija de la profesión equidad y documentación.
Pero una crítica que yo le hago a nuestros generadores de opinión, sean políticos, periodistas o intelectuales, es ese afán de interesarse más por quien emite un mensaje que por el mensaje mismo. A veces pareciera que algunos están más pendientes del individuo que de su cerebro. Entonces vienen las denuncias ruidosas, el lenguaje apodíctico, la lluvia ácida de palabras irrefutables que sólo el tiempo puede disipar porque frente a su irracionalidad no hay réplica posible.
Me preocupa este vicio de nuestra sociedad porque hace que la comunicación se vuelva discordante y sin sentido. Una idea no puede ser condenada sólo porque se le ha ocurrido a determinada persona o porque es otro quien habrá de ponerla en práctica. En esa lógica, los rasgos de carácter de los funcionarios públicos –lo que el mexicano Daniel Cosío Villegas llamaba “el estilo personal de gobernar”— se vuelve una cuestión de Estado. No puede ser así porque el debate público se simplifica hasta la trivialidad, se detiene nuestro desarrollo democrático y nos empobrecemos como sociedad.
Supongo que estás pensando en figuras de la oposición como Elisa Carrió...
No pienso sólo en ella. Te repito, es un problema que tenemos como sociedad. Carrió no se salva, tal vez sea uno de sus más fieles representantes. Por ejemplo, las críticas que me ha hecho a mí, son fundamentalmente personales. ¿O acaso alguien la ha escuchado polemizar conmigo sobre el futuro de la política exterior o cuestiones sustantivas para el país?
Voy a contarte una anécdota: A finales de 2004, por ejemplo, cuando fue invitada a disertar en las aulas del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), ante un público conformado en su mayoría por diplomáticos y aspirantes a serlo, les informó que eran “uno de los grupos más humillados de la Argentina, víctima de la omnipotencia de la ignorancia y la vulgaridad extrema”.
Lo que hizo es preocupante porque, en mi carácter circunstancial de Canciller a quienes se dirigía era a mis subordinados; yo venía a ser su anfitrión y ella me estaba insultando en mi propio lugar de trabajo. Sus dichos, además, resultaron falaces porque quien afirma --como ella lo hace--, que en diplomacia “las formas son sustancia”, no puede infringirlas como lo hizo. Debo decirte que los presentes la escucharon con mucha paciencia...
Pero lo que más me preocupa, lo verdaderamente injusto, e incompatible con la ética de una “leal oposición”, es que Carrió haya desperdiciado una vez más esa oportunidad para debatir sobre la política exterior y sus contenidos, más que sobre sus estados de ánimo y las formalidades de la diplomacia.
Me hubiera gustado saber, por ejemplo, si está a favor o en contra de la profundización del MERCOSUR; si hubiera firmado o no el acuerdo con la Unión Europea en el estado al que habían llegado las negociaciones o de qué modo hubiese incrementado con China las relaciones comerciales Sur – Sur. En lugar de eso, su “crítica” se limitó a la afirmación de que el gobierno “atropella” el ceremonial y el protocolo.
Me interesa escuchar tu punto de vista frente a esa crítica a las formas protocolares de este gobierno, que no sólo es recurrente en Carrió. También es la crítica que ha hecho López Murphy y la que suele hacer la derecha.
Hay que entender que protocolo, diplomacia y servicio exterior no son la misma cosa. Los cánones ocupan un lugar importante en la práctica de la diplomacia, pero no son en sí mismos “la diplomacia”. La diplomacia es un instrumento fundamental de la política exterior, a la cual sirve y de la cual depende.
Es posible que el protocolo haya sido relegado en algunas oportunidades. Sin embargo ha sido por razones fundadas, no por veleidades. Sería deseable –es cierto- que las buenas razones vayan conjugándose de manera tal que no se repitan situaciones en las que haya que forzar las reglas ceremoniales, pero lo que pido es que no perdamos de vista lo que realmente es importante de nuestra relación con el mundo.
Alguna vez un articulista al que respeto mucho criticó que yo hubiera utilizado la palabra “harto” para replicar a las declaraciones que hizo Roger Noriega . A juicio de este periodista, lo mío había sido un “arrebato emocional”. No desprecié en absoluto sus comentarios, pero me pareció importante explicarme mejor.
Le contesté entonces que la expresión “harto” no fue producto de un arrebato emocional y que había tenido doce horas para pensarla, antes de encontrar que era el mejor espejo de la verdad. Para mí, la expresión estaba plenamente justificada dado el tenor de las declaraciones que había hecho el funcionario, cuya intromisión en los asuntos de la Argentina se había repetido en varias ocasiones.
“Harto” es una expresión nítida y concisa. Me parece que para la buena diplomacia la forma --y en especial el lenguaje-- es útil, sólo, si refleja mensajes que no induzcan a errores de percepción. De otra forma, me parece que la claridad debe ser la regla.
Eso es especialmente importante hoy, en una época en la que la velocidad de la comunicación solapa ambigüedades transformándolas en un equívoco a la postre. Cuanto más alto es el nivel de un funcionario, más claro y directo hay que ser. Para mí, eso no está reñido con la buena diplomacia. Pero la ambigüedad y la falta de sustancia sí lo están.
Cuando Nikita Kruschov golpeó con su zapato la banca de las Naciones Unidas, estaba dando un mensaje claro sobre procedimientos que se venían utilizando en desmedro de los intereses de su país. Si bien el gesto pareció formalmente rústico, el contenido fue comprendido, los problemas se enmendaron y la historia reivindicó lo que pareció un exabrupto. Desde ya que no estoy proponiendo que la historia pase por un golpe de tacos, pero si un zapatazo no empeora los intereses nacionales frente a la Historia, hay que darlo.
Hay ejemplos nuestros también. En 1985, en el jardín de la Casa Blanca, Raúl Alfonsín le replicó a Ronald Reagan frente a una multitud. América Central se encontraba “bajo el volcán”, como aquella memorable novela de Malcolm Lowry, y los “contras” eran el instrumento elegido por una política sin duda equivocada.
Alfonsín visitaba oficialmente Washington, cuando su anfitrión explicó esa política de injerencia y le contestó con convicción, energía y respeto. Para algunos pareció un arrebato emocional. Para su destinatario, el presidente Reagan, no fue ni rimbombante ni grandilocuente, sino claro: el mensaje del Presidente argentino fue, tal vez, una de las primeras señales de que el camino elegido no era el adecuado.
Creo que la respuesta que di a Noriega debiera medirse por la oportunidad, la franqueza y la claridad del mensaje que intenté enviar. Sin estos elementos, el contacto entre los países y sus circunstanciales representantes pierde sentido. Insisto, me parece que una buena diplomacia requiere de buenos canales de comunicación que no induzcan a error. Lo que necesitan hoy países socios y amigos para comunicarse adecuadamente son andariveles maduros y respetuosos.
Hablame de la relación con los medios de comunicación durante los más de dos años que has sido Canciller.
Creo que la relación con los medios ha sido respetuosa y buena en la mayor parte de los casos, no sólo con los medios nacionales, sino también extranjeros. En mi oficina no hay una sola carta que llegue que no se conteste. Yo mismo he respondido por lo menos doscientas cartas a periodistas y editorialistas, sea de forma abierta o de modo personal, para responder a críticas, para hacer precisiones o para aclarar sus propias inquietudes.
Algunos creen que un ministro no debe gastar su tiempo en escribir cartas, otros creen que, al hacerlo, sólo hace que las polémicas crezcan. Yo no pienso así. Me parece que si uno toma una decisión y está convencido que es la correcta debe explicarla y defenderla frente a cualquier ciudadano y de la forma que sea. Eso nunca será una pérdida de tiempo ni una “estrategia política inadecuada”.
Ahora, hay una cuestión que me parece importante señalar: todo el tiempo, la sociedad y los medios nos piden a quienes tenemos la responsabilidad de conducir alguna área del Estado Nacional, eficiencia y rigurosidad en nuestra tarea. Me parece muy bien que así sea, es un derecho de todos los ciudadanos, pero es también una obligación. Siento que los periodistas deberían tener la misma eficiencia y rigurosidad a la hora de informar. Y eso no lo siento sólo como Ministro, también lo siento como ciudadano.
En un libro muy interesante de Janet Malcom, “El periodista y el asesino”, la autora –refiriéndose a un modo del periodismo que es la redacción de obras no ficcionales- dice:
“(...) el autor de obras no ficticias es sólo un inquilino que debe atenerse a las condiciones de su contrato de arrendamiento, el cual estipula que debe dejar la casa –y su nombre es la realidad- tal como la encontró. Puede llevar a ella sus propios muebles, y disponerlos como le guste (el llamado nuevo periodismo se ocupa de la disposición de los muebles) y puede oír su aparato de radio tranquilamente. Pero no debe modificar la arquitectura fundamental de la casa, ni alterar ninguno de sus rasgos arquitectónicos”.
“El autor de una obra no ficticia está sujeto a un contrato con el lector y por ese contrato se limita a tratar sólo acontecimientos que realmente ocurrieron y personajes que tienen su réplica en la vida real; pero no puede embellecer la verdad de esos acontecimientos o de esos personajes” .
Tengo que decirte que con frecuencia veo en la tinta a un hombre que lleva mi nombre pero no soy yo, que protagoniza acciones que no he protagonizado, relatadas con un lujo de detalles tal que las hacen verosímiles aunque jamás hayan sido verdaderas.
¿En alguno de los aspectos que toca a la relación con los medios sientes que te has equivocado?
Creo que mi error permanente ha sido y es esperar que los temas de política exterior sean tratados con la debida profundidad. Eso en ocasiones me frustra y me enoja y lo he llegado a evidenciar. Me parece que debería saber previamente que es muy difícil obtener hondura en la prensa.
Comunicar es una tarea complicada, más aún cuando los mensajes son intelectualmente complejos, ¿no te parece?
Sí, pero creo que hay que luchar contra eso. Hay que combatir el aplanamiento que se está dando en el nivel de conocimiento global de la sociedad porque eso también modela sus expectativas. Todos los países –aún los desarrollados—tienen prensa amarillista, pero también hay una prensa que no lo es. Me parece que toda nación debe tener una razonable proporción de prensa seria.
La función del periodismo es la crítica porque se supone que el propio ejercicio de ésta hace a la democracia. En nuestro país, la prensa jugó un rol importante en la transición democrática, incluso en la condena pública del menemismo…
Como te decía, yo no me opongo a la crítica, a lo que me opongo es a la crítica aviesa y ramplona que llega a lo ordinario. No niego que nuestro periodismo haya jugado un importante papel en otros momentos, pero también creo que hoy es imprescindible elevar el nivel del debate.
¿Cómo juega la llegada de un gobierno con una escasa legitimidad de origen con los medios de comunicación?
Creo que la escasa legitimación es una cuestión formal porque de cualquier forma hay una legitimidad democrática de origen y, no menos importante, una legitimación de ejercicio que hoy es infinitamente mayor. Es cierto que para un gobernante que tiene toda la prensa en contra es muy difícil la gobernabilidad democrática. El más claro ejemplo de ello es De la Rúa. El efecto de toda la prensa que forma opinión y remarca permanentemente las debilidades de un Jefe de Estado –sean o no ciertas— tiene repercusiones en la gobernabilidad.
¿Es intolerante el gobierno con las críticas de la oposición o de los comunicadores?
Resulta un poco asombroso que un país que ha pasado por décadas de negación de sus libertades esenciales, de persecuciones y de crímenes esté situando la supuesta intolerancia de este gobierno como punto de la agenda. En nuestros diarios, noticieros y programas periodísticos se pueden encontrar todo tipo de puntos de vista, algunos muy críticos y otros incluso ofensivos frente al gobierno. Todo esto es parte de la democracia y de la libertad de prensa que es una conquista central, no de este gobierno ni de ningún otro, sino de la sociedad argentina.
¿No es un poco obsesivo este gobierno en su trato con los medios?
Este gobierno es obsesivo en dos cosas: primero, en el trabajo de gobernar para la recuperación del país y, segundo, en su comunicación con la sociedad. Estamos en un momento muy complejo, después de haber pasado por la más grave crisis de nuestra historia. Las demandas insatisfechas son enormes e imposibles de satisfacer en los tiempos en que muchos quisieran. Por eso es importante hablar con la gente y aclarar lo que pueda ser confuso. El Presidente siempre dice que una decisión que no se pueda explicar es una decisión que no hay que tomar. Por eso se presta una atención central a los medios de comunicación.
Te parece que habría que regular algún aspecto relacionado con los medios?
En principio, no estoy a favor de una regulación externa de ningún tipo sobre los contenidos de los medios de comunicación. Creo, sí, como ciudadano, que tenemos que aspirar a una madurez en los medios masivos y a una asunción de sus propias responsabilidades frente a nuestra democracia. Soy muy crítico de mucho de lo que se dice, se muestra y se escribe en los medios pero eso no tiene nada que ver con la libertad de prensa. La prensa tiene derecho a criticar y el mismo derecho tiene el gobierno de responder a esas críticas.
¿Pensás que los medios han tratado los temas de política exterior con la suficiente profundidad?
En general, la propia dinámica de los medios suele privilegiar lo coyuntural, aunque a veces no sea lo más importante o estratégico. La información hoy está cada vez más marcada por una dinámica vertiginosa, producto en gran medida de los avances tecnológicos. Me parece que ese un tema complejo que no tiene una respuesta fácil y que, en mi opinión, merece un debate público, pues los medios tienen una responsabilidad social.
Hace poco (agosto de 2005) me tocó dar una conferencia sobre la actualidad de América Latina, en la que compartí el estrado con Chacho Álvarez y con Luis Maira, actual embajador de Chile en Argentina. La exposición de Maira fue sencillamente excepcional, con una profundidad y una claridad expositiva deslumbrantes.
El hecho fue cubierto por una gran cantidad de periodistas, en un momento en el que había versiones de que yo abandonaría el cargo de Canciller para dedicarme a mi campaña como candidato a diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires. A la salida del evento, el periodismo se abalanzó sobre mí, no sobre Maira que era quien merecía que se le prestase atención, y me preguntaron sobre las “versiones” que corrían acerca de mi “inminente renuncia”.
Nada les resultó interesante de lo que se había dicho en ese recinto, sino lo que sucedía entre los pasillos del palacio. Creo que casi todos los hombres públicos pueden referir anécdotas semejantes. Lo que quiero subrayar es que cuando uno no quiere dos no pueden. Hace falta una curiosidad comparable para que la noticia sea algo más que una instantánea.
Me interesa tu visión sobre la prensa argentina. ¿Qué más te parece criticable?
La ausencia de una mirada más amplia sobre lo nacional. Falta ver el vínculo con otros países con un sentido más patriótico y pensar en la defensa de nuestros intereses. Frente a cualquier conflicto que involucra a la Argentina con otro país se tiende a adoptar casi de forma automática la posición del otro. Distinto de lo que ocurre en países vecinos como Brasil o Chile, en la Argentina el intento de ser objetivos sitúa a algunos medios en la vereda de enfrente.
Durante enero de 2005, por ejemplo, la Argentina tuvo un papel muy importante en la Presidencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sin embargo, la prensa puso muy poco interés en los temas que allí se trataron. Poco se habló de cuestiones tan relevantes como la de Haití, donde se logró asegurar que Naciones Unidas le diera una alta prioridad al tema y permaneciera allí el tiempo necesario.
Casi nada se mencionó, por ejemplo, de la resolución adoptada por unanimidad para extender el mandato de las fuerzas de paz en el sur del Líbano; de lo que se dijo sobre la situación en Medio Oriente, Sudán, Afganistán, Cote D’Ivore o el desastre humanitario en varios países africanos.
El editorialista de un semanario político, minimizando la cuestión, escribió algo así como que yo había “presidido algunas semanas el Consejo de Seguridad”. Me parece que no tenía la más mínima información al respecto porque de otra forma no se hubiera expresado así del esfuerzo diplomático que la Argentina hizo durante el mes que presidió el Consejo de Seguridad.
La Argentina no siempre es vista de forma positiva en el exterior. ¿Cómo ha sido tu relación con la prensa de otros países?
La relación ha sido cordial. He recibido a los corresponsales en varias oportunidades para abrir el diálogo en todos los temas de su interés, e incluso en algunos viajes he sostenido encuentros edificantes con los medios internacionales.
Es difícil hacer desde afuera un esfuerzo serio por entender a la Argentina y sus problemas. Aún así me parece que hay varios corresponsales que viven en Buenos Aires, con quienes tenemos mucha relación, que han hecho un esfuerzo importante por acercarse a nuestra realidad. Muchos de ellos han hecho un trabajo minucioso y serio.
Lo que he tenido son diferencias puntuales con algunos editorialistas que, desde el desconocimiento y la desinformación, hacen críticas con ligereza sin conocer de dónde venimos ni en qué proceso nos encontramos. En varias oportunidades les he respondido. Me parece que es importante hacerlo porque es la imagen de nuestro país la que se está jugando.
El caso más reciente del que puedo hablarte fue el de Mary O’ Grady, una columnista del Wall Street Journal que en una nota afirmaba que Argentina era un “santuario de terroristas extranjeros”, que se parecía a Arabia Saudita antes del 11 de septiembre y que el gobierno de Kirchner era “una secta de ultraizquierda antiestadounidense”.
La infame acusación de O’ Grady pretendía encontrar sustento en el rechazo de la Corte Suprema a extraditar al etarra Jesús María Lariz Iriondo. Respondí a la periodista, a través de una nota publicada en La Nación, en la que aclaré sus inexactitudes y sus prejuicios. Traté de explicarle, además, que se trataba de la decisión de un poder judicial independiente.
Mi réplica mereció varias contrarréplicas y algunos diarios argentinos también se involucraron en la cuestión, volcándose a favor de los argumentos de O´Grady, en esa peculiaridad de algún sector de nuestra prensa que no es proclive a mirar a través del interés nacional, como hablamos antes. A final de cuentas, ellos se quedaron con la última palabra. Ya lo decía Jacobo Timmerman: “Nunca discutas con un diario; él podrá seguir discutiendo contigo mucho después de que se te hayan pasado las ganas de hacerlo”.
La verdad es que después de un cierto tiempo de cumplir una responsabilidad como esta uno aprende a detectar de inmediato cuándo un artículo es el resultado de la información que se tiene a la vista, y cuando de una opinión formada de antemano, frente a la cual la información no es del todo relevante.
Te puedo contar el caso de un articulista chileno que sistemáticamente actuaba de esa forma. Sus notas no sólo eran infundiosas, sino también ofensivas para la moral de los argentinos. A raíz de la crisis energética, su actitud fue empeorando. En una ocasión llegó a comparar la política exterior del presidente Kirchner con la de Leopoldo Galtieri, llamó a nuestro gobierno antichileno y afirmó que Kirchner representaba una “amenaza regional”.
El tema era recurrente en las cenas con mi esposa. Yo creía que tenía que morderme los puños y no responder públicamente a sus afirmaciones, hasta que mi mujer me sugirió recordar una vez más ese género que ha dado grandes aportes al mejoramiento del sentido estético de la condición humana: la epístola.
Así, le transmití mi pesar por pensar por una opinión que planteó en relación a que nuestro gobierno no era generoso con Chile o que teníamos un sentimiento enconado hacia su país. Recurrí a un poema de Montale para transmitirle el sentimiento profundo que me une a Chile y a sus habitantes, una admiración que tuve antes de este cargo circunstancial y que seguiré teniendo después.
Le expresé que comparar un conflicto armado como el de Malvinas con un problema puntual, a cuya resolución están abocadas nuestras máximas autoridades nacionales, resultaba insultante. Más aún, remontarse a la trágica etapa del autoritarismo, en cuyo marco las relaciones bilaterales entre nuestros países se habían planteado en términos de recelo mutuo e hipótesis de conflicto, lo que era desmerecer el punto de inflexión que marcó en nuestra región la recuperación de la democracia.
Le expliqué que la crisis energética argentina se debe a que, luego de más de una década de desinversiones y destrucción deliberada de nuestra infraestructura, pocos imaginaban un crecimiento productivo tan veloz como el que hemos alcanzado en el último año. Esto no nos permitió acompañar ese crecimiento con la premura y los recursos que ameritaban su potencial desarrollo.
Discutimos este y otros temas en varias cartas. Nunca logramos ponernos de acuerdo, pero creo que al menos ganamos en un cordial entendimiento de las razones que nos llevaban a pensar como pensábamos.
Al final, la conversación ya tenía un cariz amistoso. Él le enviaba agradecimientos a mi esposa por convencerme de escribirle y aseguraba que no pretendía ni por un minuto perturbar mis cenas y que se sentiría mucho mejor si pudiese alegrarlas. Era un tipo con sentido del humor, una persona mejor de lo que mostraban sus notas.
10
RÉQUIEM POR UN SUEÑO
De la Argentina que viene
“El mejor poeta del pasado es el futuro”.
Lord Byron
Al principio de estas charlas decías que Argentina está en un momento de transición en diversos ámbitos. ¿Te parece que se podría pensar en un acuerdo similar al Pacto de la Moncloa español que pudiera dar certidumbre y rumbo a esa transición?
El Pacto de Moncloa --como decía un legislador español-- fue un momento de inspiración colectiva. Me parece que no estamos en una situación así. España venía de largos años de una asfixia cultural. Sin embargo, el mismo régimen que los había sofocado les había dado prosperidad económica. Era la nueva versión de la paradoja de “las dos Españas”.
Chile es un caso parecido. Arrancó económicamente en los ochenta, pero sólo logró hacerlo políticamente con la Concertación. Como decía antes, con materiales parecidos de tragedia, algunos países construyen un futuro promisorio y otros seguimos trabados en dirimir conflictos que no terminamos de digerir.
En el libro de David Landes, al que me referí al principio de estas charlas, el autor se pregunta porqué unas naciones son ricas y otras pobres. Su conclusión es que a las que les ha ido bien es porque tienen paciencia y constancia. Creo que Argentina también tiene una lección para aprender de eso. Nosotros vivimos bajo el mito del eterno retorno porque nunca terminamos de cerrar un ciclo y porque en términos políticos nunca se ven claramente ganadores y perdedores. Acá los únicos perdedores claros son los que se mueren de hambre.
Volviendo a la pregunta que me hacías, me parece que para que hubiese en la Argentina un pacto como el de la Moncloa tendría que haber una clase política y una oposición sin tanto apetito inmediato de poder. La política tiene ser un poco más generosa con la vida y los políticos tienen que entender que hay otra vida fuera del poder público; que se puede escribir, leer, reflexionar, ejercer una profesión, estar con la familia, qué sé yo...
Todas esas cosas enriquecen mucho al individuo, le permiten oxigenar sus ideas y lo mantienen conectado a la realidad. Llega un punto en el que la administración pública embrutece. Hay algunos individuos que están obsesionados en que los demás piensen que ellos podrían hacerlo mejor que quienes lo hacen bien.
A partir de su primer año, la gestión de Kirchner comenzó a ser blanco de muchas críticas. Una parte de la oposición ha sido especialmente aguda. ¿Cuáles son a tu juicio los principales avances de este gobierno?
A mi modo de ver la mesa de nuestro gobierno se apoya sobre cuatro patas: la ausencia de corrupción sistémica (con eso quiero decir que las transacciones con el erario público no contienen por norma cuotas para el beneficio personal de los funcionarios que intervienen en ellas), la defensa de los derechos humanos, la responsabilidad en el manejo económico y la correspondencia entre las palabras y los hechos.
Estoy convencido de que este gobierno no está donde está para mejorar la situación patrimonial de sus integrantes. El manejo de la economía es el más serio de las últimas décadas y el fenómeno inflacionario está razonablemente controlado. Se ha recuperado el rol del Estado y se ha avanzado en su transparencia; hoy somos más creíbles como país; se han reducido los niveles de pobreza, indigencia y desocupación y se ha recuperado parcialmente el poder adquisitivo del salario.
Según el INDEC, el índice general de salarios que registra las variaciones, tanto en el sector público como en el privado, registró un aumento de casi 10% en términos reales entre mayo de 2003 y junio de 2005. De igual forma, la tasa de desocupación, que a principio de esta gestión era superior al 20% hoy se ubica alrededor del 12. Se han logrado crear cerca de 2 millones 500 mil empleos. El porcentaje de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza pasó –según el INDEC- de 54,0% en el primer semestre de 2003 a 40,2% y el de indigencia de 27,7% a 15%
Es verdad que esos avances son modestos, pero no dejan de ser virtuosos. Tengo la convicción de que este gobierno dejará al país y a sus habitantes mejor de como los encontró. Hoy tenemos que esmerarnos en fortalecer los procesos que hemos iniciado. Me parece que hay un tema muy importante que es la necesidad de que estos esfuerzos continúen, independientemente de quien gobierne.
En la Argentina no puede seguir existiendo ese fenómeno que se da cada vez que cambia un gobierno, donde el que llega quiere iniciar todo de nuevo. Tenemos que entender que cambiar no es empezar desde cero. Si hay una serie políticas que están dando resultando debemos garantizar que continúen a lo largo del tiempo. De otra forma de nada habrá servido el esfuerzo que hemos hecho todos.
Dame una opinión sobre la gestión de Kirchner como ciudadano, no tanto como canciller.
Honestamente, creo que no lo está haciendo mal. Me parece que es honorable reconocerlo. A algunos puede desagradarles el estilo, otros pueden no estar de acuerdo en ciertas cosas. Pero de ahí a decir que todo está mal, que va a venir el tercer cataclismo, el cuarto parto o la quinta nave de la dignidad -como pregona cierta oposición que tiene poco contacto con la realidad- hay una desproporción.
Las cosas no están como para salir a bailar a la vereda, pero estamos construyendo algo que hay que cuidar. Hoy vivimos en un país más digno. La gente tiene más seguridad en sí misma y ve que el largo plazo no es la cena. A lo mejor el plazo hoy es el final de mes, pero ya es un avance.
Para reconstituir la institucionalidad del país y reconciliar al Estado con la sociedad existen tres procesos: el primero es la esperanza, el segundo es la confianza y el tercero es la fe. Estamos pasando, todavía convalecientes, de la esperanza a la confianza. Si nos consolidamos en la confianza podremos tener fe en un proceso. Ahora, eso requiere de trabajo, tiempo y perseverancia.
Ya no se consiguen vanguardias iluminadas, cerró el supermercado que ofrecía líderes elegidos por la providencia, posgraduados en diagnósticos, salvadores de la patria, astrólogos con trucos especiales ni intérpretes de la oscura ruta que esconde la Historia. No hay espacio para la magia invocativa, nadie lleva de la nariz a nadie, no hay más flautista en hammelín.
Ya vimos que “síganme” era ir cantando alegremente hacia el bosque de la desigualdad y la exclusión. Nadie se hace feliz ni rico por decreto. Basta de pases de magia y de invocaciones tierra adentro, para dejar después el dinero tierra afuera.
Creo que hoy tenemos un Presidente capaz de ver más allá de los movimientos telúricos de la prensa de hoy, inventando las palabras que se dirán mañana. No estamos aquí para prometernos la tibieza del confort, ni excursiones -pagadas por nuestros nietos- al primero mundo. No hay espacio en Argentina para el populismo ladino ni para la modernidad de mercería barrial.
La oposición ha criticado algunas veces que este gobierno no tiene una política exterior.
Creo que cuando lean este libro se van a dar cuenta de que no es así. Este gobierno sí tiene una política exterior. Tal vez no sea la política exterior que algunos quisieran, pero es un hecho que esta gestión diseñó un conjunto de principios y una estrategia política para relacionarse con la región y con el mundo y la está siguiendo en la medida de sus posibilidades.
Ahora, hay que entender que la política exterior casi nunca puede sujetarse enteramente a una formulación elaborada de antemano. En última instancia, no hay que olvidar que es política. No está escrita en un manual que se puede seguir al pié de la letra. En el mundo de hoy, la diplomacia exige una capacidad para actuar de forma expedita frente a realidades cambiantes.
Te voy a dar un ejemplo: entre 1998 y 1991 el mundo enfrentó de forma acelerada algunos de los cambios más dramáticos del siglo XX. En una biografía de Condoleza Rice que leí hace poco ella cuenta una conversación que tuvo con Bush padre en la que éste le contaba como, al asumir el gobierno, ni él ni su equipo previeron remotamente los cambios que venían. En un periodo de dos años cayó el muro de Berlín y fue la Guerra del Golfo. El mundo cambió súbitamente. De poco sirvió la política exterior que se había formulado en el papel.
Mirá lo que cuenta ese libro:
“Algunos de los hechos más dramáticos y epocales del siglo XX ocurrieron en el corto periodo entre 1989 y 1991... ¿Podríamos ver lo que estaba por venir cuando nos hicimos cargo del gobierno? No, ni lo vimos ni lo hubiéramos podido planear... Aún así, en sólo tres años –histróricamente sólo un momento—la Guerra Fría había terminado” .
También se dice mucho que este gobierno no tiene un programa…
Sí, es una crítica que siempre hace la derecha. Siempre reclaman un programa porque para ellos el programa es el dogma. La verdad es que en el mercado de las ideas lo que sobra son programas. En el caso específico de la Argentina, no creo que tengamos una deficiencia de programas, sino de gestión. Como decía al principio de estas charlas, nuestro país está sobrepensado, pero subejecutado.
Llama mucho la atención porque hace una década, por ejemplo, cualquier economista del establishment se sentaba a discutir con uno del progresismo y el primero le hablaba con números, mientras el segundo le contestaba con ideología. Hoy, en cambio, es exactamente al revés: lo que se llama progresismo –con todo y lo pobre que es el adjetivo— fundamenta con hechos económicos, mientras que el sector conservador habla desde la ideología.
Casualmente, quienes hoy en la Argentina dicen que falta un plan son Macri, López Murphy, Patricia Bulrich… ¿Por qué dicen que falta un plan? Porque el plan que falta es el de ellos.
Sí, pero creo que la crítica va más allá. No se limita a una crítica de la derecha. Parece que a este gobierno le falta una visión estratégica…
¡¿Quién puede tener un plan estratégico que no sea sobrevivir cuando camina un campo minado?! Este es un gobierno de transición, como lo dice el presidente. ¿Cuál puede ser el plan estratégico del señor José García, cartonero de la calle Urquiza, si su largo plazo es la cena?
Hay un momento para reír y otro para haber reído. Al definir la forma en que estamos administrando esta transición estamos trazando una estrategia. Hoy estamos en un proceso de transferencia del poder real de un sector que se apropió de la renta de los argentinos a un proyecto multiplicador. En cierta forma, ahí hay una visión estratégica y de futuro que se irá consolidando a medida que culmine este proceso.
Otra de las críticas de la derecha es que hoy la Argentina está aislada del mundo. ¿Qué se contesta a eso?
Es un juicio ligero que no resiste la objetividad de los hechos. Me llama la atención, además, porque es la misma crítica que en España le hace Mariano Rajoy a José Luis Zapatero cuando, en junio de 2005, le criticaba su presunta “irrelevancia europea”. ¿Será qué siguen los mismos libretos?
Si nos atenemos a los hechos, el argumento del supuesto “aislamiento argentino” se cae solo. A penas entre octubre y noviembre del año pasado visitaron el país seis presidentes de la cuenca Asia - Pacífico. Desde que se inició esta gestión, el Canciller hizo viajes a 32 países y más de 100 destinos, lo que en distancia equivale a dar casi 20 veces la vuelta al mundo. El problema es que la Argentina hizo mal muchas cosas, pero no nos aislamos del mundo. Lo que ocurrió es que objetivamente habíamos perdido importancia relativa.
Se critica mucho al presidente por abrir muchos frentes de conflicto. Permanentemente se están generando toda suerte de éstos…
Puede ser que así sea. Sin embargo, me parece que no siempre debiéramos darle a la idea del conflicto una connotación negativa. La política de transformación requiere de un cierto grado de conflicto. Es difícil no ser conflictivo cuando se trata de dejar atrás lo que estamos dejando atrás.
Debemos aprender a convivir con la lógica del conflicto sin que ello nos genere demasiado desasosiego. En definitiva, un conflicto sabiamente manejado es indispensable para hacer posible una realidad distinta. Si la política es siempre confortable se vuelve conservadora. Es evidente que si queremos cambiar las cosas de manera estructural no podemos evitar ciertos conflictos.
Tenemos que dejar atrás ese miedo patológico al conflicto y aprender a pensar que el conflicto también tiene una lógica. ¿Cómo salir de la boca del volcán que durante años nos magnetizó para que hiciéramos lo que no debíamos, si no es con una fuerza de sentido inverso que nos permita hacer lo que es debido?
A ese proceso, los adoradores de las formas lo llaman “exceso de conflictividad”, y los asusta que haya “demasiados frentes abiertos”. No hay lugar para la cosmética aquí, ni tenemos tiempo. Es hora de poner fin a esa democracia taciturna. El conflicto sirve. No podemos negar temblorosamente su existencia bajo el paraguas de un forzado consenso. No debemos satanizarlo por mero ritual de confort, sino entenderlo para mejor administrarlo.
Tenemos que hacernos a la idea de que el conflicto estará entre nosotros por mucho tiempo y hay que hacer algo con él. Yo me pregunto, ¿y si el conflicto fuera la energía que necesita nuestra sociedad para dinamizar los cambios? ¿y si lo usáramos dialéctica, provechosamente? ¿Y si nos llevara hacia el futuro elegido en vez de hacia el pasado tan temido? Tenemos conflictos porque estamos cursando una bisagra de la historia.
¿Cómo concebís el futuro político de la Argentina?
La gran tragedia argentina –como ya hemos hablado en estas charlas-- es la discontinuidad. Los pueblos necesitan cierto tiempo de maduración. Cuando cortamos de forma abrupta y mudamos sistemáticamente de políticas, instituciones y planes económicos no logramos un verdadero aprendizaje. Entonces viene el desconcierto y comenzamos a razonar sin propiedad.
La viabilidad política de la Argentina tiene que ver con la continuidad de algunas políticas que son sanas. Hablo de una clara defensa del interés nacional, de disciplina en materia fiscal y de una clarificación progresiva de las reglas del juego.
En nuestras primeras charlas hablabas de la crisis de los partidos en la Argentina. ¿Qué te parece que va a ocurrir con éstos en los próximos años?
Me parece que es posible que los partidos conserven sus nombres y su identidad de origen, pero seguramente tendrán que cambiar muchas de sus metodologías como ocurrió en Italia o en España con partidos que se desgajaron y realinearon.
Dice Lawrence Durrell: “Cuando se arranca una flor la rama vuelve a su sitio, pero en las cosas del corazón no sucede lo mismo”. Creo que con la política pasa lo mismo. Nada tiene de malo que Kirchner y Duhalde, que tienen distintas ideas de construcción política, se enfrenten. Lo importante es ver cómo se enfrentan porque ahí está el juego de la democracia.
¿Te parece que es necesario crear nuevos partidos o coaliciones?
Hay más de mil partidos en todo el país, no creo que sea necesario crear más. Bien dice Sartori que la gobernabilidad no tiene nada que ver con el número de partidos, sino con la polaridad existente entre éstos. Si de la extrema izquierda a la extrema derecha la polaridad es corta –aún con mil partidos— el país es gobernable.
Nos guste o no, el señor López Murphy le ha rendido un servicio a la República al crear un partido conservador al estilo norteamericano, sin antecedentes golpistas. La izquierda todavía tiene pendiente esa asignatura. La gran deuda está en lo que se conoce como el campo “progresista”.
El futuro está en las coaliciones, sean éstas de centro-derecha o de centro-izquierda.
Supongo que esa es la lógica que inspira la creación del Frente para la Victoria...
Sí, la idea del Frente Para la Victoria es dotar a la Argentina de una gran coalición político-social para la transformación del país con un sentido de justicia social, de fortalecimiento y de ampliación de la democracia. Hoy hay quienes piensan que el peronismo por sí mismo --y con la sola reivindicación de su historia-- puede ser la solución. Están en su derecho, pero nosotros pensamos distinto. Se puede formar parte de una coalición como ésta sin abandonar los puntos de referencia de las culturas y tradiciones de cada uno de sus integrantes, sean peronistas, radicales o socialistas.
¿Por qué hoy ya no se habla de transversalidad?
Los artefactos de estrategia política no son utilizables en cualquier circunstancia. Hoy cambió la herramienta, aunque todavía persiste el objetivo de tener caras nuevas. Ahora, hay que entender que no todas estas caras pueden ser completamente nuevas. Estamos en un periodo de transición, no bajamos de Sierra Maestra, no estamos haciendo una revolución.
Lo que creo que va a pasar es que, hacia finales del gobierno de Kirchner, desde el campo nacional progresista, aparecerán alrededor de seis presidenciables y entre cincuenta o cien cuadros dirigentes de primera línea que sean potenciales ministros, relativamente nuevos en la política y con perfiles no necesariamente vinculados a aparatos partidistas; facultados para desempeñar las responsabilidades del Estado. El presidente trabaja decididamente para ello.
¿Se necesita una reforma política?
Tenemos un problema que no se resuelve exclusivamente con una reforma política. El problema central de la Argentina no es la carencia de normas, sino ausencia de ejecución y cumplimiento de éstas.
George Washington decía: “Yo sé que la constitución no es perfecta, pero mucho más importante que la perfección de la constitución es la perfección del cumplimiento de la constitución”. Tenía toda la razón. Creo que más que una reforma política, lo que importa en la Argentina es el sentido con el que se abraza la función pública.
Las primeras magistraturas romanas tenían tres características: eran colegiadas, anuales, y no reelegibles. En ello había una gran sabiduría. La colegialidad permitía que hubiese control, la anualidad que hubiese periodicidad y la no reelección evitaba el recurso de la demagogia o de otras prácticas políticas indeseables para permanecer en el cargo. Esos principios son totalmente vigentes hoy.
Me parece que uno de los aspectos más importantes que debiera atender una reforma política es que los funcionarios no se eternicen en los cargos para que la agenda de la política no sea sólo la de los políticos, sino la de toda la colectividad. Pero la reforma política no la van a conceder a la ligera los políticos sin un reclamo sostenido y propositivo de la sociedad.
En la Argentina, como ocurre también en varios países de América Latina, el Poder Legislativo es débil. ¿Cómo se puede modificar esa situación?
La debilidad del Congreso hoy tiene que ver fundamentalmente con la actitud de buena parte de quienes legislan en él. El Poder Legislativo se puede fortalecer desde muchos lados que no necesariamente pasan por la adopción de nuevas leyes. Pensemos que allí no sólo se legisla. Hay una serie de funciones que exceden ese ámbito y tienen que ver con la fiscalización, el control y la transparencia. Es necesario fortalecer esos mecanismos y darles plena aplicación.
Los parlamentos funcionan sobre la base del consenso. Si el nuestro ha tenido una menor presencia es porque quienes hoy representan una opción alternativa al Ejecutivo o son minoría o no tienen ganas de hacerse valer. Las herramientas normativas del Legislativo están a la mano. Ahora, también ésta es una función que requiere de mucho esfuerzo y constancia. Nuestro Congreso necesita modernizarse y ser caja de resonancia y contraste de pensamientos alternativos y de visiones nuevas.
Hoy parece una instancia alejada de la ciudadanía...
Cuando la política se divorcia de la ciudadanía no soporta su escrutinio. Creo que tenemos que lograr en el Congreso una vinculación real y efectiva con los actores de la vida cotidiana y la sociedad civil organizada.
Enrique V –como se puede ver en la película de Kenneth Branahg-- se disfrazaba de ciudadano y salía a las calles para preguntarle a la gente qué opinaba el pueblo acerca de él. Así medía sus actos como soberano. A comienzos de 2002, cuando hacía campaña, caminé por todos los barrios de la capital y me dediqué a escuchar a la gente. Lo enriquecedor de esa experiencia, más que lo que dije fue lo que aprendí. Nadie te puede explicar mejor los problemas de Villa Real como los que viven en Villa Real.
Hay que tirarse entre las patas de los caballos, como dicen en Chile; meterse en el entramado de relaciones y disputas locales. A mí lo que me encantó de esa campaña, más que los actos, eran las reuniones en las que me sentaba con sesenta vecinos a hablar de las problemáticas del barrio.
Decías hace un rato que el problema de la Argentina es la inobservancia de las normas. Sin embargo, el razonamiento lleva a pensar que todo depende de la voluntad de los individuos, lo que minimiza el rol de las instituciones, ¿no te parece?
Siempre lo que uno dice tiene que ver con la sociedad en la que lo dice. El nuestro es un país que ha vivido al margen de la ley. Todavía en la República Agentina los ciudadanos no están convencidos de que acatar las normas sea lo mejor para sí mismos. Ello se debe, en buena medida, a que durante muchos años la política y la dirigencia global así se lo hizo creer. Por eso creo que lo importante no es excluyentemente la norma, sino la persona que acata el complejo normativo existente.
Por ejemplo, ¿qué norma le falta a la Argentina en materia de combate a la corrupción? El tema no es aprobar una nueva ley para combatirla, sino que la que la sociedad y el poder se convenzan de lo que en otros países está muy claro: que la función pública es facultativa, no es para ganar plata, sino para ganarse el respeto y el cariño de los ciudadanos.
En la tercera parte de El Padrino, cuando Michael Corleone ya tiene todo el dinero que quiere, busca obtener el respeto que no consiguió de otra forma. Esa fantástica película muestra la perversión de un sistema en el que un individuo busca comprar aquello por lo cual no vivió.
Durante nuestras primeras conversaciones hablabas de lo que fue la Argentina hace más de 30 años y de los valores que deberíamos recuperar hoy. También hiciste alusión a ese conjunto de paradigmas culturales que han comenzado a transformarse. Después de haber alcanzado una negociación medianamente razonable para salir del default, ¿con qué perfil de nación debiéramos encontrarnos en los albores del siglo XXI?
Con una sociedad profundamente confiada en su capacidad transformadora, con gente de trabajo muy conectada con el mundo y con una amplia red de relaciones internacionales. Esperanza o Las Parejas son buenos ejemplos.
En Esperanza hay una empresa de cueros que se llama Sadesa Meiners, que exporta a China desde hace treinta años. ¿Por qué esa empresa no desapareció durante los años noventa a pesar de ubicarse en la provincia? Porque fueron visionarios y supieron llegar a China mucho antes de que se produjera el boom, porque confiaron en sí mismos, porque no se fueron de la Argentina.
En Rafaela, las empresas Edival y Basso fabrican válvulas para motores de competición y motores en serie para fabricantes de autos de la talla de Ferrari, Peugeot y Audi. ¿Por qué ellos pudieron? Porque tienen una cultura del trabajo, del ahorro y del cumplimiento de la palabra empeñada; porque tienen curiosidad por la información científica.
¿En qué país te gustaría vivir en los próximos años?
Me gustaría vivir en un país que no salga en los diarios de los países centrales. Las naciones periféricas salen en los diarios de las más desarrolladas cuando ocurren catástrofes. Las periféricas que no salen es porque les va muy bien. Noruega, Nueva Zelanda o Australia nunca aparecen porque son países serios, responsables y tienen un proyecto de vida.
Yo siempre digo que a mí me gusta pensar en un país que sorprenda al mundo cada diez años con un Premio Nobel, con un Premio Cervantes o con un premio a la investigación aplicada. No estamos tan lejos. En mayo de 2002, por ejemplo, investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA fueron por primera vez a un torneo de robótica en Corea y ganaron el primer premio en desarrollo de software.
El país en el que sueño es uno en el que haya seguridad e inclusión, donde los chicos puedan ir al colegio, donde haya trabajo decente para todos. Un país bastante parecido a lo que la Argentina fue en algún momento. No es una idea utópica.
A diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, nosotros tenemos memoria de la prosperidad. Otras naciones sólo tienen memoria de la miseria. Nosotros nos acordamos de la década del setenta. Los obreros que hicieron el cordobazo y el sindicalismo clasista, eran obreros industriales propietarios de sus casas y con un auto o más. Esa Argentina hoy es totalmente posible.
Me parece que es útil recordar lo que éramos en otras épocas. Cuando yo terminé el colegio secundario, en 1971, tenía tres o cuatro oportunidades laborales, no porque me las hubiera conseguido alguien de mi familia. Esa es la nación que debemos recrear.
El otro día me decía un muchacho cartonero: “Yo soy maestro mayor de obra. Mi viejo era albañil y quería que fuera arquitecto. Yo no pude, pero mi hijo va a poder serlo”. Para mí esa reflexión fue muy linda. Hace mucho tiempo que no escuchaba algo así. El hecho de que un cartonero recupere la idea de que a su hijo le puede ir mejor que a él –como resultado de la permeabilidad social ascendente-, no es una tarea para un gobierno, ni para un grupo de gente. Es una tarea de todos, incluso para la oposición.
Se percibe en tus palabras un dejo de nostalgia de una Argentina que fue y ya no es. A los jóvenes de hoy, sin embargo, eso no necesariamente les dice mucho. Recrear el país de otras épocas no parece una idea que se antoje en un mundo que –como decías antes- avanza vertiginosamente.
No estoy pensando que imitemos lo que se hizo en otras épocas, pero sí que recuperaremos algunos valores y objetivos de ascenso social que estaban muy presentes en otras épocas. Para ello, es imprescindible transformar la estructura productiva del país y la composición de nuestras exportaciones, tanto como favorecer un empleo intensivo que genere una actividad económica más dinámica.
A mi modo de ver, necesitamos elegir una decena de sectores productivos modernos en las que somos competitivos o potencialmente competitivos. Pienso, por ejemplo, en la producción de combustibles espaciales, en la difusión en estado sólido de materiales avanzados, en la fabricación de productos alimenticios con propiedades antibióticas para la primera infancia, en la corrosión de metales bajo tensión, en el desarrollo de satélites con censores radar, en la elaboración de benzodiazepinas naturales, en la separación isotópica de materiales estratégicos, en la modificación genética de cereales resistentes a plagas, en la construcción de reactores nucleares de baja potencia e intrínsecamente seguros.
Hace unos meses, cuando estuvo en la Argentina el ministro de Comercio de China, Bo Xilai, le pregunté por qué a los chinos les interesaba tanto nuestro país. Me respondió: “Argentina tiene cuatro cosas que --en proporción-- la tienen pocos países del mundo: una baja relación entre el número de habitantes y sus kilómetros cuadrados, aire limpio, viento y agua”. Creo que Bo Xilai tiene mucha razón. Esas cuatro condiciones dan a nuestro país un enorme potencial.
Muchas veces se olvida un dato importante: hay más capitales argentinos en el exterior que deuda externa. No está mal que un individuo se lleve la plata al exterior si no confía en Argentina, pero creo que el deber de un buen gobernante es generar las condiciones para que se sienta seguro y motivado a traerla de vuelta. Pensemos en lo que ocurrió en Irlanda.
El ministro chino me decía: “nosotros tenemos cortadera, una especie de paja brava que tarda siete años en crecer, con modificación genética alcanza los siete metros en dos años”. Por eso construyen corredores de vientos. La cortadera se usa tanto para que el viento no sea tan cruento como para que pueda conducirse hacia molinos generadores de energía eólica. Las energías renovables tienen un gran porvenir y nosotros estamos en una posición extraordinaria en esa materia.
Hablemos de la ciudad de Buenos Aires. ¿Desde tu experiencia como Canciller, cuál es tu visión de la Capital?
La nuestra es una ciudad extraordinariamente bella y plural, donde se producen manifestaciones culturales, étnicas y religiosas que la hacen muy atractiva. Buenos Aires es una ciudad fascinante para cualquier extranjero.
El otro día leía una cosa de Savater que decía algo así: “Las sociedades que prosperan son las que establecen un armisticio entre lo diferente”. Las que se agotan, son aquéllas en las cuales los hermanos se casan con los hermanos, porque entonces nacen hijos con cola de chancho, como en Cien Años de Soledad. Lo extraordinario de Buenos Aires --lo que la hace fuerte--, es la armonía con la que es capaz de convivir lo diverso y de estimularse a partir de ello.
En las novelas de Paul Auster en que se describe a Nueva York lo interesante es la policromía: que aparezca un chino, un turco, un mexicano… esa paleta. Lo intransferible de Buenos Aires es esa actitud inagotable. Las más de 200 obras teatrales que simultáneamente están en nuestras carteleras suceden en un maridaje de culturas heterogéneas tan formidables que no alcanzamos a darnos cuenta.
Cuando yo era candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad siempre decía que el error de cierta administración es organizar recitales en Plaza de Mayo con la Negra Sosa. Lo que hay que hacer es llevar el centro a la periferia y después la periferia al centro. Es en lo marginal donde hoy transcurre la creación, donde hay música, literatura y arte.
Tenemos que bucear en la formidable periferia bonaerense. Buenos Aires es vida gallega, música celta y tarantela napolitana, pero a su vez es una cosa distinta que la hace irrepetible.
Este libro comenzará a leerse durante la campaña electoral de octubre de 2005, en la que te presentás como candidato a diputado por la Capital. ¿Por qué le dirías al ciudadano porteño que le conviene votarte en esa elección?
La elección de 2005 definirá en buena medida el grado de apoyo al rumbo político de una gestión. Tengo la convicción de que este gobierno ha puesto a la Argentina en mejores condiciones de las que estaba hace dos años y dentro de dos años lo va a dejar en mejores condiciones de lo que está hoy.
Ahora que vemos una lucecita en el camino no tenemos que comprar más túnel; lo que tenemos que hacer es lograr, todos juntos, que esa pequeña luz nos alumbre cada vez más. De mí puedo decir que soy una pieza más de este proyecto y que el gobierno de Kirchner tiene en la política exterior, como en otros ámbitos, más de un logro para mostrar.
En el momento que terminamos estas charlas, cuando soy candidato al Congreso Nacional por la ciudad de Buenos Aires, pienso en ser el diputado de la Buenos Aires productiva. Nuestra Ciudad es conocida en el mundo por sus productos culturales y tiene una gran diversidad productiva.
En el Congreso se puede trabajar sobre leyes de promoción industrial, fomento para las exportaciones, incentivos fiscales y crediticios para que las micro y pequeñas empresas puedan tener más dinamismo y pasen de una actitud defensiva, originada a partir de la crisis, a asumir una actitud ofensiva.
Por eso, yo quisiera ser un diputado frente al cual los sectores productivos tengan siempre una puerta abierta para traer sus inquietudes y transformarlas en acción legislativa. Estoy convencido de que cuanta más actividad productiva alcance la Ciudad, mayor trabajo formal lograremos crear y obtendremos una recaudación que nos permitirá tener mejores bienes públicos y restituir el tejido social.
Si algo he aprendido en estos dos años es el lugar que puede tener una ciudad como Buenos Aires en el ámbito internacional y cuáles son los activos económicos, culturales y estéticos que pueden permitir que vuelva a ser tenida en cuenta internacionalmente. Me gustaría que ese famoso chiste devalorativo: “me encanta Argentina y su capital Rio de Janeiro”, vuelva a ser sólo un chiste. Creo que desde el Congreso se pueden hacer muchísimas cosas para que Buenos Aires alcance su lugar en el mundo.
* Sobre Hernán Gómez
Concebido en la ciudad de Rosario, durante alguna noche de finales de marzo de 1976, Hernán Francisco Gómez Bruera –hijo del amor entre Verónica y Mario Gómez y del terror de una época— vio la luz un 25 de diciembre en la ciudad de México. Cursó Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México y ha sido militante político, asesor legislativo, consultor y periodista.
En México, donde ha pasado la mayor parte de su vida, fue asesor en derechos humanos de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. A los 21 años marchó al Reino Unido, donde fue auxiliar de asuntos políticos de la Embajada de México. A su regreso al Distrito Federal, se sumó a la construcción de Democracia Social, partido en el que fungió como coordinador de enlace universitario.
A finales de 2002 viajó a Santiago de Chile, invitado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación para desempeñarse como consultor en temas de derecho a la alimentación. Desde abril de 2004 reside en la ciudad de Buenos Aires.
Ha realizado dos libros de entrevistas: Conversaciones sobre el Hambre – derecho a la alimentación en el Brasil de Lula, publicado por la Universidad Nacional de Brasilia y La larga marcha hacia la democracia - Conversaciones con la izquierda mexicana a 25 años de la reforma política. Colabora eventualmente en los diarios Milenio, La Jornada y Crónica, así como en las revista Nexos, Configuraciones y Este País